John Katzenbach - El profesor

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Adrian Thomas es un profesor universitario retirado, al que acaban de diagnosticarle una demencia degenerativa que lo llevará pronto a la muerte. Ha dedicado toda su vida a estudiar los procesos de la mente y a transmitir a sus alumnos todo su conocimiento. Ahora, jubilado, viudo y enfermo cree que lo mejor que puede hacer es quitarse la vida. Pero al salir del consultorio del médico es testigo involuntario del secuestro de Jennifer Riggins, una conflictiva adolescente de dieciséis años con un largo historial de huidas, que desaparece sin dejar rastro dentro de una camioneta conducida por una mujer rubia. El profesor Thomas se debate entre poner fin a su vida y ser útil una última vez antes de morir. Decide ayudar a encontrar a Jennifer, intentar darle la oportunidad de vivir su joven vida. Para eso debe sumergirse en el oscuro mundo de la pornografía en Internet, un mundo perverso y criminal donde todo su saber académico se pone en juego, y donde debe utilizar los pocos momentos de lucidez para avanzar en una investigación para la que hay muy poco tiempo?

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Terri sacó lentamente su libreta. Le pareció que el viejo profesor se había movido, incómodo, en su asiento y se inclinaba hacia delante como si hubiera perdido el equilibrio, pero lo que estaba diciendo tenía sentido.

– ¿Qué es lo que sabemos? Una joven de dieciséis años es raptada en la calle. Todo lo que usted sabe sobre Jennifer o su familia no es muy relevante, ¿verdad? Lo que tenemos que descubrir es por qué alguien necesitaba el tipo de persona que ella es, y por qué estaban recorriendo este vecindario. Y entonces tenemos que imaginar por qué la quisieron a ella cuando la descubrieron. Y sabemos que se trataba de un varón y de una mujer. Así que estamos hablando de un muy estrecho margen de delitos, y predominantemente del tipo de los que terminan en homicidio.

La voz de Adrián había regresado al estilo enérgico, académico y seguro que recordaba después de cien millones de horas pasadas en las aulas. Le resultaba tan familiar como sus poemas favoritos, como los sonetos de Shakespeare o los versos de Frost. Hizo que se sintiera mucho mejor el hecho de reconocer el regreso de esa parte de sí que estaba desapareciendo.

– Pero si termina en homicidio…

– Sólo he dicho que generalmente termina así. -Pero…

– Debemos interrumpirlo. -Pero ¿cómo…?

– Sólo hay una manera, detective. Es como si el secuestro de Jennifer tuviera otro propósito aparte del homicidio. Como si su presencia tuviera un significado diferente del que tiene el modo en que ella va a terminar. Y para que nosotros tengamos alguna esperanza de éxito, tiene que ser un propósito que podamos identificar, y luego rastrearlo hacia atrás, hasta su origen. En caso contrario sólo podríamos esperar a que se descubra un cuerpo. -Vaciló y luego se corrigió-: No un cuerpo. El cuerpo de Jennifer.

– Muy bien. ¿Cuál podría ser ese propósito?

Adrián sintió que su esposa le daba un ligero codazo y luego le apretaba el hombro. Miró a un lado y fue como si el ejemplar de la Enciclopedia del crimen que su amigo le había prestado repentinamente flotara en el aire justo ante sus ojos y las páginas empezaran a pasar, empujadas por una súbita brisa turbulenta. Macbeth, pensó. Cuando lady Macbeth tuvo la alucinación del arma asesina. ¿Es una daga lo que veo ante mí? Sólo que aquí lo que flotaba en el aire delante de él era un artículo en un libro que documentaba una serie interminable de episodios de homicidio y desesperación.

– Tengo una pequeña idea -dijo Adrián-. Tal vez la única idea.

Capítulo 19

Para cuando Terri Collins llegó a su casa, tarde esa noche, estaba convencida de que Adrián estaba totalmente loco y que estar loco era probablemente su única salida realista.

En cuanto abrió la puerta, sus dos hijos, que estaban sentados frente al televisor, saltaron hacia ella. Terri se vio inundada por una súbita catarata de exigencias infantiles -la mayor parte de las cuales se referían al colegio, con lo ocurrido en el patio durante el recreo o en la clase de lectura-. Era un poco como entrar en un cine con la película comenzada y una vez allí tratar de recoger silenciosamente suficientes observaciones y escuchar suficientes detalles de la trama que le faltaba como para llenar los espacios vacíos.

Laurie, revoloteando en la cocina sobre el fregadero lleno de platos sucios, gritó un saludo que era a la vez una bienvenida a casa y una pregunta sobre si tenía hambre. Terri respondió con una negativa. Su hijo de ocho años, con la energía de un varón de esa edad, le preguntó:

– ¿Has arrestado a alguno de los malos hoy? Su hermana pequeña, dos años menor que él, tan silenciosa como él era ruidoso, simplemente se aferraba a la pierna de su madre con una mano mientras agitaba en el aire un colorido dibujo con la otra.

– No. Hoy no -respondió Terri-. Pero creo que mañana sí, o tal vez pasado mañana.

– ¿Malos de verdad?

– Siempre. Sólo los realmente malos.

– Bien -aceptó el niño de ocho años. Se alejó de su lado y regresó al televisor. Terri observaba cada gesto que hacía, cada tono dado a cualquier palabra que pronunciara, cada expresión en su cara en busca de señales que le recordaran a su padre. Era como vivir con una granada de mano a la que se le había quitado la anilla de seguridad. No sabía qué parte de su ex marido había pasado a su hijo, pero la asustaba. La genética puede ser aterradora, pensó.

El niño ya tenía la sonrisa despreocupada y la relajada seducción de su padre, y era sumamente conocido en el colegio y en el barrio. Ella temía que todo fuera una mentira, que al igual que su padre, fuera encantador y malvado al mismo tiempo. Su ex marido siempre tenía una sonrisa en público, contaba chistes, hacía que todos se sintieran bien consigo mismos, pero en el momento en que se quedaban solos, se volvía oscuro y recóndito y empezaba a golpearla despiadadamente. Esa era la parte oculta que nadie había visto nunca, salvo ella. Era un misterio, y cuando ella huyó, sabía que dejaba atrás a mucha gente querida, familia, amigos, compañeros de trabajo que estarían preguntándose: ¿Cómo puede ser? y diciendo: No tiene sentido.

El problema era que sí tenía sentido. Sólo que ellos no lo sabían. Seguía observando cuando su hijo se desplomó en un sillón, ignoró la televisión y cogió un libro ilustrado. Ella se preguntó: ¿Me fui a tiempo? Se las había arreglado para huir, haciendo las maletas y corriendo cuando sabía que él iba a estar ocupado durante unas horas. Había tomado muchas precauciones, sin dar la menor señal de huida en las semanas previas a su fuga, destacando, cada vez que podía, los asuntos más aburridos y rutinarios, de modo que cuando huyera, fuera algo inesperado. Dejó todo atrás, salvo un poco de dinero y los niños. El podía quedarse con todo lo demás. No le preocupaba. Tenía un único mantra que había repetido en su interior sin cesar: Comenzar de nuevo. Comenzar de nuevo.

En la época que siguió a la fuga obtuvo una orden de alejamiento y el acuerdo de divorcio que limitaba su acceso a los niños y depositó todos los papeles necesarios en la base del Primer Escuadrón Aerotransportado, donde estaba el jefe de su marido, en Carolina del Norte. Había soportado más de una sesión con consejeros militares, que trataron de convencerla -de manera sutil y a veces no tanto- de que volviera con su marido. Ella se había negado, por mucho que le repitieran que él era «un héroe norteamericano».

Tenemos demasiados héroes, pensó ella.

Pero no existía nunca una huida absoluta y completa -por lo menos no una que no implicara esconderse, identidades falsas y moverse de un lugar a otro tratando de ser anónimo en un mundo que parece dedicado a divulgar todo sobre todos-. Él nunca estaría del todo fuera de sus vidas. Ésa era, en parte, la razón por la que había vuelto a estudiar, y se había esforzado tanto para convertirse en una mujer policía. El arma semiautomática en su bolso y la placa que llevaba eran un mensaje explícito de que ella esperaba servir de barrera entre él y cualquier veneno que quisiera administrar.

Abrazó a los dos niños y, al mismo tiempo, elevó una breve plegaria: otro día a salvo. Terri puso a los niños a hacer sus tareas infantiles -dibujar, leer, mirar la televisión- y luego fue a la cocina. Laurie le estaba preparando la cena.

– Pensé que no estabas diciendo exactamente la verdad -se justificó.

Terri dirigió su mirada al pastel de carne recalentado y la ensalada fría. Cogió el plato, buscó tenedor y cuchillo y, siempre de pie, se apoyó en la encimera y empezó a comer.

– Deberías ser detective -le dijo entre bocado y bocado.

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