Iain Banks - Aire muerto

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Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.

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Phil me miró y dijo:

—Mira, Ken y yo ya lo hemos hablado. Hemos recibido demasiadas ofertas malintencionadas y manipuladoras para salir en televisión. O son demasiado cutres para tenerlas siquiera en consideración o suenan de lo más interesante y nos emocionamos todos mucho y después quedan en nada, o cambian de opinión o se descubre que tenían trampa. Decidimos que yo me ocuparía de las propuestas hasta que se presentara una digna de comentársela a Ken, entonces lo hablaríamos. —Phil consultó su reloj—. De no haber sido por esta reunión, eso es justo lo que estaríamos haciendo. —Afortunadamente no añadió «en el pub». Me miró—. Siento soltártelo de esta manera, Ken. —Le quité importancia con un movimiento de la mano.

—Bien… —dijo Debbie, todavía en tono desconfiado—. ¿Qué proponéis?

—Darles algo controvertido y fuerte —contestó Phil.

Parecía que Debbie seguía teniendo serias dudas, pero resultaba evidente su interés.

—¿Que sería…?

—Una de las ideas que tienen es que Ken debata con uno de esos que niega el Holocausto; un tipo de extrema derecha, del Movimiento Cristiano Ario, que afirma que los Aliados construyeron los campos de exterminio después de la guerra —explicó Phil. Los tres nos miramos—. Yo no lo tenía muy claro. Pero, bueno, tal vez, dado lo que has estado diciendo acerca del sesgo, erróneamente percibido, en contra de las fes judía y musulmana, sería una manera de rebatir el asunto. —Dejó de mirar a Debbie para dirigirse a mí—. Obviamente, solo en el caso de que la idea te guste, Ken. La verdad, yo sigo sin verlo claro.

—Ah, me parece estupenda —dije.

¿Un cabrón que niega el Holocausto? ¿Representantes de la extrema derecha cristiana dispuestos a recibir mis latigazos verbales? ¿Qué liberal militante con un mínimo de respeto por su propia persona no querría hincarle el diente a uno de esos hijos de puta?

Debbie había entornado tanto los ojos que casi los tenía cerrados.

—¿Por qué tendré la impresión de que tal vez sea buena idea? —preguntó despacio— ¿Y no obstante parece que hemos regresado a la propuesta original, infantil y absolutamente simplista, según la cual la mejor manera de salir de este atolladero consistía en insultar un poco más a los cristianos?

—Oh, venga ya —dijo Phil con voz risueña—. Ese tío es tan cristiano como Satán. La cuestión es que está loco y es antisemita hasta la médula. Capaz de expresarse, pero loco. Se verá a Ken defendiendo…

—¿Estás seguro de que está loco?

—Bueno, comparte la idea cada vez más aceptada en ciertos sectores de la sociedad árabe —dijo Phil con una voz lenta y considerada que me indicó que volvía a sentirse al mando de la situación— de que los ataques del once de septiembre fueron organizados por la Conspiración Sionista Internacional para desacreditar al islam y darle carta blanca a Sharon contra los palestinos. Pero no pasa nada; también odia a los árabes. El sistema de creencias del tipo es consistente y basado plenamente en la raza, la religión y el sexo: nórdico/ario/cristiano/heterosexual igual a bueno… el resto son diabólicos.

—¿Quién es? ¿Cómo se llama?

—Se llama Lawson, hum… Briarley o algo así.

Yo solo escuchaba en parte. Fue mientras Phil se explicaba cuando se me ocurrió mi gran idea. Supe lo que iba a hacer. Si de veras me dejaban aparecer en el programa con un puto antisemita, ya sabía exactamente lo que haría con él.

¡Era perfecto! Una locura, peligrosa y fea a la vista y probablemente significaba que también yo estaba un poco loco, pero ¡eh!, el fuego con fuego se combate. Se me secó la boca, de pronto tenía las palmas de las manos sudadas. Ah, la hostia, pensé. ¡Qué idea tan terrorífica, bella y dulce! ¿Me atrevería?

—De acuerdo, voy a tener que consultarlo —anunció Debbie.

Volví a la realidad. Debs iba a plantearlo a sus superiores. Una mujer sensata.

—Por mí, vale —dijo Phil. Me miró y asentí con la cabeza—. Pero necesitamos la respuesta el viernes a más tardar; mejor mañana.

—La tendréis —aseguró Debbie. Empujó su enorme butaca de ejecutivo de cuero negro haciéndola rodar por el suelo de madera. Hora de irnos.

—¿Debbie? —dije levantándome.

—¿Qué?

—Quiero dejar muy claro para cualquiera con el que hables de este asunto que tengo muchas ganas de hacerlo. O sea, quiero hacerlo de verdad. Creo que es importante. —Phil me miró con el ceño fruncido, luego sonrió a Debbie.

—Ya te comunicaré lo que sea —contestó ella—. Entretanto, os agradeceríamos enormemente que evitarais ofender a cualquier otro grupo étnico o religioso de importancia. ¿Podríais hacerlo por nosotros?

—Al menos podemos intentarlo —dijo Phil muy contento.

—Joder.

—No, no pasa nada —dijo Phil mientras nos alejábamos por el amplio pasillo bordeado de marcos con placas, discos, premios, cartas de agradecimiento y aprobación, ninguno de ellos míos—. Es una oferta, no un problema.

—Ahí dentro, no te estabas inventando nada, ¿verdad?

Phil sonrió.

—Claro que no, palurdo. —«Palurdo» era la palabrota más fuerte de Phil. Yo tenía la impresión de que la palabra había desaparecido de la Lista de Insultos Plausibles de la mayoría de la gente hacia principios de la década de los setenta—. Telefonearé a Última hora antes de pasarnos por el pub. —Me miró con el ceño fruncido cuando entramos en el ascensor—. No sabía que iba a entusiasmarte tanto.

No pensaba hablarle de mi idea. Mejor, por su propio bien, que no supiera nada.

—Sí, bueno. Me llaman Ken el Entusiasta.

—No.

3. RÍO ABAJO, CENTRO CIUDAD

—Lo que dije es que estos revisionistas del Holocausto tan remilgados no han ido lo bastante lejos. No se trata solo de que el Holocausto no existiera, no solo los campos de exterminio fueron falsos; toda la Segunda Guerra Mundial es un mito. ¿La ocupación de París? ¿La batalla de Bretaña? ¿La campaña norteafricana? ¿Los convoyes y los submarinos? ¿La operación Barbarossa? ¿Estalingrado? ¿Kursk? ¿Ataques de mil bombardeos? ¿El Día D? ¿La caída de Berlín? ¿Singapur? ¿Pearl Harbor? ¿Midway? ¿Hiroshima y Nagasaki? ¡Nada de eso ocurrió! Todo fueron efectos especiales y mentiras. Los que ya tenéis una edad, ¿recordáis pensar cuánto se parecían aquellos Spitfire Airfix y Lancaster a los que veíais en las películas? ¡Pues porque también eran maquetas! Todos los campos de aviación, los bunkeres de cemento, las llamadas zonas bombardeadas; todo se construyó tras la guerra.

La chica titubeó, luego se rió.

—Es una locura.

Brindé con ella.

—Exacto. Y, además, ¿qué clase de neonazis caguetas son esos? Deberían estar clamando: «Por supuesto que matamos seis millones, ojalá hubieran sido más», en lugar de tirarse de los pelos por si eran uno o dos millones y quejarse de que al puto Führer lo malinterpretaron.

—En realidad no crees nada de eso, ¿verdad?

—¿Estás loca? —Reí socarronamente—. ¡Claro que no! ¡Me cachondeo de esos cabrones fascistas!

—¿Y el programa ese de la tele va de eso?

—Sí. Me van a traer a uno de esos retrasados para «debatir».

—Pero ¿tú crees que a esa gente deberían dejarla hablar en una televisión pública?

—Pregúntales a los de Channel Four, no a mí —dije, y tomé un trago—. Pero, sí, yo creo que sí. No puedes ocultar esa basura venenosa eternamente; acabará saliendo en alguna parte. Es mejor encararla y aplastarla. Y quiero que sea a la vista de todos. Quiero saber quiénes son esa gente, quiero saber dónde viven. —Me acabé la bebida—. Por eso a esos mierdecillas cobardes les encanta internet. Pueden enviar cualquier estupidez llena de odio sin posibilidad de réplica porque en la red se pueden esconder. Es el medio perfecto para matones, mentirosos y cobardes.

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