Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Pero eso no se podía hacer.

Aparte de los riesgos personales que habría corrido y los que habría hecho correr a las personas que le habían ayudado a entrar en aquel baile, significaba coger el mando a distancia y apagar un televisor en el cual se veía la imagen de un magnífico velero que partía las olas con un guapo joven al timón…

No, no había nada que hacer, a pesar de su aversión por Larkin Algo debía soportar si quería obtener lo que deseaba.

«No todo -se dijo-, pero sí mucho, y enseguida.»

Volvió hacia el yate del patrocinador. Las numerosas embarcaciones ancladas las unas junto a las otras estaban en la penumbra, las más grandes un poco más iluminadas, las demás envueltas en la oscuridad y en el reflejo de las otras luces.

Miró alrededor. El muelle estaba desierto. Los bares habían cerrado, las sillas de plástico estaban apiladas, las sombrillas plegadas alrededor de sus soportes. Le resultó raro. A pesar de la hora tardía, era verano, y en las noches de verano siempre hay gente a todas horas. Sobre todo en las noches de la Costa Azul. Acudió a su mente la historia del asesino en serie que le había contado Serena. ¿Sería por eso que estaba solo en el muelle? Quizá nadie quería salir solo, por miedo a tener un encuentro indeseable. Pensó que, en general, las personas, cuando tienen miedo, buscan en lo posible la compañía de otras, en la ilusión de protegerse mutuamente.

En ese aspecto, Hudson se sentía un perfecto ciudadano de Nueva York. Donde él vivía, si se dejara llevar por esos pensamientos no saldría nunca de su casa…

Oyó el ruido del motor de un coche que se acercaba y sonrió. Por fin llegaba Serena. Imaginó los pezones de la muchacha estimulados por sus dedos. Experimentó una agradable sensación de calor en la boca del estómago y un satisfactorio endurecimiento bajo la cremallera del pantalón. Se proponía pedirle con un pretexto cualquiera que le permitiera conducir el coche. Mientras esperaba, había visto en su cabeza una imagen muy seductora. Él con el viento en los cabellos, yendo por la haute corniche , inmersa en la oscuridad, conduciendo lentamente un descapotable entre el aroma de los pinos, mientras una simpática muchacha neozelandesa inclinaba la cabeza sobre su regazo, con su pájaro en la boca.

Anduvo hacia las luces de la ciudad, al fondo, del otro lado de muelle, para ir al encuentro de Serena. No oyó los pasos del hombre que se acercaba velozmente a sus espaldas, porque parecía el mismísimo hijo del silencio.

El brazo que le rodeó el cuello, sin embargo, era de hierro, al igual que la mano que le cubrió la boca. La cuchillada, de arriba abajo, fue precisa y mortal, como tantas otras veces.

Le traspasó limpiamente el corazón.

El cuerpo atlético del joven abogado duplicó su peso y se aflojó de golpe en los brazos de su asesino, que lo sostuvo sin esfuerzo.

Hudson McCormack murió con la imagen de la Roca de Monaco en los ojos, sin ver satisfecha una pequeña, última vanidad. No supo nunca que su camisa blanca, además de su bronceado, destacó también el rojo de su sangre.

53

Helena, desde el balcón de la casa, respondió con una sonrisa y un gesto de la mano a la seña de su hijo, que salía por la verja del patio junto a Nathan Parker y Ryan Mosse. El portón volvió a cerrarse con un golpe seco, y la casa quedó desierta. Después de varios días, era la primera vez que la dejaban sola, y le había sorprendido que así fuera. Su padre seguía un designio del que ella era consciente, pero cuyos contornos y manifestaciones le resultaban oscuros. Había sorprendido a Nathan y a su esbirro enfrascados en una conversación que cesó de golpe cuando la vieron aparecer. Desde que había confesado su relación con Frank, su presencia se consideraba sospechosa o peligrosa. Ni siquiera por un instante el general había consentido en dejarla sola con Stuart. Por eso ahora la había dejado en casa sin más compañía que la angustia.

Antes de salir, su padre dio orden de desconectar todos los aparatos telefónicos, que Ryan Mosse encerró con llave en una habitación de la planta baja. Helena no tenía móvil. Luego, Nathan Parker le habló brevemente, con ese tono que usaba con ella y con el mundo cuando no admitía réplicas.

– Nosotros salimos. Tú te quedarás aquí, sola. ¿Necesitas que te diga algo?

Interpretó su silencio como una respuesta afirmativa.

– Bien. Te recuerdo una cosa, por si acaso: la vida de ese hombre, ese Frank, depende de ti. Si tu hijo ya no te importa tanto como para hacerte razonar, espero que esto te convenza de ser buena chica y evitar cualquier acción descabellada.

Mientras el padre le hablaba a través de la puerta abierta del jardín, Helena vio que Stuart y Mosse le esperaban delante de la verja.

– Dentro de poco nos iremos, apenas termine lo que he venido a hacer. Debemos llevar a casa el cuerpo de tu hermana, algo; que no parece importarte mucho. Cuando hayamos vuelto a Estados Unidos, tu perspectiva cambiará, incluido este estúpido capricho por ese inútil…

Días atrás, tras el regreso del general, ella había encontrado el valor para contarle lo sucedido con Frank Ottobre. Nathan Parker se había puesto como loco. No eran celos normales, los celos comprensibles de un padre hacia una hija, ni siquiera por la atracción abyecta de un hombre hacia su hija amante, pues, como le había dicho a Frank, hacía años que no la obligaba a tener relaciones con él.

Ese período, gracias a Dios, parecía terminado para siempre. A Helena le bastaba volver a pensar un instante en las manos de ese hombre sobre ella para sentir un asco que todavía ahora, a pesar de los años transcurridos, le provocaba el deseo imperioso de lavarse. Sus «atenciones» habían cesado poco después del nacimiento del niño, o incluso antes, desde que le había confesado entre lágrimas que estaba embarazada.

Todavía recordaba los ojos de su padre cuando ella le habló de su estado y le dijo que quería abortar.

– ¿Qué estás diciendo? -preguntó Nathan Parker con voz incrédula, como si lo abominable fuera la intención de ella, no el embarazo.

– No quiero este hijo. No puedes obligarme a tenerlo.

– Y tú no puedes decirme qué puedo hacer y qué no puedo hacer. Soy yo el que te lo dice a ti. Y tú no harás nada de nada. ¿Entendido? ¡N-a-d-a! -deletreó, con la cara a pocos centímetros de la suya.

Después dictó su condena:

– Vas a tener ese niño.

Helena hubiera querido desgarrarse el vientre y extraer con sus propias manos ensangrentadas lo que llevaba dentro. Quizá su padre, el maldito padre de su hijo, había adivinado sus pensamientos Quizá se los había leído en el rostro. El hecho es que desde aquel momento no la había dejado sola ni un instante.

Más tarde, para justificar ante los ojos del mundo su embarazo y el nacimiento de Stuart, inventó aquella absurda historia del matrimonio. Nathan Parker era un hombre poderoso, muy poderoso Cuando no estaba de por medio la seguridad nacional, se le concedía prácticamente todo.

Muchas veces se había preguntado Helena cómo era posible que ninguno de los hombres que tenían trato con su padre se hubiera dado cuenta del verdadero alcance de su enajenación. Eran hombres importantes, diputados, senadores, militares de alto rango, incluso presidentes de Estados Unidos. ¿Era posible que ninguno de ellos, mientras escuchaba las palabras del general Nathan Parker, héroe de guerra, hubiera sospechado que aquellas palabras salían de la boca y del cerebro de un loco? Quizá la explicación fuera muy simple: un banal do ut des.

Y aunque el Pentágono o la Casa Blanca tuvieran conocimiento de los aspectos poco edificantes de la personalidad del general, mientras las consecuencias quedaran entre las paredes de su casa podían ser toleradas a cambio de los servicios que prestaba a la nación.

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