Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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– Querría hablar con el agente Frank Ottobre, por favor…

– Un instante, madame. ¿A quién debo anunciar?

– A Helena Parker. Gracias.

– Espere.

El operador la dejó esperando, y al cabo de unos instantes la voz de Frank le llegó por el aparato.

– Helena, ¿dónde estás?

Ella sintió que se ruborizaba, y ese fue el único motivo por el que se alegró de que él no estuviera allí en ese momento. Le pareció que volvía atrás en el tiempo, a aquel día en que había sentido en la mejilla los labios tímidos e inexpertos de Andrés Jeffereau. Supo que Frank Ottobre tenía el poder mágico de hacerle recuperar su inocencia. Y con ese descubrimiento Helena tuvo la confirmación definitiva de cuánto lo amaba.

– Estoy en casa. Mi padre ha salido con Ryan y Stuart, y estoy sola. Mosse ha encerrado en una habitación todos los teléfonos. Estoy usando el que me dejaste tú.

– ¡Ese cabrón! Menos mal que se me ocurrió la idea de darte un móvil…

Helena no sabía si en la centralita de la policía escuchaban las conversaciones. Frank le había dicho que sospechaba que tenía pinchados el móvil y el teléfono de su casa, en el Pare Saint-Román. Quizá era por eso que hablaba con brusquedad.

Helena no quería decir nada que pudiera dañarlo o perjudicarlo, pero sentía que estallaba.

– Debo decirte algo…

«¡Ahora! -se alentó-. ¡Dilo ahora o no lo dirás nunca!»

– Te quiero, Frank.

Helena pensó que era la primera vez en su vida que pronunciaba esas palabras. Y que por primera vez sentía un miedo del que no se asustaba.

Al otro lado hubo un silencio. Fueron apenas unos segundos, pero a Helena le pareció que, en el lapso transcurrido antes de oír la respuesta, un hombre habría podido plantar y cosechar dátiles.

Después la voz de Frank salió al fin por el teléfono.

– Yo también te quiero, Helena.

Así, simplemente, como debía ser. Con esa sensación de paz que desde siempre emana de las obras maestras. Ahora Helena Parker ya no tenía dudas.

– Que Dios te bendiga, Frank Ottobre.

No hubo tiempo de decir más. En la estancia donde se hallaba Frank se oyó el ruido de una puerta que se abría, atenuada por el filtro del teléfono.

– Disculpa un instante -le oyó decir, de pronto frío.

Helena oyó que una voz que no era la de él decía palabras que no entendió. Después un grito de Frank, el ruido de algo que golpeaba sobre una superficie de madera, seguido por una imprecación, la voz de Frank que gritaba: «¡No, por Dios, otra vez él, maldito hijo de puta…!».

Después, de nuevo su voz en el teléfono.

– Discúlpame, Helena. Sabe Dios que no querría dejarte, pero debo salir ahora mismo…

– ¿Qué ha sucedido? ¿Puedes decírmelo?

– Claro que sí. De cualquier modo, mañana lo leerás en todos los periódicos. ¡Ninguno ha matado otra vez!

Frank cortó la comunicación. Helena se quedó mirando la pantalla, confundida, tratando de adivinar cómo cerrar la comunicación. Estaba tan feliz que ni siquiera se dio cuenta de que su primera verdadera llamada de amor se había interrumpido por la noticia de un asesinato.

54

Frank y Morelli bajaron la escalera como si de ello dependiera el destino del mundo. Mientras literalmente volaban sobre los escalones, Frank se preguntó cuántas veces más se repetiría esa carrera antes del fin de la pesadilla. Mientras hablaba por teléfono con Helena, por unos instantes se había sentido en una pequeña isla tranquila en medio de un mar azotado por la tempestad… hasta que llegó Claude e interrumpió ese sueño de ojos abiertos.

Ninguno había vuelto a matar. Y del peor modo, añadiendo la burla al daño.

«Dios santo, ¿cuándo terminará esta matanza? ¿Quién es este hombre? ¿Qué es este hombre para hacer lo que hace?»

Salieron por la puerta de cristal de la comisaría y a la derecha vieron un corro de policías alrededor de un coche. La calle ya estaba vallada, para bloquear vehículos y peatones tanto en Suffren Raymond como del lado opuesto, a mitad de la calle Notari.

Frank y Morelli bajaron el tramo exterior de la escalera y se acercaron. Los agentes se hicieron a un lado para dejarlos pasar. Aparcado justo frente a la entrada de la central, a la derecha, en el último lugar reservado para los coches patrulla, se hallaba el Mercedes SLK de Jean-Loup Verdier con el maletero abierto.

En el interior se veía el cuerpo de un hombre, cuya imagen parecía una mala copia del asesinato de Alien Yoshida, una tentativa poco lograda, realizada a manera de ensayo. Acurrucado en el maletero del coche, apoyado sobre el lado derecho, estaba el cuerpo de un hombre. Llevaba un pantalón azul y una camisa blanca ensangrentada. En el pecho, a la altura del corazón, había un corte; la sangre se había esparcido a su alrededor por la tela. Pero, como de costumbre, era el rostro la parte más estropeada. El cadáver daba la impresión de mirar la moqueta que recubría las paredes del maletero, a pocos centímetros de los ojos abiertos de par en par, con una horrorosa carcajada sarcástica, la cara desollada, la sangre coagulada en la cabeza calva, donde un irónico mechón de pelo indicaba que esta vez el trabajo se había realizado de manera más bien apresurada.

Frank miró en torno. Ninguno de los agentes mostraba ganas de vomitar.

«Nos acostumbramos a todo, tanto a lo peor como a lo mejor.»

Pero esto no era una costumbre, sino una maldición, y en alguna parte debía de existir el modo de acabar con ella. Él debía encontrarlo a toda costa, si no quería terminar sentado otra vez en el banco de madera y hierro forjado del jardín de una clínica psiquiátrica, mirando sin ver a un jardinero que plantaba un árbol.

Recordó la conversación con el padre Kenneth. Si hubiera estado allí en ese momento, habría podido decirle que todavía le costaba creer en Dios, pero que comenzaba a creer en el diablo.

– ¿Cómo lo han descubierto? -preguntó a todos y a nadie en particular.

Se acercó un agente, al que Frank reconoció aunque no sabía su nombre.

Era uno de los que vigilaban la casa de Jean-Loup; por suerte para él, no se hallaba de servicio el día en que habían descubierto la identidad de Ninguno.

– Esta mañana he visto el coche aparcado en una zona prohibida. En general somos bastante rigurosos y lo hacemos retirar enseguida, pero en estos días, con tanto trajín…

El agente hizo un gesto para referirse a la situación que tan bien conocía Frank. Tenía muy presentes los turnos insostenibles a que se hallaban sometidos los agentes, el continuo ir y venir de los coches, las salidas apresuradas para ir a verificar todas las denuncias que recibían. Era la consecuencia inevitable del momento que estaban viviendo. Todos los mitómanos de la tierra parecían salir a la luz en casos como ese. Ninguno ya había sido visto en decenas de lugares distintos, y cada vez la policía debía ir a verificarlo, sin resultado Sí Frank conocía muy bien la situación. Hizo una seña al agente para que continuara.

– Cuando volví a salir, al poco rato, vi que el coche seguía en el mismo lugar. Pensé que sería de algún residente que había venido al despacho a cumplir algún trámite. A veces intentan dejarlo allí… Me acerqué para mirar. Estaba llamando a la grúa cuando me pareció reconocer la matrícula. Yo estaba arriba, en Beausoleil, en la casa de…

– Sí, lo sé -le interrumpió Frank-. Sigue.

– Bien, cuando me acerqué, vi que sobre la parte de atrás del capó, cerca de la cerradura, había una mancha roja que podía ser de sangre. Llamé a Morelli y forzamos la cerradura. Y adentro estaba esto…

El agente señaló el cuerpo con la mano.

«Ya, había "esto". Y a "esto", como lo llamas tú, cuesta definirlo como un ser humano, ¿verdad?»

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