– Mire, Mathias -dijo-. Me estoy quitando los guantes para poder sentir el frío tal y como lo hace usted.
Borya se encontraba lo bastante cerca como para ver el pesado anillo de plata que le rodeaba el dedo corazón de la mano derecha: un guantelete de hierro cerrado en un puño. Göring metió esa mano en el bolsillo del pantalón y sacó una piedra. Era de color dorado como la miel. Borya reconoció su naturaleza: ámbar. Göring le dio unos golpecitos.
– Se los rociará con agua cada cinco minutos hasta que alguien me diga lo que quiero saber o hasta que mueran. Ambas cosas me resultan aceptables. Pero recuerden que aquel que hable vivirá. Y entonces uno de estos rusos miserables ocupará su lugar. Podrán recuperar su abrigo y ser ustedes quienes viertan agua sobre ellos hasta que mueran. Imaginen lo divertido que puede llegar a ser. Lo único que deben hacer es contarme lo que quiero saber. Muy bien: ¿algo que decir?
Silencio.
Göring asintió en dirección a Humer.
– Gieβe es -dijo Humer. «Vertedla.»
Borya lo hizo, y los otros tres siguieron su ejemplo. El agua empapó la melena rubia de Mathias antes de empezar a caer sobre la cara y el pecho. El vertido vino acompañado de temblores. Pese a todo, el alemán no emitió más sonido que el castañeteo de los dientes.
– ¿Algo que decir? -volvió a preguntar Göring.
Nada.
Cinco minutos más tarde se repitió el proceso. Pasados veinte minutos, y después de cuatro cazos de agua más, empezaron a notarse los síntomas de la hipotermia. Göring permanecía impasible y manoseaba el ámbar de forma metódica. Justo antes de que expiraran los siguientes cinco minutos, se acercó a Mathias.
– Esto resulta ridículo. Dígame dónde está escondida das Bernstein-zimmery detenga su sufrimiento. No es algo por lo que merezca la pena morir.
El tembloroso alemán se limitó a devolverle la mirada con actitud admirablemente desafiante. Borya casi odiaba ser el cómplice de Göring en su asesinato.
– Sie sind ein lügnerisch diebisch-schwein -logró proferir Mathias entre los dientes apretados. «Eres un cerdo embustero y ladrón». Después escupió.
Göring dio un paso atrás. La saliva le manchaba el pecho del abrigo. Abrió los botones y limpió la mancha, antes de echar atrás los faldones y revelar un uniforme gris perla cargado de condecoraciones.
– Soy su Reichmarschall. Solo soy segundo ante el Führer. Nadie sino yo viste este uniforme. ¿Cómo se atreve a pensar que puede mancillarlo tan fácilmente? Va a decirme lo que quiero saber, Mathias, o se congelará hasta morir. Lenta, muy lentamente. No resultará agradable.
El alemán volvió a escupir, y esta vez alcanzó el uniforme. Göring mantuvo una sorprendente calma.
– Admirable, Mathias. Me hago cargo de su fidelidad. ¿Pero cuánto más espera resistir? Mírese. ¿No le gustaría estar calentito? ¿No le apetece acercarse a un gran fuego, envuelto en una manta agradable y cálida? -De repente, Göring se adelantó y de un empujón acercó a Borya hacia el alemán atado. El agua del cazo se derramó sobre la nieve-. Este abrigo resultaría maravilloso, ¿no cree, Mathias? ¿Va a permitir que este cosaco miserable esté tan calen tito mientras usted se congela?
El soldado guardó silencio. Únicamente temblaba.
Göring apartó a Borya de un empellón.
– ¿Qué tal una pequeña muestra de calor, Mathias?
El Reichmarschall se bajó la cremallera del pantalón. La orina caliente trazó un arco y humeó al alcanzar su objetivo, dejando sobre la piel desnuda riachuelos amarillos que corrían hasta alcanzar la nieve. Göring se sacudió el miembro y volvió a subirse la cremallera.
– ¿Ya se siente mejor, Mathias?
– Verrottet in der schweinshölle.
Borya convino con aquello. «Púdrete en el infierno, cerdo.»
Göring se abalanzó sobre el soldado y le propinó un fuerte revés en la cara, abriéndole una herida con el anillo de plata. Empezó a manar la sangre.
– ¡Vierta! -gritó el mariscal.
Borya regresó al tonel y rellenó su cazo.
El alemán llamado Mathias comenzó a gritar.
– ¡ Mein Führer! ¡Mein Führer! ¡Mein Führer! -Su voz era cada vez más fuerte. Los otros tres cautivos se unieron al coro.
Llovió sobre ellos.
Göring se quedó observando el procedimiento mientras manoseaba el ámbar, ahora con furia. Dos horas más tarde, Mathias murió, envuelto en una costra de hielo. A lo largo de la hora siguiente sucumbieron los otros tres alemanes. Nadie dijo palabra alguna acerca de das Bernstein-zimmer.
La Habitación de Ámbar.
Atlanta, Georgia Martes, 6 de mayo, el presente, 10:35
La jueza Rachel Cutler echó un vistazo por encima de sus gafas de pasta. El letrado había vuelto a decirlo, y esta vez no iba a dejar pasar el comentario.
– ¿Puede repetírmelo, letrado?
– He dicho que la defensa quiere la nulidad del procedimiento.
– No. Antes de eso. ¿Qué es lo que ha dicho?
– He dicho «sí, señor».
– Por si no lo había notado, no soy un señor.
– Completamente cierto, su señoría. Discúlpeme.
– Lo ha hecho cuatro veces esta mañana. He ido anotando cada una de las ocasiones.
El abogado se encogió de hombros.
– Parece un asunto de poca relevancia. ¿Por qué se ha tomado su señoría la molestia de llevar la cuenta de un simple lapsus línguae?
Aquel hijo de perra impertinente incluso se permitió una sonrisa. La jueza se irguió sobre su sillón y lo perforó con la mirada. Pero de inmediato comprendió lo que T. Marcus Nettles pretendía hacer, de modo que no respondió.
– Mi cliente está siendo juzgado por asalto con agravantes, jueza. Pero el tribunal parece más preocupado por el modo en que me dirijo a usted que por el asunto del abuso policial.
Rachel echó un vistazo al jurado, y después a la mesa de la defensa. El ayudante del fiscal del distrito del condado de Fulton se sentaba impasible, aparentemente satisfecho con que su oponente estuviera cavando su propia tumba. Resultaba obvio que aquel joven abogado no comprendía lo que Nettles intentaba.
– Tiene usted toda la razón, letrado -dijo-. Es un asunto insustancial. Proceda.
Se recostó en su silla y percibió la momentánea mirada enojada de Nettles. Una expresión propia del cazador al comprobar que ha errado el tiro.
– ¿Qué hay acerca de mi petición de nulidad del procedimiento? – preguntó Nettles.
– Denegada. Sigamos. Continúe con su exposición.
Rachel vio que el presidente del jurado se incorporaba y emitía un veredicto de culpabilidad. Las deliberaciones habían durado menos de veinte minutos.
– Su señoría -dijo Nettles mientras se ponía en pie-, solicito una investigación previa a la sentencia.
– Denegada.
– Solicito una cancelación provisional de la sentencia.
– Denegada.
Nettles pareció reparar en el error que había cometido anteriormente.
– Solicito que este tribunal se recuse a sí mismo.
– ¿Sobre qué base?
– Prejuicios.
– ¿Hacia qué o quién?
– Hacia mí y hacia mi cliente.
– Explíquese.
– Este tribunal se ha mostrado prejuicioso.
– ¿Cómo?
– Con su demostración de esta mañana, acerca del uso inadvertido de «señor» por mi parte.
– Creo recordar, letrado, que admití que se trataba de un asunto sin importancia.
– Sí, lo hizo. Pero nuestra conversación se produjo con el jurado presente, por lo que el daño ya estaba hecho.
– No recuerdo que de nuestra conversación se derivara ninguna protesta ni solicitud de nulidad del procedimiento.
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