John Katzenbach - El profesor

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Adrian Thomas es un profesor universitario retirado, al que acaban de diagnosticarle una demencia degenerativa que lo llevará pronto a la muerte. Ha dedicado toda su vida a estudiar los procesos de la mente y a transmitir a sus alumnos todo su conocimiento. Ahora, jubilado, viudo y enfermo cree que lo mejor que puede hacer es quitarse la vida. Pero al salir del consultorio del médico es testigo involuntario del secuestro de Jennifer Riggins, una conflictiva adolescente de dieciséis años con un largo historial de huidas, que desaparece sin dejar rastro dentro de una camioneta conducida por una mujer rubia. El profesor Thomas se debate entre poner fin a su vida y ser útil una última vez antes de morir. Decide ayudar a encontrar a Jennifer, intentar darle la oportunidad de vivir su joven vida. Para eso debe sumergirse en el oscuro mundo de la pornografía en Internet, un mundo perverso y criminal donde todo su saber académico se pone en juego, y donde debe utilizar los pocos momentos de lucidez para avanzar en una investigación para la que hay muy poco tiempo?

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– A veces me daba miedo quedarme encerrada en una habitación llena de arañas.

– Puedo hacer que eso ocurra, Número 4…

Jennifer tembló involuntariamente. Sabía que la mujer podía hacerlo. Se imaginaba que apenas había sospechado las posibilidades de crueldad de aquella mujer. Y calculaba que las del hombre serían peores.

– Pero ¿cuál es su mayor miedo, Número 4?

La misma pregunta retumbó sobre ella. Se preguntó: ¿Cuál es el problema con mi respuesta? Una o dos palabras se le atascaron en la garganta, y tosió. Tuvo otra idea.

– No salir nunca del pequeño pueblo donde vivía y quedarme allí para siempre.

La mujer hizo una pausa. Jennifer pensaba que tal vez había sorprendido a la mujer con su respuesta.

– Así que, Número 4, usted odiaba su casa, ¿no?

La cabeza de Jennifer se movió hacia arriba y hacia abajo al responder.

– Sí.

– ¿Qué era lo que usted odiaba?

– Todo.

Otra vez la mujer habló con cuidado. Su voz planeaba machaconamente sobre Jennifer. El ritmo constante de las preguntas hacía que parecieran una lluvia que caía sobre su corazón.

– Entonces usted quería escaparse, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Usted todavía quiere escapar, Número 4?

Jennifer sintió que los sollozos le aplastaban el pecho. No estaba segura de si la mujer quería decir escapar de su casa o escapar de su celda. Esta incertidumbre le dolía.

– Sólo quiero vivir -respondió. Le tembló la voz.

La mujer hizo una pausa antes de continuar. Las preguntas eran implacables.

– ¿Qué es lo que usted ha amado en su vida, Número 4?

Se vio inundada con recuerdos de la infancia. Podía ver a su padre muerto, erguido en medio de la oscuridad de la venda, sólo que estaba vivo y tenía la cara iluminada por su habitual sonrisa, haciéndole señas para que ella se acercara. Pudo recordar fiestas y patios de recreo. Pudo recordar momentos que eran comunes, como los picnics y un viaje de familia a Fenway Park para jugar a la pelota y comer perritos calientes una tarde de verano. Una vez, durante una visita del colegio a una granja cercana, había atravesado gateando un cercado donde había cachorros recién nacidos que eran alimentados por su madre, y se había maravillado ante la diminuta energía y la delicadeza de la vida. Pudo ver una fotografía suya y de su madre, a quien realmente creía que ya no tenía razones para amar, nadando en un río en un parque del Estado, donde una pequeña cascada de agua fría caía sobre sus cabezas y ambas habían tenido que luchar contra la piel de gallina porque la sensación era maravillosa. Todas esas imágenes se movían aceleradamente a su alrededor, como si estuviera atrapada en una película en cámara lenta dentro de la oscuridad. Estaba agitada. Todas estas imágenes le pertenecían y sabía que debía protegerlas.

– Nada -respondió.

La mujer se echó a reír.

– Todos aman algo, Número 4. Repito: ¿qué es lo que usted ha amado?

Jennifer sintió que las imágenes corrían hacia ella. Toda clase de imágenes se amontonaban en desorden. Un torrente de recuerdos. Era como si tuviera que luchar contra ellas para mantenerlas escondidas. Vaciló antes de decir enérgicamente:

– Tenía una gata… En realidad encontré a una gatita extraviada. Estaba mojada, escuálida y perdida. Me permitieron conservarla. Le puse de nombre Zoquete porque tenía las patas blancas. Le di leche y dormía en mi cama todas las noches. Durante años fue mi mejor amiga.

– ¿Qué le pasó a Zoquete, Número 4?

– A los siete años, enfermó. El veterinario no pudo salvarla. Se murió y yo ayudé a enterrarla. Hicimos un hoyo en el jardín y la pusimos en él. Después lloré durante varios días, y mis padres me ofrecieron traerme un nuevo gatito, pero no quería algo nuevo, quería a la que había tenido hasta que se murió. -Vaciló. Luego añadió con voz firme-: Eso es. Eso es algo que amaba.

– Conmovedor, Número 4.

Jennifer estaba a punto de decir: Usted ha preguntado, pero no quería que la golpeara otra vez. Se endureció para esconder una sonrisa burlona, pero se permitió un sarcástico regocijo interior. La historia de Zoquete era una total y absoluta mentira. Jamás hubo un gato, maldita bruja. Nada de gatos muertos. Jódete.

– Una última pregunta, Número 4. -Jennifer no se movió. Esperó-. ¿Es usted virgen, Número 4?

Pudo sentir algo espeso en la lengua, un sabor ácido en los labios. Estaban secos y se los lamió varias veces. No sabía cuál era la respuesta correcta. La verdad era «Sí» pero ¿ésa era una respuesta buena o mala? Podía sentir el miedo que trepaba en su interior. La insinuación vaga acerca del sexo era sofocante. Quieren violarme, pensó.

– ¿Es usted virgen, Número 4?

Si respondiera que no, ¿era eso una especie de invitación? Si decía que ya había tenido relaciones sexuales, ¿era como darles permiso? ¿Era su ingenuidad algo bueno o algo malo? Odiaba tener que tomar una decisión. Ninguna de las dos respuestas era buena.

– Sí-dijo. Su voz se quebró ligeramente.

La mujer se echó a reír.

– Puede regresar a la cama -la autorizó. Su voz estaba teñida de burla.

Capítulo 27

Por pura coincidencia, más o menos a la misma hora, en lugares diferentes, Adrián y Terri estaban ambos mirando atentamente dos ordenadores que pertenecían a la misma persona, pero para llegar a conclusiones opuestas. Uno vio callejones sin salida. El otro vio posibilidades infinitas.

Lo que Terri descubrió en la máquina colocada sobre la mesa de su oficina fue más o menos lo que esperaba. Algo de pornografía de bajo coste -nada que la sorprendiera por su exotismo excepcional o por sus oscuras tendencias- y una selección de por lo general muy aburridas visitas a sitios web de deportes, salas de chat médicas relacionadas con grupos de apoyo para el alzhéimer, un sitio de apuestas fuera del país y un número predecible de videojuegos on Une, como póquer y El Mundo en Guerra. Wolfe también había pasado bastante tiempo en varios sitios web técnicos para el uso avanzado de ordenadores. Pero, tal como ella lo veía, no había nada en el ordenador que sugiriera siquiera que Mark Wolfe había vuelto al tipo de actividades que habían hecho que lo arrestaran o que pudiera estar ascendiendo en la cadena alimenticia del depredador sexual. Nada que tuviera que ver con la desaparecida Jennifer.

Estaba dispuesta a archivar a Mark Wolfe y su conexión con el futuro padrastro de una niña desaparecida en la categoría de tiempo perdido. Es más, para ella toda la búsqueda de Jennifer estaba casi estancada, a pesar de la insistencia del anciano. Sabía que tenía que profundizar el tema de la tarjeta de crédito devuelta en Maine, pero tenía sus dudas de que eso la condujera a alguna parte.

Terri apagó el ordenador y dejó escapar un lento suspiro. Lo peor de todo era que tenía que devolver el maldito aparato a Wolfe. Levantó el teléfono y llamó a la tienda de artículos del hogar donde trabajaba.

– Quiero hablar con Mark Wolfe, por favor -le dijo a la telefonista-. Soy la detective Collins y llamo porque estoy investigando un caso de abuso sexual.

Hacer que Mark Wolfe se retorciera era una de sus prioridades. No creía que nadie del lugar donde trabajaba conociera sus antecedentes y se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que la telefonista mencionara en alguna charla durante la pausa para tomar café que una detective de la policía había llamado a uno de los vendedores. Esto iba a dar como resultado algunas especulaciones. Y las especulaciones iban a conducir a la difusión entre los compañeros de trabajo de algunos detalles desagradables. Los problemas que ella le estaba causando no le preocupaban en lo más mínimo. Se daba cuenta de que aquélla no era una actitud muy civilizada ni generosa, pero no le preocupaba.

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