– ¿Cómo convierto un tipo de comprensión…, me refiero a los libros…, en el tipo de conocimiento que sirva para encontrar a Jennifer? -quiso saber.
Cassie sonrió. Él pudo ver que su cara se suavizaba.
– Ya sabes a quién tienes que preguntárselo -le dijo.
Adrián se balanceó un poco en su asiento, y supo que ella se refería a Brian. Se preguntó de qué manera exactamente podía convocar a una de estas alucinaciones cuando necesitara una guía en la dirección correcta.
Echó un vistazo a todo el material reunido sobre homicidios y de pronto lo apartó, no demasiado lejos, sólo unos centímetros sobre la mesa, como si pudiera evitar la infección no tocándolo. Se volvió hacía una estantería, y pasó la mano sobre textos y guías de estudio de una de las baldas de poesía. En las muchas estanterías distribuidas por la pequeña casa en cada habitación había al menos una balda dedicada a libros de poesía, porque realmente nunca sabía cuándo iba a necesitar una inyección de elocuencia.
Los dedos de Adrián recorrieron los lomos de los libros. No sabía qué estaba buscando, pero sentía una tremenda compulsión por encontrar el poema adecuado. Algo que se ajuste a mi estado de ánimo y mi situación, pensó.
Su mano se detuvo en una antología de poetas de guerra. Todos los hombres jóvenes condenados de la Primera Guerra Mundial. Lo cogió y dejó que las páginas se abrieran solas. Dulce et Decorum, de Wilfred Owen, fue el primero que descubrió. Leyó: «Muchos habían perdido sus botas / pero avanzaban cojeando / con herraduras de sangre». Sí, pensó, ése era él.
Leyó las palabras del poema tres veces, luego cerró los ojos y respiró hondo. Fue el olor lo que le vino primero. Petróleo oscuro y espeso, y un gusto a metal oxidado en la lengua, con mucho humo e increíblemente caliente, como si todo en el mundo estuviera en el quemador de una cocina encendida al máximo y fuera a comenzar a hervir.
Tosió con fuerza. Detrás de sus ojos cerrados podía oler algo tan espeso y horrible que el hedor casi le hizo vomitar. Se dijo a sí mismo que tenía que despertarse, como si estuviera dormido, y luego sintió que todo su cuerpo se tambaleaba hacia delante, para más tarde volver hacia atrás, y de pronto escuchó un ruido agobiante que se alzaba sobre él como una cantinela, o como el rugido de un motor funcionando. Se sintió salvajemente hundido en su asiento, como si hubiera sido arrojado a un mar violento, y estiró la mano en el aire para tratar de calmarse, cuando escuchó una voz que estaba a su lado, justo en la oreja, un tono tan familiar que habría sido musical si no fuera por el terrible olor, el abrumador ruido y las feroces sacudidas hacia atrás y hacia delante.
– Aguanta, papá, se va a poner mucho peor. -Los ojos de Adrián se abrieron de golpe. Ya no estaba sentado en su mesa, rodeado de libros y papeles, poesía y fotografías, lleno de recuerdos. Iba saltando en la angosta parte de atrás de un Humvee todoterreno.
Se oyó el ruido de una explosión y el motor aceleró. Se volvió hacia la persona que se apretaba en el asiento junto a él.
– Tommy -dijo. Seguramente se atragantó, porque su hijo se rió con ganas al mismo tiempo que se aferraba a una barra que había en el techo con una mano y trataba de estabilizar la cámara con la otra. Su casco negro de un material resistente a las balas se deslizó hacia abajo casi cubriéndole los ojos. Su chaleco antibalas azul marino estaba arrugado alrededor de su cuello. Parecía joven, pensó Adrián. Estaba guapo.
– Tengo que hablar rápido, papá, estamos llegando al lugar donde me muero.
Desde el asiento delantero el conductor -un joven infante de marina con ropa de camuflaje y gafas de sol oscuras- dijo con amargura:
– Malditas minas enterradas en la arena. No hay ninguna manera de descubrirlas. Siempre nos van a joder. Maldita Faluya.
Debía de estar bromeando, porque se oyeron algunas risas tensas. Adrián miró a los demás hombres a su alrededor metidos apretadamente en la parte posterior del vehículo. Iban mirando por las ventanillas hacia un árido paisaje ocre con las armas preparadas, hicieron gestos de estar de acuerdo.
– Como si éste no fuera un maldito lugar perfecto para una emboscada… -señaló uno de ellos. Adrián no podía verle la cara, pero su voz tenía un tono de dureza y a la vez de premonición, como si supiera que no había nada que nadie pudiera hacer para remediar lo que estaba a punto de ocurrir.
El artillero que se ocupaba del calibre 50, que sobresalía a través del techo, se agachó. No podía tener más de veintiún años y se estaba riendo detrás de los anteojos protectores cubiertos por la arena. Sus dientes estaban manchados con tierra y polvo.
– Nunca debimos haber salido a esta misión -gritó por encima del rugido del motor y del viento que les azotaba a través de las ventanillas abiertas-. Ya desde el primer kilómetro estaba claro que iba a haber problemas.
Desde el asiento del cañón delantero, un teniente negro de mirada dura que hablaba por un radioteléfono dejó el auricular y se volvió hacia el grupo que se amontonaba detrás de él.
– ¡Basta! -ordenó bruscamente-. Mirad, las cosas no son así. Tú, Masters, y tú, Mitchell, saldréis de esto con un par de rasguños y la nariz sangrando. Y tú, Simms, con mierda seca en las piernas, pero vivirás y podrás volar en un gran avión a casa. Y los haremos mierda a todos esos idiotas con turbantes en la cabeza cuando llame para que empiecen los ataques aéreos antes de que me quemen, de modo que dejad de lloriquear.
Entonces el teniente repentinamente se puso alegre, con una gran sonrisa que le fruncía toda la cara mientras señalaba con el dedo a Tommy.
– Y el muchacho de las noticias, ése os hará famosos a todos ¿No es así, Tommy?
Tommy sonrió.
– Por supuesto que sí -replicó.
Uno de los infantes de marina se inclinó hacia delante, palmeó a Tommy en el muslo y dijo:
– Nos ha convertido en malditas estrellas de Internet. -Se rió mientras bajaba la vista hacia su arma.
Adrián se sintió impulsado hacia un lateral en su asiento cuando el vehículo aceleró y saltó sobre los escombros. Alcanzó a ver edificaciones de barro y adobe, las paredes negras, arrasadas por el fuego, con perforaciones de metralla de armas pesadas. Palmeras destrozadas cubrían la cuneta del camino. Automóviles calcinados y un tanque que estaba retorcido hasta formar un casco casi irreconocible estaba metido a medias en una zanja, todavía echando humo. Parte de un cuerpo carbonizado colgaba de una escotilla. Escuchó que alguien decía:
– Nunca os metáis con los héroes del aire. -Se oyó el rugido de los aviones.
Tommy se había inclinado hacia delante, la enorme cámara de vídeo Sony levantada como un arma, tratando de conseguir una toma sobre el hombro del conductor, mientras se dirigían veloces hacia un miserable grupo de edificios medio derruidos. Parecía haber polvo y humo por todas partes y el olor persistía en las narices de Adrián. Tommy estaba filmando, pero le dijo a su padre:
– Lo sé. Es muy feo. Pero uno se acostumbra. Y de todos modos, esto es sólo el olor de los explosivos y tal vez un poco de petróleo ardiendo. Espera a que percibas el hedor de los cuerpos muertos dejados al calor un par de días.
Bajó la cámara.
– Gané un premio, tú lo sabes -continuó-. Tengo todo filmado, exactamente desde el lugar donde nos alcanzaron, está grabado todo el tiroteo. E incluso después de recibir un disparo dejé mi dedo sobre el botón, de modo que la cámara siguió filmando. Antes de que pusieran la secuencias en Internet (¿sabías que tuvo casi tres millones de visitas?), el presentador de The Nightly News llamó a todos y pronunció un bonito discurso. Ya sabes…, habló de ser un corresponsal de guerra, de Frank Capra, de Ernie Pyle y de contar la verdadera historia. Habló de los tipos de Vietnam…, algunos de ellos probablemente fueron de patrulla con el tío Brian. Esos tipos iban al combate sólo con sus Nikon colgadas del cuello, o con un cuaderno en la mano, sin ningún tipo de protección. El presentador habló de tradición y dedicación, e hizo que el hecho de contar la historia sonara un poco como una vocación más elevada, como el sacerdocio. Pero tú y yo, papá, sabemos que estaba aquí porque me encantaba sacar fotografías y me gustaba toda esa excitación, y nada combina ambas cosas mejor que seguir a un grupo de valientes infantes de marina, aunque eso te cueste la vida.
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