Steve Berry - La Habitación de Ámbar

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La Habitación de Ámbar es uno de los mayores tesoros creados por el hombre. Las tropas alemanas que invadieron la Unión Soviética se hicieron con ella en 1941. Cuando los Aliados comenzaron los bombardeos fue ocultada y se convirtió en un misterio que perdura hasta nuestros días.
A la juez Rachel Cutler le encantan su trabajo y sus hijos, y mantiene una relación civilizada con su ex marido Paul. Todo cambia cuando su padre muere en misteriosas circunstancias, dejando pistas acerca de un secreto llamado 'la Habitación de Ámbar'. Desesperada por descubrir la verdad, Rachel viaja a Alemania seguida de cerca por Paul.
Enfrentados a asesinos profesionales en un juego traicionero, los dos chocan contra las fuerzas de la avaricia, el poder y la misma Historia.

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Clavó la hoja en la jamba de madera. Con un giro de muñeca, la cerradura cedió. Volvió a asegurar el estilete dentro la manga.

Pasó al salón abovedado y cerró cuidadosamente la puerta de cristal. Le gustaba aquella decoración neoclásica. Dos bronces etruscos adornaban la pared opuesta a la entrada, bajo un cuadro, Paisaje de Pompeya, del que sabía que era un artículo de coleccionista. Un par de bibliothèques del siglo xviii abrazaban dos columnas corintias. Los anaqueles estaban atestados de antiguos volúmenes. De la última visita recordaba el estupendo ejemplar de la Storia d’Italia de Guicciardini y los treinta tomos del Teatro Francese. El valor de cualquiera de estas obras resultaba incalculable. Sorteó los muebles a oscuras, pasó entre columnas y se detuvo en el vestíbulo para escuchar los ruidos procedentes de la planta superior. No se oía nada. Anduvo de puntillas sobre el suelo de mármol de patrones circulares, con cuidado de no arrastrar las suelas de caucho para que no rechinaran. Pinturas napolitanas adornaban unos paneles de falso mármol. Unas vigas de castaño sostenían el techo a oscuras, dos plantas más arriba.

Entró en el salón.

El objeto de su búsqueda yacía inocente sobre una mesa de ébano. Una fosforera. Fabergé. De plata y oro, con un lacado traslúcido de color rojo fresa sobre un fondo de cintas entrelazadas. El borde de oro estaba decorado con puntas de hoja, y el cierre era de zafiro y cabujón. Se podía ver una leyenda en caracteres cirílicos: «N. R. 1901». Nicolás Romanov. Nicolás II. El último zar de Rusia.

Extrajo un saquito de fieltro de su bolsillo trasero y cogió la caja.

La sala quedó de repente inundada de luz, lanzas incandescentes que le quemaban los ojos, proyectadas desde el candelabro del techo. El intruso entrecerró los ojos y se volvió. Pietro Caproni se encontraba en la arcada que conducía al vestíbulo, con una pistola en la mano derecha.

Buona sera, signor Knoll. Me preguntaba cuándo regresaría.

El aludido trató de recuperar la visión y respondió en italiano:

– No sabía que estuviera esperando mi visita.

Caproni entró en el salón. Era un hombre bajo y de pecho ancho, de unos cincuenta años, con el cabello innaturalmente moreno. Llevaba puesta una bata azul marino atada en la cintura. Las piernas y los pies estaban desnudos.

– Su caracterización de la anterior visita no resistió el menor escrutinio. Christian Knoll, historiador del arte y académico. En serio, fue bien sencillo verificarlo.

La visión del intruso empezó a adaptarse a la luz. Estiró la mano hacia la caja, pero cuando la pistola de Caproni se elevó un poco, levantó las manos en una parodia de rendición.

– Solo quería tocar la caja.

– Adelante. Lentamente.

El intruso levantó el tesoro.

– El Gobierno ruso lleva buscando esto desde la guerra. Pertenecía al mismísimo Nicolás. Fue robada en Peterhof, a las afueras de Leningrado, hacia 1944. Un soldado que quería llevarse un recuerdo de su paso por Rusia. Pero menudo recuerdo… Uno totalmente único. Hoy en día, en el mercado libre debe de valer unos cuarenta mil dólares americanos. Eso si alguien fuera lo bastante estúpido como para venderla. Creo que el término que usan los rusos para describir cosas como esta es «hermoso botín».

– Estoy convencido de que, tras su liberación de esta noche, hubiera encontrado rápidamente el camino hasta Rusia.

El intruso sonrió.

– Los rusos no son mejores que los ladrones. Solo quieren recuperarlos tesoros para venderlos. He oído que tienen problemas de liquidez. El problema del comunismo, al parecer.

– Siento curiosidad. ¿Qué lo ha traído aquí?

– Una fotografía de esta habitación en la que se veía la fosforera. Así que vine y me hice pasar por profesor de historia del arte.

– ¿Determinó la autenticidad por su breve visita de hace dos meses?

– Soy un experto en estas cosas. Particularmente Fabergé. -Depositó la caja en su sitio-. Debería haber aceptado mi oferta de compra.

– Demasiado baja, incluso para un «hermoso botín». Además, la pieza tiene un valor sentimental. Mi padre fue el soldado que se llevó el… recuerdo, como tan apropiadamente lo ha descrito.

– ¿Y usted lo exhibe con tal naturalidad?

– Después de cincuenta años, asumí que ya no interesaba a nadie.

– Debería tener cuidado con los visitantes y con las fotografías.

Caproni se encogió de hombros.

– Viene muy poca gente.

– ¿Solo las signorinas ? ¿Como la que está ahora arriba?

– Y a ninguna de ellas le interesan estas cosas.

– ¿Solo los euros?

– Y el placer.

El intruso sonrió y acarició de nuevo la caja, con aparente despreocupación.

– Es usted un hombre con medios, signor Caproni. Esta villa es como un museo. El tapiz Aubusson que hay en esa pared es de un valor incalculable. Los dos capriccios romanos son, sin duda, piezas valiosas. Hof, creo. ¿Siglo xix?

– Muy bien, signor Knoll. Estoy impresionado.

– Seguro que puede desprenderse de esta fosforera.

– No me gustan los ladrones, signor Knoll. Y, como le dije durante su última visita, la pieza no está en venta. -Caproni hizo un gesto con el arma-. Ahora debe marcharse.

El intruso permaneció inmóvil.

– Menudo dilema. No hay duda de que usted no puede involucrar a la policía. Después de todo, posee una valiosa reliquia que el Gobierno ruso insistiría en recuperar, y que fue robada por su padre. ¿Qué otras cosas en esta casa encajan en tal categoría? Habría preguntas, interrogatorios, publicidad… Sus amigos de Roma le serían de poca ayuda, ya que para entonces todos lo habrían tildado de ladrón.

– Suerte tiene, signor Knoll, de que no pueda acudir a las autoridades.

El intruso se estiró con aparente despreocupación y retorció el brazo derecho. Fue un gesto que pasó desapercibido y que quedó en parte oculto por el muslo. Knoll vio cómo la mirada de Caproni permanecía fija en la caja que él sostenía en la mano izquierda. El estilete se liberó de su funda y descendió lentamente por la manga hasta terminar en la palma derecha.

– ¿No desea reconsiderarlo, signor Caproni?

– No. -Caproni se retiró hacia el vestíbulo y volvió a hacer un gesto con la pistola-. Por aquí, signor Knoll.

Este aferró con fuerza la empuñadura con los dedos y realizó un giro de muñeca. Con ese mero gesto, la hoja salió disparada por la estancia y atravesó el pecho desnudo del italiano, en la uve hirsuta formada por la bata. El hombre sufrió un espasmo, miró la empuñadura y se desplomó hacia delante, al tiempo que la pistola rebotaba con estrépito sobre el suelo.

El intruso metió rápidamente la fosforera en el saquito de fieltro y se colocó sobre el cuerpo. Extrajo el estilete y comprobó el pulso. Nada. Sorprendente. Había muerto rápido.

Aunque su puntería había sido perfecta.

Limpió la sangre en la bata, devolvió la hoja a su vaina y subió las escaleras hasta la primera planta. Más paneles de falso mármol cubrían el pasillo superior, interrumpidos de forma periódica por puertas forradas de madera, todas las cuales estaban cerradas. Avanzó con ligereza y se dirigió hacia la parte trasera de la casa. Al final del pasillo lo esperaba otra puerta cerrada.

Giró el picaporte y entró.

Un par de columnas de mármol definían una alcoba que albergaba una enorme cama con dosel. Sobre la mesilla de noche había encendida una lámpara de poca potencia, cuya luz quedaba absorbida por una sinfonía de paneles de nogal y cuero. No había duda de que aquel era el dormitorio de un hombre acaudalado.

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