John Katzenbach - El profesor

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Adrian Thomas es un profesor universitario retirado, al que acaban de diagnosticarle una demencia degenerativa que lo llevará pronto a la muerte. Ha dedicado toda su vida a estudiar los procesos de la mente y a transmitir a sus alumnos todo su conocimiento. Ahora, jubilado, viudo y enfermo cree que lo mejor que puede hacer es quitarse la vida. Pero al salir del consultorio del médico es testigo involuntario del secuestro de Jennifer Riggins, una conflictiva adolescente de dieciséis años con un largo historial de huidas, que desaparece sin dejar rastro dentro de una camioneta conducida por una mujer rubia. El profesor Thomas se debate entre poner fin a su vida y ser útil una última vez antes de morir. Decide ayudar a encontrar a Jennifer, intentar darle la oportunidad de vivir su joven vida. Para eso debe sumergirse en el oscuro mundo de la pornografía en Internet, un mundo perverso y criminal donde todo su saber académico se pone en juego, y donde debe utilizar los pocos momentos de lucidez para avanzar en una investigación para la que hay muy poco tiempo?

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Linda respiró hondo, cerró los ojos y se quitó el pasamontañas. Soy una actriz , se dijo interiormente.

* * *

Ni Linda, ya del otro lado de la puerta del sótano, ni Michael, arriba con los monitores, se dieron cuenta de lo que ocurrió después. Algunos de sus clientes sí se percataron de ello, inclinados sobre sus ordenadores. La Número 4 se había echado hacia atrás después de escuchar el ruido de la puerta al cerrarse, dejándola otra vez sola en la habitación. Había cogido su osito de peluche para sostenerlo contra su cuerpo, acomodando al gastado juguete entre sus pequeños pechos, acariciándole la cabeza como si fuera un bebé, repitiendo todo el tiempo algo en silencio a ese objeto inanimado. Ninguno de los que la miraban estaba seguro de lo que decía, aunque algunos pudieron conjeturar, con suerte, que estaba repitiendo una y otra vez las mismas palabras. Pero no pudieron distinguir que esas palabras eran: «Mi nombre es Jennifer mi nombre es Jennifer mi nombre es Jennifer mi nombre es Jennifer».

Capítulo 18

Terri Collins caminaba de un lado a otro en la entrada de la casa de Adrián mientras éste le mostraba dónde estaba situado cuando descubrió la furgoneta. Arrastró los pies por el suelo y dio una patada a una piedra suelta mientras él se deslizaba detrás del volante de su automóvil para mostrarle dónde había aparcado.

– ¿Y ahí exactamente es donde usted estaba la noche en que Jennifer desapareció? -le preguntó ella.

Adrián asintió con la cabeza. Se dio cuenta de que la detective medía ángulos de visión y distancias, imaginando las sombras que caían sobre la calle aquella noche.

– Ella no puede verlo -le dijo Brian. Estaba sentado en el asiento del acompañante. El también estaba mirando el sitio de la calle donde la furgoneta había disminuido la velocidad para detenerse y luego acelerar.

– ¿Qué quieres decir? -susurró Adrián. -Lo que quiero decir es -respondió Brian con enérgica jactancia- que no se permite imaginar el delito. Todavía no. Está mirando directamente el sitio, pero todavía está tratando de ver las razones por las que no ocurrió, no las razones por las que sí ocurrió. Aquí es donde entras tú, hermano. Persuádela. Haz que ella dé el siguiente paso.

Tienes que ser lógico. Tienes que ser enérgico. Vamos, Audie.

– Pero…

– Tu tarea es hacer que ella vea lo que tú viste aquella noche. Eso es lo que cualquier investigador hace…, aunque podría no querer admitirlo porque parece una locura. Ella imagina todo lo que ocurrió tal como si hubiera estado presente… y eso le dice hacia dónde mirar después.

Brian estaba vestido otra vez con su desteñida ropa de militar. Había apoyado sus gastadas botas de andar por la selva sobre el salpicadero y, echado hacia atrás, fumaba un cigarrillo. Brian joven. Brian mayor. Brian muerto. Adrián se dio cuenta de que su hermano era un camaleón de la memoria alucinatoria. Desde Vietnam hasta Wall Street. Lo mismo ocurría con Cassie, y con Tommy, y con cualquier otra persona de su pasado que decidiera llegar al poco presente que le quedaba. Adrián inspiró, y pudo sentir el olor acre del humo que se mezclaba con la espesa, húmeda, sofocante y tropical sensación que lo envolvía, como si Brian hubiera traído la selva y sus vapores consigo. La limpidez de principios de primavera en Nueva Inglaterra estaba ausente. O, pensó Adrián, por lo menos no estaba en ningún lugar donde él pudiera encontrarla.

– ¿Por qué nadie más vio nada? -quiso saber Terri Collins. Adrián no estaba seguro de si se suponía que debía responder a esa pregunta, porque ella la pronunció con una voz queda dirigida más bien a las franjas de luz diurna que a él.

– No sé -dijo Adrián-. La gente vuelve a su casa. Quiere su cena. Quiere ver a su familia. Cierran la puerta de la calle y dan por terminado el día. ¿Quién está mirando lo que ocurre en la calle a esa hora del día? ¿Quién está buscando algo fuera de lo común? No mucha gente, detective. Las personas buscan la rutina. Buscan la normalidad. Eso es lo que esperan. Un unicornio podría pasar trotando por la calle y probablemente nadie se daría cuenta. -Adrián dijo esto y cerró los ojos un instante, esperando que sus palabras no hicieran aparecer a un mítico animal blanco, con un cuerno en la cabeza, trotando por la calle, al que sólo él pudiera ver.

– Alguien tendría que haber notado algo -continuó Terri, como si no hubiera escuchado nada de lo que Adrián había dicho.

– Pero no fue así. Sólo yo lo vi -replicó él.

La detective se giró.

– Entonces ¿cómo avanzamos? -preguntó. No esperaba realmente que él respondiera. Miró cuando Adrián se movió en su asiento antes de bajar del coche. Una vez había entrevistado a un esquizofrénico en medio de un episodio psicótico que constantemente se giraba hacia un lado y hacia el otro porque oía sonidos que no existían, pero al final, con paciencia, había obtenido una sensata descripción del ladrón. Y también hubo muchas ocasiones en las que había sondeado los recuerdos de estudiantes universitarios que sabían que había ocurrido algo malo -usualmente una violación- pero no estaban exactamente seguros de qué era lo que habían visto o escuchado, o presenciado. Demasiadas drogas. Demasiado licor. Toda clase de sustancias que alteraban la capacidad de observación.

Pero su piel se erizó ligeramente, una sensación de picazón, cuando conoció a Adrián. Era lo mismo, pero era diferente. Su aspecto era liviano, esbelto, delgado, como si algo le estuviera devorando segundo a segundo cada vez que ella se encontraba cara a cara con él. Tenía la rara sensación de que se estaba desvaneciendo poco a poco, infinitesimalmente, a cada segundo que pasaba. Le estaba ocurriendo algo, pero ella no sabía qué.

La detective Collins parecía absorta en sus pensamientos. La voz de Brian estaba llena de vigor. Adrián pensó que sonaba tal como debió de haber sido cuando estaba al mando de hombres en la guerra, o como cuando llegaba el momento de sacar la verdad a un testigo reticente en la sala de un tribunal.

– Ahora -le urgió su hermano- piensa en lo que Tommy te dijo.

Adrián vaciló. Quería acercarse a Brian y preguntarle: ¿Qué? ¿Qué me dijo Tommy antes de ser destrozado? Y entonces recordó las palabras apresuradas de su hijo: Se trata de algo para ver.

– Jennifer, detective… Alguien la necesita para algo. Cualquier otra explicación es inútil porque todas conducen a la misma conclusión: está muerta. Así que no tiene sentido seguirlas. El único curso a seguir es imaginar que todavía está viva, por una razón específica y bien definida. Si no, ambos estamos perdiendo el tiempo.

Brian resopló.

– ¡Derecho al grano! -estalló. Fue como un grito demasiado cerca de su oreja, y Adrián se estremeció un poco.

Terri pensó que todo aquello era una locura y que el viejo profesor -cuyos ojos parpadeaban rápidamente, como si fuera un bicho, y cuyas manos temblaban eléctricamente- estaba loco, aun cuando ella no pudiera dar un diagnóstico médico al respecto. Miró a su alrededor recorriendo todo el vecindario, como si esperara tener la suerte de ver aparecer la chirriante furgoneta, que disminuyendo la velocidad arrojaría a Jennifer por la puerta, un poco magullada, incluso sexualmente agredida, pero con nada que un poco de amor, un poco de terapia y algunos calmantes no pudieran solucionar.

El atardecer se convirtió en oscuridad alrededor de ella. El viejo profesor parecía un pájaro, como si se hubiera posado en la delgada rama de una idea. Ella pensó: ¿ Qué opciones tengo?

– Muy bien -anunció Terri-. Voy a escucharle.

* * *

Adrián sostuvo la puerta de la calle abierta para que entrara la detective. Al hacerla entrar la sacaba de la noche que caía. Vaciló como esperando que Brian pasara junto a él, pero su hermano muerto se quedó en los escalones, un poco alejado.

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