– Paul no quiere.
El le sostuvo la mirada.
– Los dos sois muy orgullosos. Piensa en mis nietos.
– Eso hacía cuando me divorcié. No hacíamos más que discutir. Ya lo sabes.
Él negó con la cabeza.
– Testaruda, como tu madre. – ¿O en realidad se parecía más a él? Era difícil decirlo.
Rachel se secó las manos con un trapo de cocina.
– Paul se acercará hacia las siete para recoger a los chicos. Él los llevará a casa.
– ¿Adonde vas?
– A recaudar fondos para la campaña. Va a ser un verano muy complicado, y no es que tenga ganas precisamente de que llegue.
Borya se concentró en el televisor y vio cordilleras, laderas empinadas y terrenos escarpados. El paisaje le resultó instantáneamente familiar. Un texto en la esquina inferior izquierda rezaba «Stod, Alemania». Subió el volumen.
«… millonario contratista Wayland McKoy piensa que esta región, en el centro de Alemania, aún podría ocultar tesoros nazis. Su expedición comienza la semana que viene en las montañas Harz, localizadas en la antigua República Democrática Alemana. Solo recientemente se ha podido acceder a estos lugares, gracias a la caída del comunismo y a la reunificación de las dos Alemanias.» La pantalla cambió para mostrar una pequeña imagen de cuevas en laderas boscosas. «Se cree que, durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial en Europa, el botín nazi fue ocultado de forma apresurada en los cientos de túneles que horadan estas antiguas montañas. Algunas de estas cavernas también fueron empleadas como depósitos de munición, lo que complica la búsqueda y hace más peligrosa la aventura. De hecho, más de veinte personas han perdido la vida en esta región desde el final de la guerra, en su intento de localizar los supuestos tesoros.»
Rachel se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.
– Tengo que irme.
Él apartó la vista del televisor.
– ¿Paul estará aquí a las siete?
Su hija asintió y se dirigió hacia la puerta.
El volvió a fijar de inmediato la mirada en la pantalla.
Borya esperó hasta la siguiente media hora, con la esperanza de que Headline News repitiera algunas de las noticias. Tuvo suerte. Al final del bloque de las seis y media volvió a aparecer el mismo reportaje sobre la expedición de Wayland McKoy a las montañas Harz, en busca de los tesoros nazis.
Seguía pensando en aquella información veinte minutos más tarde, cuando llegó Paul. Para entonces estaba en la salita, con un mapa de carreteras de Alemania desplegado sobre la mesa de café. Lo había comprado en el centro comercial hacía algunos años para reemplazar el de la National Geographic, que había usado durante décadas, pero que ya había quedado muy anticuado.
– ¿Dónde están los niños? -preguntó Paul.
– Regando el jardín.
– ¿Estás seguro de que tu jardín estará a salvo?
Borya sonrió.
– Han sido días secos. No pueden hacer mal.
Paul se desplomó sobre una butaca, se aflojó el nudo de la corbata y se desabrochó el botón del cuello.
– ¿Te ha contado tu hija que esta mañana ha metido a un abogado en el calabozo?
El viejo no levantó la mirada del mapa.
– ¿Se lo merecía?
– Probablemente. Pero ella está en pleno proceso de reelección y ese tipo no es alguien con quien convenga meterse. Un día de estos, ese temperamento suyo la va a meter en líos.
Borya miró a su ex yerno.
– Igualito que mi Maya. En un momento se volvía medio loca.
– Y no hace caso a lo que le diga nadie.
– Eso también sacó de su madre.
Paul sonrió.
– No lo dudo. -Señaló el mapa-. ¿Qué estás haciendo?
– Comprobar algo. Salió en cnn. Un individuo asegura que en las montañas Harz aún hay obras de arte.
– Esta mañana, el usa Today sacaba algo acerca de eso. Me llamó la atención. Un tipo llamado McKoy, de Carolina del Norte. Yo creía que la gente ya se habría olvidado de todo eso del legado nazi. Cincuenta años en una mina húmeda es mucho tiempo para un supuesto lienzo de trescientos años. De ser cierto, sería todo un milagro que no fuera ya poco más que una masa de moho.
Borya arrugó el ceño.
– Todo lo bueno ya se encontró o se perdió para siempre.
– Supongo que tú lo sabrás todo al respecto.
El viejo asintió.
– Un poco de experiencia, sí. -Intentó ocultar su verdadero interés, aunque en realidad era incapaz de sacárselo de la cabeza-. ¿Podrías comprarme un ejemplar de ese diario usa?
– No hace falta, tengo el mío en el coche. Voy a por él.
Paul salió por la puerta delantera justo cuando la trasera se abría y los dos niños entraban trotando en la salita.
– Ya ha llegado vuestro padre -le dijo a Marla.
Paul regresó y le entregó el periódico.
– ¿Habéis ahogado los tomates? -les preguntó.
La niña rió.
– No, papá. -Tiró del brazo de Paul-. Ven a ver el huerto del abuelo.
Paul miró a Borya y sonrió.
– Enseguida vuelvo. El artículo ese andará en la página cuatro o cinco, creo.
Borya esperó hasta que se marcharon por la cocina antes de encontrar el artículo y leer con suma atención cada palabra.
¿Quedan tesoros alemanes?
Por Fran Downing, redacción
Cincuenta y dos años han transcurrido desde que los convoyes nazis recorrieron las montañas Harz en dirección a los túneles específicamente excavados para ocultar obras de arte y otros objetos de valor del Reich. En un principio las cavernas se emplearon como emplazamientos de fabricación de armas y depósito de municiones, pero en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial se convirtieron en perfectos repositorios para los tesoros nacionales saqueados.
Hace dos años, Wayland McKoy organizó una expedición hacia las cavernas Heimkehl, cerca de Uftrugen, Alemania, en busca de dos vagones de ferrocarril supuestamente enterrados bajo toneladas de yeso. McKoy encontró estos vagones, junto con varias obras maestras de la pintura por las que los gobiernos francés y holandés pagaron una cuantiosa suma al descubridor.
Esta vez McKoy, un constructor de Carolina del Norte, promotor inmobiliario y aficionado a la búsqueda de tesoros, espera lograr un botín aún mayor. En el pasado ha formado parte de cuatro expediciones, y alberga la esperanza de que esta última, que dará comienzo la semana que viene, alcance el mayor éxito de todas.
«Piense en ello. Estamos en 1945. Por un lado, llegan los rusos y por el otro, los americanos. Eres el conservador de un museo berlinés lleno de obras de arte robadas en todos los países invadidos. Te quedan muy pocas horas. ¿Qué metes en el tren que sale de la ciudad? Obviamente, las cosas más valiosas.»
McKoy cuenta que un tren así abandonó Berlín en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Se dirigió hacia el sur, hacia el centro de Alemania, hacia las montañas Harz. No existe registro alguno de su destino, pero McKoy tiene la esperanza de que su cargamento se encuentre en unas cavernas que no fueron descubiertas hasta el pasado otoño. Las entrevistas celebradas con familiares de los soldados alemanes que ayudaron a cargar el tren han convencido al explorador de su existencia. A principios de año, McKoy un radar capaz de penetrar el terreno para registrar las nuevas cavernas.
«Ahí hay algo», asegura McKoy. «Y sin duda es lo bastante grande como para ser vagones de tren o cajones de almacenamiento.»
McKoy ya se ha procurado un permiso de excavación, expedido por las autoridades alemanas. Se encuentra especialmente emocionado ante la perspectiva de registrar este nuevo emplazamiento, ya que, hasta donde alcanzan sus datos, nadie ha excavado nunca en esta área. La región, que formaba parte de la antigua Alemania Oriental, ha estado vedada durante muchas décadas. Las actuales leyes alemanas señalan que McKoy solo puede conservar una pequeña parte de todo aquello que no sea reclamado por su legítimo propietario, pero esto no lo detiene. «Es emocionante. Qué demonios, quién sabe: ¡la Habitación de Ámbar bien podría estar escondida bajo toda esa roca.»!
Читать дальше