Steve Berry - La Habitación de Ámbar

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La Habitación de Ámbar: краткое содержание, описание и аннотация

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La Habitación de Ámbar es uno de los mayores tesoros creados por el hombre. Las tropas alemanas que invadieron la Unión Soviética se hicieron con ella en 1941. Cuando los Aliados comenzaron los bombardeos fue ocultada y se convirtió en un misterio que perdura hasta nuestros días.
A la juez Rachel Cutler le encantan su trabajo y sus hijos, y mantiene una relación civilizada con su ex marido Paul. Todo cambia cuando su padre muere en misteriosas circunstancias, dejando pistas acerca de un secreto llamado 'la Habitación de Ámbar'. Desesperada por descubrir la verdad, Rachel viaja a Alemania seguida de cerca por Paul.
Enfrentados a asesinos profesionales en un juego traicionero, los dos chocan contra las fuerzas de la avaricia, el poder y la misma Historia.

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¿Pero para qué?

En el patio central, Humer viró a la izquierda y marchó hacia un espacio abierto. La mayoría de las cabañas de los prisioneros se encontraba en un lado. La cocina, el calabozo y la enfermería del campamento estaban al otro. En un extremo estaba el rodillo, una tonelada de acero que era arrastrada todos los días sobre la tierra congelada. Esperaba que su cometido no estuviera relacionado con tan desagradable trabajo.

Humer se detuvo ante cuatro postes altos.

Dos días atrás se había llevado un destacamento al bosque circundante, diez prisioneros de los que Borya había formado parte. Habían talado tres álamos, y un prisionero se había roto un brazo debido al esfuerzo. Allí mismo lo liquidaron de un disparo. Después cortaron las ramas y cuartearon los troncos, antes de arrastrar la madera hasta el campamento y plantar los postes, de la altura de un hombre, en el patio principal. Pero los palos habían permanecido desnudos el último par de días. En ese momento estaban vigilados por dos guardias armados. Arcos de luz restallaban en el cielo y velaban el aire, amargamente seco.

– Esperad aquí -dijo Humer.

El sargento subió con paso firme una corta escalinata y entró en el calabozo. La luz se derramó desde la puerta abierta hasta delinear un rectángulo amarillo. Un momento después, cuatro hombres desnudos fueron conducidos al exterior. Sus cabezas rubias no estaban rapadas como las de los demás rusos, polacos y judíos que constituían la vasta mayoría de los prisioneros del campamento. Tampoco presentaban la musculatura flácida y los movimientos lentos. Ni la mirada apática o los ojos profundamente hundidos en las cuencas, ni el cuerpo demacrado e hinchado. Aquellos hombres eran robustos. Soldados. Alemanes. Ya había visto antes a otros así. Expresión granítica, sin muestra alguna de emociones. Frialdad pétrea como la noche.

Los cuatro caminaban erguidos y desafiantes, con los brazos a los costados. Ninguno de ellos evidenciaba el frío insoportable que su piel lechosa estaría sufriendo. Humer los acompañó fuera del calabozo y señaló las estacas.

– Por ahí.

Los cuatro alemanes desnudos marcharon donde se les indicó.

Humer se aproximó y arrojó cuatro rollos de cuerda a la nieve.

– Atadlos a los postes.

Los tres compañeros de Borya se lo quedaron mirando. Él se agachó y recogió las cuatro cuerdas, se las entregó a los otros y les indicó lo que debían hacer. Cada uno se acercó a uno de los alemanes desnudos, que aguardaban en posición de firmes ante los bastos postes de álamo. ¿Qué violación había provocado tamaña locura? Pasó el tosco cabo alrededor del pecho de su soldado y amarró el cuerpo a la madera.

– Fuerte -gritó Humer.

El oficial preparó entonces un lazo y apretó cuanto pudo la cuerda áspera contra el pecho desnudo del alemán, que no emitió ni el más leve quejido. Humer dedicó entonces su atención a los otros tres. Borya aprovechó la oportunidad para susurrar en alemán:

– ¿Qué hicisteis?

No hubo respuesta.

Apretó aún más la cuerda.

– Ni siquiera a nosotros nos hacen esto.

– Es un honor enfrentarse abiertamente a tu captor -susurró el teutón.

Sí, pensó. Lo era.

Humer se dio la vuelta mientras Borya ataba el último nudo.

– Ahí -dijo el alemán.

Él y los otros tres rusos se apartaron un poco sobre la nieve virgen. Para alejar el frío, Borya se metió las manos en las axilas y empezó a cambiar el peso de un pie a otro. El abrigo era toda una bendición, el primer calor que había sentido desde su llegada al campamento, momento en que se lo habían despojado por completo de su identidad, reemplazada por un número, el 10901, que le fue tatuado en el antebrazo derecho. En el lado izquierdo del pecho de la camisa andrajosa llevaba cosido un triángulo. La «R» en el interior del mismo denotaba que era ruso. El color también era importante: el rojo para los prisioneros políticos; el verde para los criminales; la estrella de David amarilla para los judíos; el negro y el marrón para los prisioneros de guerra.

Humer parecía estar esperando algo.

Borya miró a su izquierda.

Más relámpagos iluminaron el campo de desfiles hasta el portón principal. La carretera exterior que llegaba al campamento se perdía en las tinieblas. El edificio del cuartel general, justo al otro lado de la valla, se encontraba a oscuras. Entonces vio cómo se abría el portón y cómo una figura solitaria entraba en el campamento. El hombre vestía un abrigo que le llegaba hasta las rodillas. Unos pantalones claros sobresalían de las botas pardas. Llevaba la cabeza cubierta por una gorra clara de oficial. Los muslos abombados del pantalón se abolsaban ante el paso decidido. El vientre prominente del recién llegado abría el camino. Las luces revelaban una nariz aguileña y unos ojos claros. Los rasgos no resultaban desagradables.

Y eran instantáneamente reconocibles.

El último comandante del escuadrón Richthofen, comandante de la Fuerza Aérea alemana, portavoz del Parlamento alemán, primer ministro de Prusia, presidente del Consejo de Estado prusiano, Reichmaster de Caza y Pesca, presidente del Consejo de Defensa del Reich, Reichmarschall del Gran Reich alemán. El sucesor elegido por el Führer.

Hermann Göring.

Borya ya lo había visto una vez, en 1939. En Roma. Göring apareció entonces vestido con un llamativo traje gris y el cuello protegido por un pañuelo escarlata. Los rubíes adornaban sus dedos gruesos, y en la solapa izquierda llevaba un águila nazi de diamantes. Había pronunciado entonces un discurso contenido en el que urgía a Alemania a ocupar su lugar bajo el sol, y en el que se preguntaba: «¿Qué preferís, cañones o mantequilla? ¿Deberíamos importar sebo o metal? La preparación nos hace poderosos. La mantequilla solo nos hace gordos». Göring había terminado aquella alocución con una perorata en la que prometía que Alemania e Italia marcharían hombro con hombro en el conflicto que se avecinaba. Borya recordó que había escuchado con atención y que no se había sentido especialmente impresionado.

– Caballeros, confío en que se encuentren cómodos -dijo Göring con voz calmada a los cuatro prisioneros amarrados.

Ninguno respondió.

– ¿Qué ha dicho, Ýxo? -susurró uno de los rusos.

– Los está ridiculizando.

– Cállate -murmuró Humer-. Presta atención o te unirás a ellos.

Göring se colocó directamente frente a los cuatro hombres desnudos.

– Se lo preguntaré de nuevo a cada uno de ustedes: ¿tienen algo que decir?

Solo el viento respondió.

Göring se acercó poco a poco a uno de los trémulos alemanes. Aquel al que Borya había amarrado al poste.

– Mathias, no tengo duda de que no querrá morir de este modo. Es usted un soldado, un fiel sirviente del Führer.

– El… Führer… no tiene nada… que ver con esto… -balbució el prisionero en alemán, su cuerpo estremecido por violentos temblores.

– Sin embargo, todo cuanto hacemos lo hacemos por su mayor gloria.

– Por lo cual yo… elijo morir.

Göring se encogió de hombros. Un gesto despreocupado, como si acabara de decidir comerse otro pastel. Hizo una señal a Humer. El sargento señaló a su vez a dos guardias, que acercaron un gran tonel hacia los hombres atados. Otro guardia más se acercó con cuatro cazos y los arrojó sobre la nieve. Humer lanzó una mirada a los rusos.

– Llénenlos de agua y acérquense cada uno a un hombre.

Borya explicó a sus compañeros lo que debían hacer, y cada uno recogió un cazo y lo llenó.

– Que no se caiga nada -advirtió Humer.

Borya tenía cuidado, pero el fuerte viento hizo que unas pocas gotas se derramaran. Nadie reparó en ello. Se dirigió hacia el alemán al que había atado al poste, el llamado Mathias. Göring aguardaba en el centro. Se estaba quitando los guantes de cuero negro.

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