Iain Banks - Aire muerto

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Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.

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—¡Oh! ¡Oh! —exclamó Nikki.

Detuve el coche.

—Seguro que está bien —le aseguré rápidamente a Nikki—. Quédate aquí.

Asintió. Se apartó algo de pelo de la cara con la mano temblorosa y sacó el móvil de la chaqueta al tiempo que yo abría la portezuela.

—¿Llamo a una ambulancia? —preguntó.

—Buena idea.

Bajé de un salto y corrí por delante de la cara blanca del conductor del coche, que justo entonces salía del vehículo todavía con el móvil en la mano. Se me pasó por la cabeza decirle lo capullo que era, pero desistí. Ya había un par de personas de pie junto a la figura de negro tirada en la calle. El mensajero no se movía. Un chaval con una chaqueta de plumas agachado a su lado le estaba tocando el casco.

—No le quites el casco —le dije al chaval, arrodillándome del otro lado del motorista y levantándole la visera con sumo cuidado.

Detrás de mí, alguien había tenido la buena idea de apagar el motor de la moto, más de lo que a mí se me había ocurrido.

El mensajero era mayor que yo; tenía barba gris, gafas y la cara apretada por el revestimiento de espuma del casco. Parpadeó.

—Joder —dijo débilmente.

—¿Cómo estás, compañero? —le pregunté.

—Un poco dolorido —respondió con voz ronca. La lluvia dibujaba puntitos en sus gafas. Se llevó la mano enguantada hacia el cierre del casco. La detuve.

—Espera, espera. ¿Lo sientes todo? ¿Puedes mover los dedos de los pies y todo lo demás?

—Ah… Sí, sí, creo… Sí. Estoy bien. Creo que estoy bien. Me cuesta un poco respirar… ¿Cómo está la moto?

—Me da que vas a necesitar horquillas nuevas.

—Mierda. Joder. Me cago en la puta. También eres mensaca, ¿eh?

—Sí. Antes.

Miró a un lado, donde se congregaba más gente, noté que alguien se acercaba. Di media vuelta y vi al conductor del coche. El motorista tosió y dijo casi sin aliento:

—Si ese cabrón dice «Lo siento, tío, no te he visto», túmbalo por mí, ¿quieres?

Nikki estaba muy guapa empapada de lluvia.

—No hacía falta que bajaras del coche, Nikki. —Trataba de secarse el pelo con una gamuza pequeña. El interior del Land Rover se estaba empañando.

—La telefonista me ha preguntado por el lugar del accidente y no veía los nombres de las calles —explicó—. Después se me ha ocurrido parar el motor de la moto.

—Bueno, me parece que el tipo se va a recuperar. Lo hemos hecho bien. Formamos un buen equipo de emergencia; juntos, nos multiplicamos.

Entregué nuestros datos a la policía y convencieron al motorista para que aceptara la ambulancia; seguía aturdido y tal vez tuviera alguna costilla rota. Nikki le había devuelto las llaves de la VFR, pero la policía las había confiscado porque querían dejarlas con la moto.

Nikki me dio la gamuza.

—Gracias.

—De nada. —La usé en el parabrisas—. Vaya. Bienvenida a Londres, ¿eh? Ah, y si necesitas un trago, solo tienes que decirlo.

Negó con la cabeza.

—No, gracias.

—Sí, directos a casa.

Continuamos en dirección norte bajo la lluvia, hacia Highgate.

—Esto va de lo que sospecho que va, ¿verdad?

—Eso creo.

—Bien, y ¿qué opinas?

—Hijo mío, nos va a caer una buena.

—¡Cáspita! ¿Una regañina del teniente coronel?

—Una severa reprimenda. Tú primero.

—¡A la puta carga!

—«… Bien, he aquí una fatwa alternativa: mujeres del islam, juzgad a vuestros hombres, y si son malos, matadlos. Os oprimen y os desprecian y no obstante os temen; ¿por qué, si no, iban a manteneros alejadas del poder y de la vista de otros hombres? Pero vosotras tenéis poder. Tenéis el poder de juzgar si vuestro hombre es bueno o no lo es. Preguntaos lo siguiente: ¿mataría vuestro marido a otra persona por ser judía o estadounidense o cualquier otra cosa que sencillamente haya nacido? Alá ha permitido que la gente nazca así; ¿los mataría vuestro marido sin más razón que la fe o el país en el que han nacido por deseo de Alá? Si lo hiciera, entonces es una mala persona y merece morir, porque es una vergüenza para vuestra fe y para el nombre de Alá. La próxima vez que se os acerque, esconded un cuchillo de cocina bajo la ropa de la cama o unas tijeras, un cortaplumas o un cúter, y rajadle su indigna garganta. Si no tenéis ningún cuchillo, mordedle la garganta. Si solo queréis mutilarlo, emplead un cuchillo o los dientes en su hombría.» Pero lo que decimos en realidad…

Debbie Cottee, directora de la emisora, apagó el reproductor digital de la otra punta de su luminoso y aireado despacho con el mando a distancia. Se deslizó las gafas por la nariz y me miró con ojos azules cansinos, empañados.

—¿Y bien?

—Hum… no sé —dije—. ¿Crees que mi voz está demasiado comprimida?

—Ken…

—Pero, en realidad —intervino Phil—, nadie decía nada. Es decir, justo antes de eso Ken decía que en este país no obligamos a las musulmanas a llevar minifalda ni biquini, mientras que una mujer occidental en Arabia Saudí no tiene más elección que adaptarse a su código a la hora de vestir. La cuestión es la tolerancia y la intolerancia, y las figuras públicas como los líderes religiosos a los que se les permite dictar lo que, de hecho, es una sentencia de muerte sin juicio ni posibilidad de defensa a ciudadanos de otra nacionalidad. Por eso el fragmento inicial en el que se señala que nadie en Occidente con un cargo de responsabilidad diría algo así…

—Eso es irrelevante, Phil —dijo Debbie, dejando las gafas en la mesa, que abarcaba la misma área que todo nuestro despacho.

La vista de la oficina, desde casi la cima del edificio de Mouth Corporation, daba a Soho Square y los tejados amontonados del barrio, y se extendía hacia la hoja roma y marcada de Centrepoint. Debbie tenía treinta años pero aparentaba más; estaba en forma y fornida, tenía el pelo castaño apagado y los ojos cansados, arrugados.

—Pues yo no estoy seguro de que sea tan irrelevante —repuso Phil con el aire de un académico debatiendo alguna sutileza sobre la ley de propiedad de los antiguos etruscos o la base histórica de las estimaciones de la tasa de deposición de limo en el río Amarillo durante la dinastía Hang—. La cuestión radica en que se incluye un descargo de responsabilidades al principio y al final. No estás diciendo: «Id a matar a esa gente». Lo que dices es que nadie está diciendo id a matar a esa gente.

Debbie lo atravesó con la mirada.

—Pura semántica.

—No… pura gramática —dijo Phil, en apariencia perplejo ante el hecho de que alguien pudiera pensar lo contrario.

Me miró brevemente. Desde luego que era pura semántica en lugar de gramática (yo estaba casi seguro), pero Debbie, que sin duda era uno de los ejecutivos más humanos del organigrama de Mouth en general y de Capital Live! en particular y tampoco era una ignorante, no era lo bastante lista para sentirse segura discutiendo el tema. En momentos así, amaba a mi productor.

—¡Phil! —chilló Debbie, dando una palmada en la mesa. La pantalla ultraplana del ordenador tembló—. ¿Y si alguien… y si un musulmán enciende la radio justo después de tu supuesto descargo de responsabilidades del principio de esta… esta diatriba y luego la apaga antes del final totalmente indignado, como es probable que estuvieran todos si llegaran a creerse lo que oyen? ¿Qué coño van a pensar que acaban de escuchar?

—Va, venga ya. Eso es como preguntar qué ocurriría si alguien oyera la palabra esteta pero encendiera la radio justo después de la primera sílaba. No sé, es una chorrada —dijo con las manos abiertas.

—Eso es una palabra; hablamos de un discurso.

—Sí, pero el principio es el mismo —insistió tercamente Phil.

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