John Katzenbach - El profesor

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Adrian Thomas es un profesor universitario retirado, al que acaban de diagnosticarle una demencia degenerativa que lo llevará pronto a la muerte. Ha dedicado toda su vida a estudiar los procesos de la mente y a transmitir a sus alumnos todo su conocimiento. Ahora, jubilado, viudo y enfermo cree que lo mejor que puede hacer es quitarse la vida. Pero al salir del consultorio del médico es testigo involuntario del secuestro de Jennifer Riggins, una conflictiva adolescente de dieciséis años con un largo historial de huidas, que desaparece sin dejar rastro dentro de una camioneta conducida por una mujer rubia. El profesor Thomas se debate entre poner fin a su vida y ser útil una última vez antes de morir. Decide ayudar a encontrar a Jennifer, intentar darle la oportunidad de vivir su joven vida. Para eso debe sumergirse en el oscuro mundo de la pornografía en Internet, un mundo perverso y criminal donde todo su saber académico se pone en juego, y donde debe utilizar los pocos momentos de lucidez para avanzar en una investigación para la que hay muy poco tiempo?

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Adrián sintió que él también había muerto un poco.

Quería decirle algo a su hijo. Buscó a Cassie, pero no estaba ahí. Por un momento, pensó que la fuerza de las explosiones le había dañado la capacidad de audición, tenía los oídos invadidos por un ruido resonante. Persistía, más y más fuerte, hasta que quiso gritar debido a lo doloroso que era y luego, de pronto, se dio cuenta de que era el sonido del timbre de la puerta de su casa.

Capítulo 17

Se había quedado dormida. No sabía por cuánto tiempo -¿minutos, horas, días? -, pero el sonido de un bebé que lloraba la despertó.

No supo qué hacer. Era un ruido tenue, muy distante, y le costó reconocer precisamente qué era. Apretó al Señor Pielmarrón fuerte contra su pecho. Movió la cabeza primero en una dirección, luego en otra, tratando de determinar de dónde venían los gemidos. Se prolongaron por mucho tiempo, o eso le pareció a ella -pero podría haber sido un segundo o dos solamente- antes de desvanecerse. Se preguntó qué significaba aquello. Jennifer tenía una muy limitada experiencia en el cuidado de niños, era hija única, de modo que sus conocimientos sobre bebés no iban más allá de aquellos instintos básicos que existen para todo el mundo. Levanta al bebé. Acuna al bebé. Alimenta al bebé. Sonríe al bebé. Pon al bebé de nuevo en su cuna para que duerma.

Jennifer se movió, temerosa de hacer cualquier ruido que pudiera oscurecer aquel sonido. El sonido del niño -incluso de un niño desdichado, llorando en busca de atención- la llenó con sensaciones encontradas. Significaba algo, y trató de analizarlo para saber lo que era, forzándose a ser analítica, ordenada, racional y perspicaz.

Luchó contra el deseo de dormir que todavía la dominaba. Por un momento se preguntó si los gritos no serían parte de un sueño. Le llevó unos segundos determinar que no. Son reales. Pero algo no marchaba bien. Sacudió la cabeza, un sentimiento de aprensión se deslizó por entre los sobrantes de pesadillas. ¿Qué es? ¿Qué es? Quería gritar con fuerza. Algo había cambiado.

Podía percibirlo. Los pelos de la nuca se le erizaron. Su respiración se hizo áspera, nerviosa. Inhaló bruscamente y de pronto, como si hubiera sido sacudida por una descarga eléctrica, gritó. El sonido de su voz resonó en la habitación. Eso la aterrorizó aún más. Tembló. Sus manos se estremecieron. Su espalda se agarrotó. Se mordió los labios agrietados y rajados.

La capucha había desaparecido.

Pero todavía seguía en la oscuridad. Al principio, creyó que podía ver, que era la habitación la que estaba oscura. Luego se dio cuenta de que se había equivocado. Algo todavía le cubría los ojos.

La confusión la envolvió. No comprendió por qué le había llevado tanto tiempo darse cuenta de que la capucha había sido reemplazada, pero así había sido. Tenía que haber una razón detrás del cambio, pero no podía decir cuál era. Sabía que el cambio significaba algo importante, pero fuera lo que fuese lo que ese cambio significaba, se le escapaba.

Se reclinó cuidadosamente, levantó sus manos hasta la cara. Dejó que sus dedos jugaran sobre las mejillas, y luego se los llevó a los ojos. Una máscara de seda atada alrededor de la cabeza y anudada atrás había reemplazado la capucha. Palpó el nudo. Estaba enredado con mechones de su pelo. Tocó la cadena alrededor del cuello. Eso no había cambiado. Se dio cuenta de que podía quitarse la máscara. Le costaría un poco de pelo tal vez, cuando la arrancara, pero entonces podría ver dónde estaba. Jennifer puso con cuidado al Señor Pielmarrón sobre la cama a su lado, levantó las manos, empezando a mover los dedos por debajo de la tela blanda. Entonces se detuvo.

Desde algún sitio distante llegó otra vez el gemido del bebé. No tenía sentido. ¿Cómo podía estar relacionado un bebé con lo que le estaba pasando a ella? Un bebé que lloraba quería, decir que estaba en algún lugar. ¿Un apartamento? ¿Una casa adosada a otra? ¿Acaso el hombre y la mujer que la habían raptado en la calle tenían un bebé? Un bebé implicaba paternidad, responsabilidad, algo normal… y nada de lo que le estaba pasando parecía normal en lo más mínimo. Un bebé significaba monovolúmenes, cunas, cochecitos y paseos por el parque, pero todo eso parecía algo de otro mundo. La capucha ha desaparecido. Ahora tengo puesta una máscara. Podría quitármela. Tal vez sea eso lo que quieren. Tal vez no. No lo sé. Quiero hacer lo que se supone que debo hacer, pero no sé qué es lo que debo hacer.

Entonces se sobresaltó e inspiró rápido y con fuerza, como si la hubieran golpeado en el estómago. Estaban aquí. En la habitación. Cuando yo dormía. Me quitaron la capucha y la reemplazaron con esta máscara sin que yo me haya despertado. Oh, Dios mío…

Jennifer repasó las posibilidades: Alguna de sus escasas comidas contenía droga. El miedo había hecho que durmiera tan profundamente que no se despertó cuando entraron para desatarle la capucha y reemplazarla por la máscara. ¿Qué más le habían hecho mientras estaba inconsciente?

Una vez más, le pareció que eran más de cien, no pudo contener las lágrimas. Un suspiro entrecortado. Un sollozo. Pudo sentir las lágrimas que mojaban la tela de su nueva máscara. Estiró la mano buscando al Señor Pielmarrón y le susurró: «Gracias a Dios que tú estás todavía conmigo, porque eres lo único que me hace pensar que no estoy sola».

Jennifer se balanceó hacia delante y hacia atrás, dolida y sintiéndose sola hasta que pudo recuperar el control de su pecho, que subía y bajaba. Su respiración se tranquilizó y los gemidos entrecortados que habían atormentado su cuerpo se calmaron. Precisamente cuando sus sollozos se calmaron, el bebé se hizo escuchar con un gemido largo y desgarrador. Resonó en la oscuridad de su mundo. Estaba distante.

Una vez más, inclinó la cabeza, tratando de localizar el sonido, pero no percibió nada que fuera inmediatamente identificable. Era como si, durante uno o dos segundos nada más, los gritos del bebé le hicieran recordar el mundo que existía fuera de la oscuridad que le cubría los ojos. Luego -con la misma rapidez con que habían penetrado en su conciencia- desaparecieron, dejándola en el mismo limbo oscuro de incertidumbre.

Jennifer luchó contra sus emociones. No más lágrimas. No más llanto. No eres un bebé. No se permitió a sí misma pensar que tal vez sí era un bebé. Por un momento aterrador pensó que ella era quien estaba gritando, que de algún modo aquellos llantos y aullidos eran suyos y que se estaba escuchando a sí misma mientras retrocedía a través de muchos años hacia la infancia.

Inspiró con fuerza. No, se dijo a sí misma. No son míos. Yo estoy aquí. Ellos están allí. Se reprendió: Recupera el control. Aunque se había dicho lo mismo antes, y no sabía aún de qué iba a recuperar el control.

También era lo suficientemente lista como para reconocer que cada vez que había insistido en su interior para controlar sus emociones, algo había ocurrido que afectaba a sus esfuerzos, volviendo a hundirla en la desesperación vana que existía dentro de la oscuridad.

Eso es lo que quieren.

Una vez más, trató de agudizar el oído. Jennifer no estaba segura de si los ruidos del bebé la alentaban o la dejaban consternada. Estaba claro que significaban algo importante, pero no sabía qué era. Esto la frustraba casi hasta el punto de las lágrimas, pero también se daba cuenta de que todo lo que le había ocurrido hasta ese momento le había provocado sollozos, y llorar no la ayudaba en lo más mínimo.

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