Joyce Oates - Ave del paraíso

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Situada en la mítica ciudad de Sparta, en Nueva York, Ave del paraíso es una punzante y vívida combinación de romance erótico y violencia trágica en la Norteamérica de finales del siglo XX. Cuando Zoe Kruller, una joven esposa y madre, aparece brutalmente asesinada, la policía de Sparta se centra en dos principales sospechosos, su marido, Delray, del que estaba separada, y su amante desde hace tiempo, Eddy Diehl. Mientras tanto, el hijo de los Kruller, Aaron, y la hija de Eddy, Krista, adquieren una mutua obsesión, y cada uno cree que el padre del otro es culpable. Una clásica novela de Oates, autora también de La hija del sepulturero, Mamá, Infiel, Puro fuego y Un jardín de poderes terrenales, en la que el lirismo del intenso amor sexual está entrelazado con la angustia de la pérdida y es difícil diferenciar la ternura de la crueldad

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Estaba borracha, dijo Aaron. Pero le gustaba, dijo.

Rió, avergonzado. Pero también complacido. Le brillaba la cara de satisfacción. Me agarró y me empujó hasta ponerme de espaldas a su lado y hundió la cara en mi cuello, de manera que no podía vérsela, igual que podría hacer un niño para esconderse. Sus brazos, rodeándome los costados, la espalda, sus manos, inquietas sobre mí, eran lo bastante fuertes como para romperme los huesos. Casi con voz inaudible, dijo:

– No te vayas. Quédate aquí.

– Quedarme, ¿dónde? -pensé que se refería al hotel.

– Quédate conmigo. Donde vivo. Hay sitio.

– No me puedo quedar contigo. Ni siquiera te conozco.

– Sí. Me conoces.

Más tarde: agitaba la cabeza, para aclarármela. De algún modo me había quedado dormida bajo el pesado brazo del hombre. Y el brazo, por otro lado, se me había dormido, retorcido bajo mi cuerpo. No estaba acostumbrada a beber nada que fuese más fuerte que el vino blanco, y eso sólo de tarde en tarde, y nunca me había emborrachado, pero me gustaba estar borracha. Tuve que levantar el pesado brazo tibio del hombre, cubierto de espeso vello, para zafarme de él. Estaba incómodamente caliente, excesivamente acalorada, me ardía la nuca, riachuelos de sudor me corrían por los costados. ¡Cómo me hubiera reñido mi madre! ¡Krista, hueles a tu cuerpo! Porque no hay nada más vergonzoso para una chica que oler a su cuerpo. El olor del hombre era intenso, acre, inconfundible. Era el olor sexual del varón, franco y sin disimulo. Y él no se preocupaba en lo más mínimo, dormía despatarrado, con el placer del abandono total, hundido en el sueño, la boca abierta en parte, su respiración fuerte y húmeda. Pensé El varón tiene que roncar para asustar a los depredadores. Me reí, quizá fuese una percepción radicalmente nueva, una subteoría de la evolución del todo nueva e ingeniosa. Donde Aaron me había besado, donde había restregado sus mejillas sin afeitar, la piel me escocía como quemada por el sol. La piel imposiblemente suave de mis pechos, pequeños y elásticos, y el estómago, y el interior de los muslos, estaban enrojecidos e irritados como si los hubieran frotado con papel de lija. Donde me había penetrado, también aquellas partes estaban irritadas. Las sentía en carne viva, poseídas. Pensé Nadie ha llegado nunca tan hondo dentro de mí. Pero incluso ahora puedo dejarlo y marcharme.

El hombre dormía boca arriba, con un pesado sueño aletargado, un brazo extendido por encima de la cabeza, en un gesto de alarma detenido. Tenía arrugas en la frente, pliegues en los extremos de los párpados, porque incluso en aquel sueño aletargado estaba tenso, inquieto. Gimió suavemente y le rechinaron los dientes. En su rostro, que era juvenil pero con un toque de aspereza, se percibían unas cuantas cicatrices antiguas. En los antebrazos, musculosos y cubiertos de un espeso vello negro, había tatuajes de color morado oscuro, con formas y significado difíciles de precisar. Y en el pecho, vientre e ingles había remolinos de vello, también oscuro, con aspecto de algas marinas. Juntos habíamos forcejeado bajo el agua. Habíamos luchado, cada uno en brazos del otro. A todo lo largo de nuestros cuerpos en tensión, desnudos y estrechamente unidos. Como peces escurridizos. Como anguilas. No era sólo que estuviéramos desnudos, sino que había sido como si no existiera entre nosotros la barrera de la piel. Ahora, sin embargo, estaba ya completamente despierta y me daba cuenta con toda claridad de la presencia del hombre dormido, allí tumbado y por completo ajeno a mí. Donde me sentía más viva era dentro de mí, donde Aaron había entrado, su pene, su pene ambicioso, pero también sus dedos, me había metido los dedos dentro, había estado a punto de desmayarme, la sensación era casi insoportable. No quedaba ninguna parte de mí que el hombre no se hubiera apropiado. Pensé en lesiones neuroanatómicas: una parte de la corteza cerebral lesionada, el sentido correspondiente (vista, olfato) confiscado, borrado. Ahora, sin embargo, me mantenía alerta y separada, por encima de él. Con suavidad le pasé una mano por el pecho, se lo acaricié, el calor de su piel un poco basta, los pechos del varón, duros por la capa de músculos que había debajo. Su piel tenía color de pergamino manchado y los pezones eran pequeños y densos como bayas secas. Con la palma de la mano me atreví a sentir su corazón, que le latía hondo dentro del pecho, un corazón vigoroso del tamaño de un puño, más fuerte que el mío. Me acordé de los muchachos indios de nuestro instituto que jugaban, solos, sus violentos partidos de lacrosse, y Aaron Kruller entre ellos, me acordé de cómo se decía que las chicas no podían tocar el palo de un jugador, porque quedaba profanado, y pensé Eso es lo que puedo hacer sin que él lo sepa: tocarlo. En un deliquio de adoración me incliné sobre él, casi perdí el equilibrio al tocarle el pecho con un lado de la cara, la suavidad de su vello me deslumbró, sentí el corazón, lo oí, sorprendente para mí, una especie de enajenación me dominó, inenarrable. Estaba enferma de amor por él, no era capaz de soportarlo. Acaricié la carne más flácida de la cintura, la parte más baja de la espalda. Sonreí al pensar en los secretos del cuerpo de un hombre dormido, pequeñas bolsas de carne donde en otro tiempo sólo existía la esbeltez de un muchacho insolente y larguirucho. Aaron Kruller de aspecto indio. El muchacho contra el que mi madre me había prevenido. Crecen deprisa dada su manera de vivir. Has de saber mantener las distancias.

Me aparté despacio, para observarlo. Al hombre que dormía olvidado de mí. Nunca más durante su sueño iba a poder observarlo así. Lo cubrí hasta el estómago con una sábana arrugada. Siguió durmiendo ajeno a todo. No había visto nunca nada tan hermoso. Nadie hubiera dicho que aquel hombre fuese hermoso, su rostro no lo era, tallado con dureza, un rostro tosco, un rostro que podía ser cruel, un rostro que reflejaba terquedad, estupidez masculina. Y sin embargo, a mí me parecía una cara hermosa, me sentía perdida en asombro ante ella. La belleza del hombre, su masculinidad, me inundaba dejándome débil, desorientada. Me quedaría con él en Sparta si era eso lo que quería. Creería que me necesitaba de verdad. Creería que su hambre sexual devoradora era auténtico amor por mí. Imaginé nuestra vida juntos en Sparta. Sería la madre de su siguiente hijo. (¿Tendría un hijo suyo? ¿Era eso posible?) (¡Por supuesto que era posible! El fluido caliente que brotaba de aquel hombre hervía de vida con un deseo devorador de reproducirse.) Vi nuestras existencias, tan dispares y tan distintas, reunidas en una sola en Sparta. Porque Aaron Kruller y yo sólo podíamos tener una vida común en Sparta. Éramos un idilio de Sparta, nuestros padres habían nacido allí. Nosotros habíamos nacido allí. Mi padre había muerto allí. Dondequiera que Delray hubiese muerto al fin, también había sido en Sparta. Pensé Quizá no ha terminado. Quizá nada termina nunca. Vi que el hombre era como mi padre, un varón depredador. Su cuerpo destilaba una poderosa inquietud sexual. Le amaba pero no lo soportaría. Cada vez que hiciéramos el amor su posesión de mí sería más intensa. Yo le amaría más y él me amaría menos. Nunca puede haber igualdad en el amor sexual. Lo esperaría por las noches. Esperaría la luz de los faros en el techo. Como había hecho mi madre. Porque Aaron Kruller tenía que apropiarse de Krista Diehl, lo había comprendido al ver la determinación en su rostro en la mesa del restaurante, en el espejo lleno de manchitas encima del lavabo de su tía, porque de lo contrario a Aaron Kruller yo le repelía, le repelía que fuese tan rubia, le repelía mi cuerpo de chica blanca de huesos pequeños. Porque de lo contrario hubiera querido estrangularme, acabar conmigo. Matar su deseo por mí. Y además, yo era un insulto para él, por mi condición de chica que había dejado Sparta y lo había dejado a él; me había convertido en una mujer adulta para quien palabras como criminología, citación, parte querellante, ética profesional eran corrientes. Aaron Kruller se casaría conmigo para reivindicarme y para apropiarse de mí como hija de Sparta, de la misma manera que él era hijo de Sparta, la ciudad condenada a orillas del Black River. Era probable que no me abandonara nunca. Su primer matrimonio había acabado en desastre, pero no cometería la misma equivocación una segunda vez, su orgullo no se lo permitiría. No dejaría a su familia como mi padre no había dejado a la suya, aunque al final le hubieran obligado a marcharse. Preveía que aquel hombre acabaría traicionándome, porque ¿cómo era posible que Aaron Kruller no traicionara a Krista Diehl? Él era el varón depredador, promiscuo por naturaleza, inquieto y cruel, no podía evitarlo. Que yo fuera mujer era un desafío para él y un triunfo, en la cama del hotel me había hecho gritar al penetrarme, pero para él no era una amiga, eso no era posible tratándose de Aaron Kruller. Yo lo sabía, ya lo había sabido en el instituto. Cuando me rodeó la garganta con sus manos de abultados nudillos, ya lo sabía. Preví el lento desmoronamiento de mi vida si me ren día ante él. En Peekskill se diría de mí con asombro y compasión ¿Dónde está Krista Diehl? ¿Por qué se ha ido a otra ciudad? ¿Es cierto que se ha casado? ¿Con alguien de Sparta que ya conocía? ¿Cuando era una adolescente? ¿Y es en Sparta donde vive ahora?

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