Joyce Oates - Ave del paraíso

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Situada en la mítica ciudad de Sparta, en Nueva York, Ave del paraíso es una punzante y vívida combinación de romance erótico y violencia trágica en la Norteamérica de finales del siglo XX. Cuando Zoe Kruller, una joven esposa y madre, aparece brutalmente asesinada, la policía de Sparta se centra en dos principales sospechosos, su marido, Delray, del que estaba separada, y su amante desde hace tiempo, Eddy Diehl. Mientras tanto, el hijo de los Kruller, Aaron, y la hija de Eddy, Krista, adquieren una mutua obsesión, y cada uno cree que el padre del otro es culpable. Una clásica novela de Oates, autora también de La hija del sepulturero, Mamá, Infiel, Puro fuego y Un jardín de poderes terrenales, en la que el lirismo del intenso amor sexual está entrelazado con la angustia de la pérdida y es difícil diferenciar la ternura de la crueldad

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Jacky hizo una pausa, tiritando. A mí me parecía que la habitación estaba demasiado caliente, y sin embargo también creía sentir, casi, una corriente que procedía de la ventana. Así que me recorrió un escalofrío mientras buscaba una manta que echarle a Jacky por los hombros. Aaron aún seguía manteniendo las distancias, como un crío que se vuelve más y más peligroso a medida que crece su inquietud y está a punto de explotar. Durante la última parte de su monólogo, Jacky parecía haberse olvidado de que había una tercera persona en la habitación, y parpadeaba mirándome con los ojos humedecidos y tan llenos de nostalgia que yo tenía que apartar la vista. El olor de su cuerpo me iba pareciendo menos fuerte a medida que pasaban los minutos. Pensé Cuando esto acabe, la puedo bañar.

– … fue tres años después cuando sucedió. Nadie sabe qué, exactamente. Antón estaba en Buffalo reunido con algunos «inversores» cuando «desapareció», sin más. Era una época en la que, con algún socio, estaba comprando propiedades en The Strip y había ampliado el club y la gente dijo que se había hecho enemigos y que lo habían matado. Son cosas que se oyen. Nunca apareció una necrológica de Antón Csaba en los periódicos de aquí porque nunca se encontró el cuerpo, pero sí hubo artículos en los periódicos, en la primera página del Journal, «destacado promotor de Sparta lleva doce días desaparecido» es el que corté y que guardé. Nadie se lo podía creer, pero el periódico dijo que tenía cuarenta y nueve años, aunque parecía por lo menos diez años mayor. Era cierto que había nacido en Budapest, pero «dejaba» un hijo que vivía en Nueva York, nadie se imaginaba que Antón tuviera familia como una persona normal. Así que Antón desapareció, eso pasaba en algún momento de 1986. Y tenía que estar muerto, enterrado en cemento en algún sitio, o arrojado al río Niágara, eso era lo que oías. Vendieron Chet's, que se convirtió en un local de striptease como otro cualquiera, ya no tiene nada de elegante. De manera que al final hubo alguna especie de justicia para la pobre Zoe, «justicia poética», y para su familia, aunque no pudieron valorarlo. Porque nadie sabía nada de Antón Csaba, y los que sí sabían siguieron callados. A veces yo veía a Delray en The Strip, o a Eddy Diehl, cuando regresaba, de visita en Sparta, me hubiera gustado explicárselo, aquellos pobres infelices tan acosados, pero, demonios, ¿cómo podía? Era imposible probar nada, en un caso como éste no hay nada porque se ha destruido todo. Si no tienes a la policía recogiendo pruebas, no se puede demostrar nada. Incluso después de que Antón desapareciera, años después, aún quedaban amigos suyos en Sparta que se enterarían si yo dijese algo, ¡ésta es una ciudad condenadamente pequeña en determinados círculos! Como ese tipo cruel e hipócrita, ese hijo de puta que es el tal Martineau, y Schnagel, su jefe. De manera que nunca dije una palabra. De eso me avergüenzo, pero no tuve la fortaleza, entonces. Lo único que me consolaba era que Zoe me había perdonado. Eso lo supe. Zoe se arrepintió de su vida, al final. Había visto ya «los dos lados». Llegado el momento, creo que tuvo que ser Zoe quien intercedió con Jesús para que me llenara el corazón de pasmo cuando no tenía ningún deseo de seguir viva. Estaba en aquella casa de Towaga, pasaba días sin poder levantarme de la cama, Zoe se me presentaba: «¿Jacky? ¡Me había parecido que eras tú!», como tomándome el pelo, aunque amable, de la manera que tenía Zoe de burlarse si le caías bien o te quería. Sólo si estaba sola, y receptiva, sentía su presencia como algo brillando en el aire, y oía su voz que parecía salir del aire, la voz dulce y sexy de Zoe cuando cantaba aquellas canciones tan suyas. ¡Pero a Zoe no la veía! Excepto si cerraba los ojos, a veces. Hay una clase especial de colocón que se consigue con la cocaína, que no estás completamente ida, como si el cielo «se rasgara», eso te sucede dentro de la cabeza, y entonces, a veces, «veía» a Zoe, como un ángel, toda luz. Y entonces le decía, Zoe, ¿por qué aceptaste tanto dinero de aquel hombre? ¿Y toda la ropa? ¿No sabías quién era? ¿Creías que era sencillamente alguien de Sparta? ¿No sabías que era el demonio, el demonio que viene a nosotras en la tierra; si aceptas regalos del demonio, estás en deuda con él; si te ríes del demonio, el demonio se reirá de ti y te llevará consigo al infierno? Eran las drogas que Zoe tomaba, o que le daban a Zoe para que se las tomara, cuando estás colocada dejas de razonar, Zoe perdió «el sentido de la realidad», fue lo que dijeron. Zoe pensó que se podía deshacer de Antón Csaba como de algún hombre del que se había deshecho en Sparta, o de su marido, o de un amante, y que no tendría consecuencias. Zoe iba a irse a Las Vegas con aquel «promotor», Antón se enteró cuando Zoe estaba planeando marcharse, y me preguntó qué sabía de él, y dije: «Zoe no estará mucho tiempo fuera de Sparta, echaría demasiado de menos a su hijo», y Antón no dijo una palabra, pero me abofeteó con fuerza, me dio en la boca, me abofeteó y me eché a llorar y pregunté: «¿Por qué haces eso…?», y Antón contestó que era porque le estaba mintiendo, de manera que vi que no había esperanza, que el demonio ve en nuestro corazón si Jesús no está en él para protegernos, así que dije: «Sí, Zoe se marcha mañana por la mañana, con…». Se llamaba Scroon, creo. Una cosa así como «Walter Scroon». Al menos así lo llamaba Zoe, aunque después sería como con «George Hardy», no había nadie que se llamara así, la policía no consiguió localizar a nadie con ese nombre. A Antón le dije todo lo que sabía, porque me aterraba que me hiciese más daño, le conté que Zoe se iba a marchar con «Walter Scroon» que era «productor musical» y que iba a venir por la mañana a recogerla, quizá a eso de las diez, y que irían en coche hasta el aeropuerto de Albany. «Pero si ves a Zoe, no le cuentes que te lo he dicho yo», ésas fueron mis palabras, eso fue lo que le dije a Antón Csaba. Y Antón se limitó a reír. Y fue a continuación cuando me presentó a «George Hardy»: se trataba de que pasara con él aquel fin de semana, por lo que me pagaría mil dólares, estuvimos en un hotel «histórico» de Chautauqua Falls, que es muy elegante y muy caro, y cuando regresé a Sparta y a West Ferry Street era como una escena de una película, todos aquellos coches en la calle (cenada al tráfico) delante de nuestra casa, y la puerta principal completamente abierta y los polis que había dentro me dijeron que mi «compañera» estaba muerta, «golpeada y estrangulada en su cama», y la expresión en sus caras, como si fuese un castigo que Zoe se merecía, y que a mí me tendría que haber pasado lo mismo. No había una sola mujer en la casa, sólo hombres, polis uniformados y detectives y personal médico de emergencia, todos hombres, mirándome como si fuese basura. Me desmayé, supongo… era mi momento para entrar en el Valle de la Sombra de la Muerte, donde tendría que habitar durante años, hasta que…

Con breves gritos entrecortados, semejantes a risas ahogadas, Jacky había empezado a llorar. Se le arrugó el rostro como si fuera el de una niñita envejecida. La peluca plateada se le había torcido y le daba un aire desenfadado. Se la enderecé con cuidado y le ajusté la manta alrededor de los hombros.

Aaron estaba en algún sitio detrás de mí. Había dejado de dar vueltas por la habitación y no se movía. Los ojos de Jacky se dilataron al verlo como si, por un momento, se hubiera olvidado de quién era. Con voz suplicante, nos dijo, a Aaron y a mí:

– … por favor, creedme, Kristine, ¿Krista?, y Aaron, os lo suplico, Zoe era mi amiga más querida. Zoe era mi corazón. Nunca le hubiera hecho daño a sabiendas. Nunca la hubiese traicionado. Pero en aquellos años, antes de Jesucristo, yo era una persona muy débil. El demonio, con una mirada, con una caricia, con una promesa, me podía seducir para que hiciera cualquier cosa. Además, los celos me consumían el corazón. Y la envidia, y el rencor. Y el orgullo. No tuve valor para salvar a mi hermana en Cristo, ésa es la terrible verdad con la que tengo que vivir. Porque si hubiera mentido a Antón Csaba y le hubiera convencido; si, partiendo de mí, una mentira así hubiera sido posible, y hubiera podido salvar a Zoe, luego la mentira se habría vuelto contra mí. Si no hubiera dicho que Zoe se marchaba temprano a la mañana siguiente, si hubiera dicho que tardaría unos días en irse a Las Vegas, creo que Zoe habría podido irse de Sparta, y que Anión Csaba habría tenido que seguirla a Las Vegas para vengarse, y pienso que eso no lo habría hecho. Pero en ese caso la mentira se habría vuelto contra mí. Ésa fue mi elección, fui demasiado débil para elegir a Zoe porque quería salvarme yo. Por ese pecado me hundí entre la escoria y las cenizas de la humanidad y fui pisoteada como la basura más inservible y los justos me despreciaron hasta que en mi hora de mayor oscuridad, después de que me dejaran salir enferma y sin un céntimo del centro de detención, es decir, de la Casa de Detención para Mujeres, detrás del juzgado, donde me pusieron en la «sala psiquiátrica», allí no hacía más que llorar, arrancarme el pelo, arañarme la cara, por qué me detuvieron no lo supe nunca, quizá fue por «posesión de drogas», quizás algo que Martineau colocó en mi habitación… cuando me dejaron en libertad encontré el camino de la Iglesia de Unidad Evangélica y del reverendo Myron Diggs y a estos cristianos maravillosos que no juzgaron a Jacky, su hermana caída, sino que rezaron por ella y con ella, hasta que finalmente un día, durante la oración de la tarde, cuando el reverendo Diggs nos llamó para dar un paso al frente y recibir a Jesús en nuestro corazón, sentí de repente una fuerza tal, como una corriente eléctrica, que me empujaba hacia el altar, y Jesús inundó mi corazón con su calor y con su amor y ha seguido conmigo desde entonces. Porque era cierto, Jacky DeLucca se había arrepentido de verdad de sus pecados y del pecado aún más terrible de la desesperación, que, como dice el reverendo Diggs, es que no te importe vivir o morir, y mi hora más feliz fue cuando Jesús me permitió saber Estás perdonada, Jacky. Y ya han pasado seis años desde entonces. ¡Seis años! Así que se me ha concedido fuerza para soportar la enfermedad, es una prueba de mi fe, que me envuelve como en olas, ahora que la quimioterapia se ha terminado y «no se puede hacer nada más». Jesús me da fuerzas, y me estará esperando. De manera que os he abierto el corazón, para que me perdonéis. ¿Querrás darme tu bendición?

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