Iain Banks - Aire muerto

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Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.

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Merrial dejó de mirar a Celia para fijarse en mí.

Celia frunció el ceño, luego me miró.

—¿Con ese? —preguntó, y se rió. Se giró hacia mí y dejó de reírse, se puso seria—. Señor Nott, no se ofenda, pero podría conseguir algo mejor.

—No me ofendo —conseguí musitar por encima del dolor.

Celia dio media vuelta para encararse de nuevo a su marido.

—Pues enséñame esas pruebas. ¡Enséñame qué pruebas son esas!

Merrial solo le sonrió, pero con una sonrisa forzada y para entonces hasta yo veía lo que Celia había intuido al instante: en realidad, Merrial no tenía ninguna prueba contra ella, había confiado en forzar una confesión solo acusándola.

Celia clavó la mirada en su marido y adoptó una expresión glacial. En realidad, glacial se quedaba corta para describirla; fue más una mirada un grado solo por encima del cero absoluto. A mí me metió el miedo en el cuerpo y solo me había tocado de refilón la estela de su siniestro foco. Merrial supo soportarla —supuse que se habría construido cierta inmunidad a lo largo de los años de matrimonio—, pero resultaba evidente que le había afectado. Una parte gilipollas de mí, a todas luces sin ninguna conexión con mis testículos horriblemente machacados y todavía doloridos, casi se apiadó del pobre hijo de puta.

—He sido una esposa fiel —dijo Celia en un tono completamente seguro, contenido, mesurado—. ¡Siempre te he sido fiel! —añadió con voz rota.

Y sentado donde estaba, vaya, hasta yo me lo creí. Me habría levantado ante cualquier juez o tribunal de honor para insistir con mi último aliento en que esa mujer había sido una esposa completamente fiel y que al acusársela de lo contrario se la estaba difamando, se estaba cometiendo con ella una grave y amarga injusticia.

Encontré tiempo para preguntarme cómo demonios podía hacer Celia lo que estaba haciendo y fue entonces cuando se me ocurrió que —solo quizá— las lunáticas ideas de Celia sobre los mundos paralelos estuvieran marcando una diferencia crucial en la situación. Tal vez en ese momento Celia creyera sinceramente que había sido una esposa fiel porque, en esa otra realidad a la que afirmaba estar ligada, así era. No hablaba tanto de sí, como de la Celia del otro lado de esa división; la Celia que era una buena esposa, perfecta, intachable, que jamás había engañado a su marido; la Celia que podía afirmar con todo derecho, tal como acababa de hacer, que siempre le había sido fiel a su marido.

—¿Puedes tú decir lo mismo, John? —La voz de Celia sonó profunda como un vasto cañón y tan triste como la tierra al chocar con un féretro pequeñito.

Merrial la miró a los ojos.

A lo lejos, caían las gotas. Yo respiraba con dificultad, tragaba con la garganta reseca, agostada. En cierto modo el olor a muerte y mierda que nos rodeaba ya no parecía tan terrible, pero quizá fuera solo que es algo a lo que te acostumbras. Al final Merrial dijo:

—Por supuesto que sí, Celia.

Ese último grado por encima de cero se desvaneció con un gemido en la oscuridad que nos envolvía.

—No me trates como a una tonta, John —dijo Celia, y su voz fue como sería la de los glaciares si hablaran, la voz del glaciar más viejo, empinado, ancho y poderoso que avanzara por las montañas de todo el puto mundo después de pensar largo y tendido, en términos glaciares, lo que quería decir.

Merrial se aclaró la garganta. No me di cuenta de que el hombre había apartado la mirada hasta que hubo de alzarla de nuevo para mirar otra vez a los ojos de Celia con lo que pareció un esfuerzo atroz, desastrosamente agotador.

—Quiero el divorcio, John.

Un bombazo. Así, sin más. Merrial parpadeó. Los dos siguieron como estaban un rato, él balanceando un pie sin darse cuenta, golpeando el borde de la carrocería por encima del neumático del Bentley, y ella contemplándolo con una serenidad perfecta, despiadada.

Merrial miró a Kaj, luego a mí y luego a los otros dos tipos antes de volver a fijarse en su mujer.

—No creo que este sea…

—Vamos a hablarlo ahora, aquí —dijo rápidamente Celia—. Tú me has traído aquí, tú has cambiado las reglas. Tú has sido el que ha puesto cámaras en mi casa. —Casi se le rompió la voz y hubo de coger aliento para controlarse—. Así que ahora el matrimonio y los negocios son lo mismo. Están en el mismo ruedo. Te he dicho que quiero el divorcio.

Merrial apretó los dientes.

—No —contestó.

Ella no reaccionó. Dios mío, esa mujer había perfeccionado la calma amenazadora hasta convertirla en un arte. Tal vez Merrial fuera bueno, pero Celia habría sido una capo del crimen brillante.

Merrial carraspeó y volvió a levantar la cabeza de cara a Celia.

—En realidad, soy yo el que quiere el divorcio, Celia.

Ella ladeó un poco la cabeza.

—Es verdad, ¿no? —Ahora su voz era neutra, pero parecía a punto para pasar a la amenaza o la acusación en cualquier momento.

—Sí, necesito el divorcio. —Dibujó una sonrisilla de aspecto enfermizo—. No me gusta el término «viudo», Celia, así que espero que te muestres todo lo complaciente que se te exija.

Celia ahogó un grito. De veras. Estaba sorprendida de verdad.

—Yo no quiero tu dinero, John —le dijo. Había un deje en su voz como si acabara de comprender que todo ese tiempo había estado tratando con un niño—. No me casé contigo por el dinero. No lo quería entonces y no lo quiero ahora. Quédate tu dinero. Tendrás el divorcio. —Ahora respiraba con dificultad, subiendo y bajando los hombros cubiertos por la cazadora negra y amarilla. La voz le había temblado en las últimas frases, apenas controlada—. Entonces —dijo cabeceando de nuevo, retomando el control de sí misma—, ¿una de ellas ha insistido en que la hagas una mujer honrada?

—Si quieres decirlo así…

Resultaba evidente que Merrial se forzaba a sí mismo a seguir mirándola, batallando contra la presión de aquella mirada de serenidad implacable.

—¿La de Amsterdam? —preguntó Celia sin alterarse.

—La de Amsterdam. —El tono de Merrial tenía algo de desafío.

—¿Y es más joven que yo, John? —preguntó Celia en voz queda—. ¿Es más guapa? ¿Es tan joven como yo cuando nos conocimos? ¿O más? ¿Es igual de exótica? ¿Es extranjera? ¿Tiene mejores contactos? ¿Un apellido famoso? ¿Tiene dinero? ¿Es fértil?

Quizá la mirada de Merrial osciló un poco.

Ceel se relajó. Dio un paso atrás, apoyó el peso en un pie al tiempo que asentía.

—Ah —dijo Ceel—. Está embarazada, ¿verdad?

Por un instante Merrial abrió los ojos como platos, luego dejó escapar una breve risa.

—Siempre se te ha dado bien adivinar las cosas, ¿eh, Celia? —Miró al grandullón rubio que estaba detrás de su mujer—. ¿A que sí, Kaj?

Kaj se limitó a parecer incómodo y asentir.

Entonces fue como si Celia se viniera abajo de repente, desvió la mirada y se tapó los ojos con una mano. En silencio, sus hombros —anchos bajo la gruesa chaqueta negra y amarilla de montañero— se sacudieron; contrayéndose una, dos, tres veces. Merrial parecía todavía más incómodo y vacilante. Parecía a punto de acercarse a ella para abrazarla, pero no lo hizo. Buscó algo que hacer con las manos y se cruzó de brazos, miró a Kaj con esa mirada patética que significa «¡Mujeres!» y gesticuló al grandullón. Kaj se estremeció, que probablemente era lo más cercano a un comentario elocuente sobre el tema que cabía esperar de él.

Eres una mujer bella, valiente, inteligente, fabulosa, pensé contemplándola con los ojos anegados en lágrimas. Tuve que apartar la mirada por si Merrial me descubría. Tenía que seguir recordándome que las extraordinarias, exquisitas e inmaculadamente honradas muestras de cólera que Celia estaba desplegando eran de hecho una completa farsa, que, cuando le decía a Merrial con sus dientes deliciosos y perfectos que había sido una esposa fiel, mentía, pero en cualquier caso de momento había conseguido alejar el centro de atención de mí, ahora importaban ella y su matrimonio. Había optado por el ataque nuclear al sacar el tema del divorcio y había recibido un contraataque equivalente, pero parecía que saldría adelante.

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