Cuando Wolfe cogió el teléfono, ella fue abrupta en su tono.
– Puede pasar por mi oficina a buscar su ordenador -le informó-. Estaré aquí hasta las seis de la tarde.
Él simplemente lanzó un gruñido a modo de respuesta. Faltaba un rato todavía para que él apareciera, así que empujó el ordenador bruscamente a un lado y sacó el informe sobre la tarjeta de crédito. Marcó el número del banco de Waterville, en Maine.
* * *
Un ordenador, pensó Adrián, es como un espejo de un parque de atracciones. Refleja mucho de lo que alguien realmente es, pero uno tiene que ir más allá de las deformaciones y de las formas borrosas. El rompecabezas consistía en encontrar las claves que lo abrieran.
La madre de Wolfe le había dado algunas de las palabras correctas para abrir archivos cifrados después de que Adrián probara con diferentes combinaciones. Rosatejidos había abierto una puerta que contenía una carpeta de fotografías de mujeres jóvenes -todas en diversos grados de desnudez- en poses provocativas. La primera idea que le saltó en la cabeza fue www.ninasporn.com, pero reconoció que eso no era muy exacto. Las fotografías eran provocadoras y estaban llenas de incentivos para la fantasía. Hicieron que Adrián se sintiera incómodo, hasta que se obligó a inspeccionarlas atentamente, y se dio cuenta de que eran solamente sugerencias de mujeres que casi eran niñas.
Las modelos, fotografía tras fotografía, estaban afeitadas y se mostraban tímidas, seleccionadas por sus cuerpos inmaduros y sus caras infantiles. Pero sólo parecían jóvenes. Según lo veía Adrián, probablemente todas ellas estaban a pocos días o semanas de haber cumplido los dieciocho años que necesitaban para evitar ser clasificadas como pornografía infantil ilegal. A medida que las recorría, Adrián vio que las imágenes aumentaban en intensidad. Había fotos de muchachos adolescentes copulando con las modelos, junto a fotografías de hombres significativamente mayores, de edad madura y más también, haciendo lo mismo. La lascivia disfrazada, pensó.
Los archivos de Rosatejidos eran inquietantes, pero, pensó, no el tipo de descarga que hiciera saltar ninguna alarma en un ordenador de Interpol, ni siquiera llamaría la atención de la policía local. Encontró enlaces a sitios llamados www.ape- nasl8.comy www.apenasmayordeedad.comque no se molestó en revisar.
Había otros archivos, unos que le resultaron difíciles de abrir, que le hicieron desear tener la pericia de una persona más joven con la máquina. Probó series de variaciones con Sandy. Supuso que la única razón por la que ese nombre había traspasado la niebla de la enfermedad de la madre era porque había sido usado en la casa. Sabía que alguna combinación con esa palabra iba a abrir algo en el ordenador. Pero todas las que probó fueron rechazadas.
El pasado se convierte en presente e influye en el futuro, Adrián lo sabía. Eso era algo así como un mantra para psicólogos. Cosas, hechos, personas, experiencias guardadas en la memoria afectan pasos dados en el presente y los sueños sobre los días por venir. Mark Wolfe, delincuente sexual, no era diferente, sólo que el daño en él era más virulento, y había creado a alguien con potencial. De dónde provenía era un misterio. Dónde residía actualmente estaba claro a partir de la pantalla del ordenador. Adonde lo llevaría, no se sabía.
Escribió la contraseña mataraSandy con la esperanza de que abriera un archivo protegido con la lista de todas las contraseñas de Wolfe, y de inmediato saltaron imágenes en la pantalla. Se detuvo en la fotografía de una niña joven, inclinada para aceptar con sus labios la erección de un anciano. Las imágenes le hicieron sentir ganas de lavarse las manos y tomarse un vaso de agua helada.
Adrián empezó a apartarse del asiento frente a su mesa. Pensó que debía buscar un libro de poesía, leer algún verso sutil y con rima, algo que tuviera una cualidad inmaculada y honorable. Quizá algunos sonetos de Shakespeare o Byron, se sugirió él mismo interiormente. Versos que hablaran del amor de un modo sedoso y puro, imágenes que crearan pasión, no fotografías de hombres peludos que imponen sus energías acumuladas a mujeres que estaban más cerca de ser niñas.
Se movió en su asiento, pero se detuvo cuando escuchó que su hijo le susurraba en la oreja:
– Pero, papá, todavía no has buscado con suficiente profundidad. Todavía no.
Adrián se dio media vuelta rápidamente, con los brazos extendidos, como si pudiera abrazar al fantasma de su hijo y apretarlo contra su pecho, pero estaba solo en la habitación. La voz de Tommy, sin embargo, parecía estar precisamente a su lado.
– ¿Qué es lo que estás viendo? -le preguntó su hijo con voz musical. Era Tommy en versión niño de nueve años. Cuando su hijo era pequeño no había nada que a Adrián le gustara más que escuchar una llamada suya. Su voz era una invitación a compartir algo con él, y tenía la calidad de algo precioso, como una joya.
– Tommy, ¿dónde estás?
– Estoy aquí. Justo a tu lado.
Era como escuchar una voz que atraviesa una niebla espesa. Adrián quería desesperadamente poder extender la mano por entre las nubes y tocar a su hijo. Sólo una vez más, pensó. Eso es todo. Sólo una vez. Un solo abrazo.
– ¡Papá, presta atención! ¿Qué es lo que estás viendo?
– Es sólo un poco de pornografía repugnante -respondió Adrián. Se sentía un poco avergonzado de que su hijo estuviera mirando las mismas cosas que él.
– No, es más que eso. Mucho más.
Adrián se debió de mostrar confuso, porque pudo escuchar que su hijo suspiraba. Era como una bocanada de viento que soplaba a través del silencio de la casa.
– Vamos, papá, conecta lo que eres con lo que estás viendo.
Esto no tuvo sentido para Adrián. Era un científico. Era un estudioso de la experiencia. Eso era lo que había enseñado durante tantas décadas. En la pantalla frente a él había cuerpos retorcidos. Desnudez. Todo explícito. Todo el misterio del amor eliminado, actos reducidos a pornografía explícita, de indudable realidad.
– Tommy, lo siento, no comprendo. Es mucho más difícil ahora. Las cosas no concuerdan como deberían…
– Lucha contra ello, papá. Hazte más fuerte. -La voz de Tommy pareció cambiar, iba y venía-. Toma más de esas pastillas. Tal vez te ayuden. Obliga a tu mente a que recuerde cosas.
Tommy niño. Tommy adulto. Adrián se sentía zarandeado entre los dos.
– Estoy intentándolo.
Hubo un titubeo momentáneo, como si Tommy estuviera pensando en algo. Adrián quería poder verlo, y sus ojos empezaron a nublarse con lágrimas. No es justo, pensó. Puedo ver a los otros, pero ahora que se trata de Tommy, no quiere mostrarse. Era un poco como el gran acertijo que todos los padres conocen, el de que un día miran a la criatura que educaron y él o ella ha crecido para convertirse en un ser independiente y entrar en un mundo propio que resulta extraño e incomprensible. Las personas a las que más amamos se convierten en desconocidos para nosotros, pensó.
– Papá, cuando lees un poema… -Adrián giró en su asiento, como si pudiera llegar a ver alguna imagen de su hijo moviendo los ojos de un lado a otro por la habitación-. ¿Qué es lo que tratas de ver en las palabras?
Suspiró. La voz de Tommy sonaba opaca y distante; dolía escucharlo. Pudo sentir un hormigueo en la piel.
– Yo quería estar ahí, contigo. No puedo soportar que hayas muerto en algún sitio en el otro extremo del mundo y que yo no estuviera allí para ti. No puedo soportar no poder hacer nada al respecto. No puedo soportar no haber podido salvarte.
Читать дальше