John Katzenbach - El profesor

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Adrian Thomas es un profesor universitario retirado, al que acaban de diagnosticarle una demencia degenerativa que lo llevará pronto a la muerte. Ha dedicado toda su vida a estudiar los procesos de la mente y a transmitir a sus alumnos todo su conocimiento. Ahora, jubilado, viudo y enfermo cree que lo mejor que puede hacer es quitarse la vida. Pero al salir del consultorio del médico es testigo involuntario del secuestro de Jennifer Riggins, una conflictiva adolescente de dieciséis años con un largo historial de huidas, que desaparece sin dejar rastro dentro de una camioneta conducida por una mujer rubia. El profesor Thomas se debate entre poner fin a su vida y ser útil una última vez antes de morir. Decide ayudar a encontrar a Jennifer, intentar darle la oportunidad de vivir su joven vida. Para eso debe sumergirse en el oscuro mundo de la pornografía en Internet, un mundo perverso y criminal donde todo su saber académico se pone en juego, y donde debe utilizar los pocos momentos de lucidez para avanzar en una investigación para la que hay muy poco tiempo?

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Se levantó del asiento que estaba frente a los ordenadores y echó una última mirada a la Número 4. La joven se había vuelto a la cama, y estaba abrazada a su osito de peluche. Linda podía ver que los labios de la Número 4 se estaban moviendo, como si estuviera hablando con el animal de juguete. Aumentó el volumen de los micrófonos interiores, pero no se escuchó nada. La Número 4, Linda se dio cuenta, en realidad no estaba hablando en voz alta. Señaló la pantalla del ordenador con la transmisión en vivo.

– ¿Ves eso? -le dijo a Michael.

Asintió con la cabeza a manera de respuesta.

– Es realmente muy, pero que muy diferente de las otras -observó él.

– Sí -confirmó Linda-. No llora, ni se queja, ni grita, ni… -Se detuvo para volverse y mirar la imagen de la Núme ro 4-. O por lo menos ya no lo hace.

Michael parecía estar sumido en sus pensamientos.

– Tenemos que ser más creativos con ella, porque es tan… -También se detuvo. Ambos eran conscientes de que la Número 4 era mucho más algo, pero no estaban seguros de qué era ese algo.

Linda giró y de pronto se puso a caminar de un lado a otro de la habitación.

– Tenemos que tener cuidado -repitió, cerrando un puño-. Tenemos que darles más para que la aprecien. Pero no podemos darles demasiado, porque entonces, cuando lleguemos al final, será muy duro…

No necesitaba terminar. Michael conocía perfectamente bien el dilema que ella estaba describiendo. Uno no puede hacer que la gente se enamore de algo que va a ver morir después, pensó.

– Es porque es joven -dijo-. Es porque es tan… -vaciló y luego añadió-:… fresca.

Linda sabía exactamente lo que él estaba diciendo. Ella había exigido a alguien sin asperezas, pero había esperado que la Número 4 fuera -dentro de lo razonable- como las demás. En ese momento, por primera vez, pensó que la Número 4 era mucho mejor, mucho más avanzada, y mucho más impresionante, por razones que en ese momento estaba empezando a comprender. Dio un paso adelante y envolvió a su amante con los brazos. Sintió que se le aceleraba el pulso. Pero no era como la sensación que tenía cuando Michael se deslizaba por entre las sábanas de la cama, por la noche tarde, aunque los dos estuvieran exhaustos, de todos modos podía sentir su insistencia, ni tampoco era como la sensación de victoria que la invadía cuando sumaba sus ingresos.

Eso era algo fuera de lo normal. Estaban realmente al borde de algo especial con la Número 4, algo que ella no había imaginado, y no había previsto. Linda tembló de la emoción. El riesgo, se decía a sí misma, era como el amor.

Michael parecía sentir lo mismo. Se agachó repentinamente e hizo pasar sus labios sobre los de ella, suavemente, sugestivamente. Ella de inmediato lo arrastró a la cama. Eran como adolescentes, riéndose casi tontamente por la emoción, casi sobrecogidos por la sensación de que eran artistas que estaban creando algo que iba mucho más allá de la verdad.

La pasión pronto eclipsó su atención, porque si hubieran estado alerta, habrían visto un mensaje que llegaba desde Suecia. Un cliente con el alias cibernético de Blond9Inch escribió una sola línea en su propia lengua, que ninguno de ellos comprendía: «Se ha levantado la venda. Creo que pudo espiar…».

Éste fue seguido por docenas de muchos otros mensajes más predecibles, en muchas lenguas, todos con comentarios sobre varios aspectos del cuerpo de la Número 4, y llenos de sugerencias respecto a qué deberían hacer ellos, Linda o Michael, en un futuro próximo. La astuta observación de Blond9Inch quedó sepultada.

Capítulo 25

Que Mark Wolfe, delincuente sexual condenado tres veces, exhibicionista en serie, se mostrara de manera tan normal, sorprendió a Adrián, pero no a la detective que estaba junto a él.

– No he hecho nada-repitió Wolfe-. ¿Y éste quién es? -Siguió haciendo un gesto señalando a Adrián mientras dirigía sus preguntas a Terri Collins. Desde el otro lado de la habitación, la madre de Wolfe intervino:

– ¿De qué se trata esto? Es la hora de nuestro programa. Marky, diles a estas personas que se vayan. ¿Es hora de cenar ya?

Mark Wolfe se volvió impaciente hacia su madre. Cogió un mando a distancia de la mesa y apagó el televisor. Jerry, Eileen y Kramer y lo que sea que estuvieran maquinando desaparecieron.

– Ya hemos cenado -explicó-. El programa vendrá enseguida. Ellos se irán en uno o dos minutos.

Miró furioso a la detective Collins.

– Bien, ¿de qué se trata?

– Creo que mejor me voy a poner a tejer -decidió su madre. Dio un paso hacia el sillón reclinable donde estaban las agujas. Adrián vio que había una bolsa grande llena de hilos y muestras de tela junto al sillón.

– No -la detuvo Mark Wolfe abruptamente-. No en este momento.

Adrián miró a su madre. Tenía una media sonrisa torcida en la cara. Su voz sonaba preocupada, incluso molesta, pero seguía sonriendo. Primeros síntomas de alzhéimer, calculó repentinamente. El rápido diagnóstico le resultó perturbador, su propia enfermedad afectaba la misma parte del cerebro y destruía muchos de los procesos de pensamiento igual que la enfermedad de alzhéimer. Simplemente era más insidioso, más lento, y por lo tanto mucho más difícil de manejar. Su enfermedad era despiadada y rápida. La mujer, sin saber si reír o echarse a llorar, fue dominada por algo tan inexorable como las mareas matutinas que suben regularmente sobre la playa arenosa. Mirar a la madre era un poco como mirarse en un espejo distorsionado. Podía verse a sí mismo, pero no con toda claridad. Amenazaba con aterrorizarlo, y apenas pudo apartar sus ojos de la mujer de pelo salvaje hasta que escuchó a la detective Collins que decía:

– Éste es el profesor Thomas. Me está asistiendo en una investigación en curso. Tenemos algunas preguntas para usted.

Otra vez se oyó la voz de disco rayado de Mark Wolfe:

– No he hecho nada… -pero esta vez añadió-: nada malo.

La voz firme de la detective pareció hacer volver a Adrián de algún borde lejano, y se concentró en el delincuente sexual. Había pasado horas observando el comportamiento de animales de laboratorio y de estudiantes voluntarios, evaluando diferentes tipos y grados de miedo. Ese momento, insistió, era igual. Miró detenidamente a Wolfe, buscando señales delatoras de pánico interior, de engaño, de falta de sinceridad. Un tic del ojo. Un movimiento de la cabeza. Un cambio en su tono de voz. Un estremecimiento en su mano. Sudor sobre su frente.

– Los requerimientos de su libertad condicional exigen que usted tenga empleo permanente…

– Yo tengo un trabajo. Usted lo sabe. Vendo equipos electrónicos y grandes electrodomésticos.

– Y no se le permite ir a patios de recreo ni estar cerca de las escuelas…

– ¿Me ha visto usted violar alguna de esas reglas? -quiso saber Wolfe.

Adrián notó que no había respondido: «No he estado en ningún patio de recreo ni cerca de ninguna escuela». Esperaba que Terri Collins hubiera advertido lo mismo.

– Y también se le exige presentarse ante su oficial de libertad condicional una vez al mes…

– Así lo hago.

Por supuesto que lo haces, comprendió Adrián. Hacer esa visita te mantiene libre.

– Y también se le exige que se someta a una terapia…

– Sí. Gran cosa.

Terri vaciló.

– ¿Cómo va eso?

– Eso no es asunto suyo -espetó Wolfe.

Adrián creyó que la detective iba a responder con ese tono autoritario que tanto la caracterizaba, pero se quedó impresionado cuando Terri Collins mantuvo una voz burocrática, serena, inexpresiva:

– Se le exige que responda a mis preguntas, le gusten o no; de otro modo estaría violando los términos de su libertad. Estoy más que dispuesta a llamar a su oficial de libertad condicional ahora mismo y preguntarle de qué manera evalúa su negativa a responder. Da la casualidad de que tengo su número de teléfono en mi libreta. -Adrián supuso que aquello era una fanfarronada, pero escuchó un tono de intransigencia que indicaba que, en realidad, la detective no necesitaba recurrir a ninguna otra cosa aparte de la amenaza de una llamada telefónica y que tanto ella como el delincuente sexual lo sabían.

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