Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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– ¿Diga?

Había tenido suerte. El hombre que había respondido era justo la persona con quien le interesaba hablar.

– Hola, Guillaume. Soy Frank Ottobre.

El muchacho no se sorprendió en absoluto por la llamada. Le respondió como si se hubieran visto por última vez hacía tan solo diez minutos.

– Hola, agente del FBI. ¿A qué debo el honor?

– Me sentí muy bien la otra vez, cuando estuvimos en tu casa. Y necesito recurrir de nuevo a tus servicios.

– Cuando quieras.

– Lo que tarde en llegar.

Frank cortó la comunicación y permaneció todavía algunos instantes mirando la foto en el ordenador antes de cerrar el archivo y extraer el disco. Si en aquel momento hubiera entrado alguien en el despacho, habría podido decirle que su expresión, mientras contemplaba la imagen, era la misma de un jugador empedernido observa el movimiento de la bola en la ruleta.

55

Frank detuvo el Mégane delante de la verja pintada de verde, al fondo de la calle que llevaba a la casa de Helena. Bajó del coche y se sorprendió al encontrarla abierta. Solo pensar que en pocos segundos vería el rostro de la mujer amada hizo que le latiera más deprisa el corazón. Pero vería también al general Nathan Parker, y eso le hizo apretar los puños de rabia. Antes de entrar se impuso calma; la cólera era una pésima consejera, y en aquel momento lo último que necesitaba eran malos consejos.

Por su parte, se sentía en condiciones de darlos buenos. El encuentro de la mañana con Guillaume había sido extremadamente clarificador. Había ido a verlo la tarde anterior, para pedirle que hiciera un par de comprobaciones. Lo encontró en la pequeña dependencia donde trabajaba, muy atareado. El muchacho tenía las máquinas ocupadas en un trabajo que no podía dejar de inmediato. Aun así, el joven dedicó toda la tarde y parte de la noche a lo que necesitaba Frank. Tuvo que hacer mil malabarismos, pero consiguió caer de pie. Y también volver a poner en pie la figura tambaleante de Frank Ottobre, agente especial del FBI.

Cuando Guillaume le puso ante los ojos el resultado de sus búsquedas, Frank se quedó helado al constatar que sus hipótesis se habían revelado exactas. Parecían solo suposiciones delirantes arrojadas al aire, conjeturas sin sentido ni utilidad. El mismo se había tratado de loco. Y sin embargo…

Sintió la necesidad de abrazar al muchacho. Pero enseguida se dijo que debía dejar de referirse a él con ese término, que consideraba solo su edad. Guillaume era un hombre. Un hombre con cojones. Lo supo definitivamente cuando se marchó de la casa de los Mercier y Guillaume le acompañó, callado, hasta la verja. Atravesaron el jardín uno junto al otro, sin hablar, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. Frank ya había abierto la puerta y estaba a punto de subir al coche cuando su expresión le detuvo.

– ¿Qué pasa, Guillaume?

– No lo sé, Frank. Es una sensación extraña. Es como si se me hubiera caído una venda de los ojos.

Frank sabía a qué se refería, pero de todos modos preguntó.

– ¿A qué te refieres?

– Pues… a todo esto. Ha sido como descubrir de golpe que hay otro mundo, un mundo donde las cosas les suceden no solo a los demás sino también a nosotros. No matan a la gente solo en los informativos, sino también en la acera, mientras camina a tu lado…

Frank escuchó en silencio ese desahogo. Imaginaba adonde quería ir a parar Guillaume.

– Te preguntaré una cosa, Frank, y debes responder con sinceridad. No quiero saber los detalles, solo que me aclares una duda personal. Lo que he hecho por ti, la otra vez y hoy, ¿te servirá para capturar al asesino de Nicolás?

Guillaume tenía los ojos brillantes. Exteriormente, su actitud era despreocupada, pero era una persona con sentimientos. Quería a Nicolás Hulot como sin duda había querido a Stéphane.

Frank lo miró y le respondió con una sonrisa:

– Antes o después, cuando todo haya terminado, tú y yo tendremos una charla. No sé cuándo, amigo mío, pero entonces te explicaré con pelos y señales lo importante que has sido en esta historia, y en particular para mí.

Guillaume asintió y se apartó. Abrió la verja y mientras el Megane se iba le saludó con un gesto indeciso de la mano.

«Eres grande, Guillaume.»

Con este pensamiento, Frank pasó la verja y entró en el jardín de Helena. Le sorprendió lo que vio. Todas las ventanas del piso superior y todas las puertas correderas que daban al jardín estaban abiertas de par en par. Dentro, en la planta baja, una mujer con un delantal de tela azul enchufaba un aparato. Salió de su campo visual I y poco después llegó a los oídos de Frank el ruido zumbante de una aspiradora. La vio asomarse al ventanal moviendo el electrodoméstico hacia delante y hacia atrás. En el piso superior, en la habitación donde dormía Helena, otra mujer con un delantal igual salió al balcón con un tapete en la mano, que colgó de la baranda de hierro y comenzó a golpear con un sacudidor de mimbre.

Frank se acercó. Lo que veía no le complacía en absoluto. Por la puerta principal, de nogal oscuro, salió un hombre de edad, vestido con un traje claro con cierta pretensión de elegancia; en la cabeza, un panamá que combinaba perfectamente con el estilo de la casa. Lo vio y fue hacia él. Cuando le observó las manos, Frank calculó que, pese a su aspecto juvenil, debía de andar más cerca de líos setenta que de los sesenta años.

– Buenos días. ¿Qué desea usted?

– Buenos días. Me llamo Frank Ottobre y soy amigo de los Parker, que viven aquí…

El hombre sonrió, exhibiendo una hilera de dientes blancos que con seguridad le habían costado un ojo de la cara.

– Ah, también usted es estadounidense. Encantado de conocerlo.

Tendió una mano firme pero con la piel cubierta de manchas. A Frank se le ocurrió que, además de la edad, debía de sufrir del I hígado.

– Me llamo Tavernier, André Tavernier. Soy el propietario de esta casita…

Con un gesto y una sonrisa cómplice indicó la casa.

– Lo lamento por usted, jovencito, pero sus amigos se han ido.

– ¿Se han ido?

Tavernier parecía lamentar sinceramente tener que confirmarle una mala noticia.

– Así es. Se han ido. De este contrato de alquiler se ha encargado una agencia, cuando normalmente lo hago yo personalmente. Esta mañana he venido, con las mujeres de la limpieza, a conocer a mis inquilinos y los he encontrado en el patio con las maletas listas y esperando un taxi. El general… usted sabe a quién me refiero… me ha dicho que había surgido un imprevisto y que debían marcharse enseguida. Una lástima, la verdad, porque ya habían pagado el alquiler para un mes más. Yo, por educación, le he dicho que le reembolsaría el tiempo que había pagado de más, pero él no ha querido ni tocar el tema. Un verdadero caballero…

«Bien quisiera contarte yo lo caballero que es el general, petimetre conservado en naftalina.»

Frank hubiera querido rebatir la opinión del señor Tavernier. Si esa era su habilidad para juzgar a las personas, en sus negocios futuros más le convendría pedir que le pagaran por adelantado y al contado. Sin embargo, en ese momento había otras cosas que le interesaban más que informar al anciano sobre la verdadera personalidad del hombre al que había alquilado su casa.

– ¿No sabe adonde han ido?

El señor Tavernier sufrió un prolongado ataque de tos, con un repique catarroso que hablaba de algunos cigarrillos de más, a pesar de la edad. Frank tuvo que esperar a que sacara del bolsillo de la chaqueta un pañuelo inmaculado y se limpiara los labios antes de responder.

– A Niza. Al aeropuerto, me parece. Tenían un vuelo directo a Estados Unidos.

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