Pero no era posible. Jamás lo sería. El día en que Vanja pudiese hacer algo, Maj-Britt habría dejado ya de existir. Así lo había decidido.
– Me queda un año que pasar aquí dentro y creo que tengo algo importante que hacer durante ese año.
Hacer algo juntas. Se abría una mínima y molesta posibilidad, pero ella tenía que terminar aquello. Como quiera que fuese, todo se le antojaba un completo sinsentido. Intentaba liberarse de su modo de razonar y escuchar lo que le decía Vanja, pero las ideas iban y venían y se adentraban por pequeños desvíos antes ignorados e inexistentes. Se colaban sin permiso por nuevos senderos, poniendo a prueba su resistencia.
¿Vanja y ella?
Un intento de recuperar parte de lo que habían perdido.
Dejar de estar sola.
– Aún no sé qué será, pero espero comprenderlo cuando se presente.
Maj-Britt intentaba concentrarse en lo que Vanja le decía.
– Perdona, estaba distraída, ¿qué decías que ibas a hacer?
– Pues eso, que no lo sé. Sólo sé que será importante. Puede que se trate de alguien que me necesita.
Maj-Britt comprendió que debía de haberse perdido algo de lo que Vanja le había dicho.
– ¿Cómo puedes saber tal cosa?
Vanja sonrió, pero no dijo una palabra. Maj-Britt reconoció su gesto, el mismo gesto tan familiar de cuando eran jóvenes y que llenaba a Maj-Britt de curiosidad.
– Bueno, no tiene ningún sentido que te lo cuente. De todos modos, no me crees.
Maj-Britt no hizo más preguntas, pero se dio cuenta de por dónde iba su amiga. No quería oír hablar de más sueños premonitorios, ya le parecía todo bastante desconcertante.
Se oyeron unos golpearos en la puerta. El hombre que había llevado a Vanja a la sala asomó la cabeza.
– Os quedan cinco minutos.
Vanja asintió sin volverse a mirar y la puerta se cerró de nuevo. Entonces, extendió la mano y la posó sobre la de Maj-Britt.
– Quédate con ese dios tuyo tan severo, si es lo que quieres, aunque te tiene aterrorizada. Un día, te contaré un secreto, te contaré lo que ocurrió el día que quise morir y que casi muero entre las llamas. Pero si no eres capaz de creer ni en un simple sueño premonitorio, me temo que aún no estás preparada.
Vanja sonrió, pero Maj-Britt no fue capaz de corresponderle y tal vez por eso Vanja intuyó su angustia. Le acarició la mano y le advirtió:
– No tienes nada que temer, pues no había allí nada que deba asustarte.
Y entonces volvió a sonreír con aquella sonrisa que Maj-Britt tan bien conocía y que, según comprendía ahora, tanto había echado de menos. Su querida Vanja, que siempre lograba animarla, que con su valor le ayudó a superar la infancia y a ver las cosas desde otro punto de vista. Si se le concediera una sola oportunidad de hacer las cosas de otro modo, de hacerlas de un modo totalmente distinto. ¿Cómo pudo permitir que Vanja desapareciera de su vida? ¿Cómo pudo abandonarla?
«No tienes nada que temer, pues no había allí nada que deba asustarte.»
Nada deseaba más en el mundo que compartir la certeza de Vanja. Dejar atrás todos los miedos y, de una vez por todas, atreverse a elegir la vida.
– ¡No sabes cómo me gustaría creer eso que dices!
Y Vanja sonrió más aún.
– ¿No puedes contentarte con un simple «quizá»?
Cuando llegó a casa, Saba la esperaba al otro lado de la puerta. Maj-Britt se fue derecha al teléfono y marcó el número de Monika Lundvall.
Dejó resonar la señal una y otra vez en el vacío, hasta que comprendió que nadie respondería a su llamada.
Había nevado durante la noche. El mundo yacía oculto bajo una fina capa blanca. Al menos, aquella parte del mundo que ella aún podía ver. Había retirado la nieve de un banco en el que ahora estaba sentada, contemplando la blancura de su aliento.
Una noche.
Había superado una noche y ahora sólo le quedaban 179 noches más y otros tantos días. Después, sería libre. Libre de hacer lo que quisiera. Dentro de 179 días y otras tantas noches, habría cumplido el castigo de la sociedad por el crimen cometido y recuperaría su libertad.
Libertad. Hasta ahora, había sido una palabra tan obvia en su vida que jamás se había planteado su verdadero sentido. Tal vez le ocurriese a la libertad lo que a todo lo demás que uno daba por hecho en la vida: sólo al perderla somos capaces de comprender su verdadero valor.
Su situación había sido envidiable. Directora médico, bien pagada, con un coche exclusivo y un apartamento de lujo. Una vida llena de atractivos símbolos de su éxito. La prueba comúnmente aceptada de que había triunfado, de que era importante. Pero cada peldaño que subió para apartarse de la mediocridad la había alejado también de la libertad pues, cuanto más tenía que defender, tanto mayor era su miedo a perder lo que había conseguido.
Ahora lo había perdido todo. El éxito que con tanto esfuerzo había ido construyendo quedó hecho añicos de un plumazo, tan irrevocablemente perdido como si nunca hubiera existido siquiera. De modo que cabía preguntarse, ¿era éxito de verdad aquello que con tanta facilidad se le había arrebatado? Ya no estaba segura. En realidad, no estaba segura de nada. Lo único que le quedaba era un vacío interior que no tenía ni idea de cómo llenar. El día en que se viese obligada a mirar atrás, a contemplar su vida, a verla cara a cara, ¿qué hallaría en ella que pudiese considerar de auténtico valor? Verdadero y genuino. Si tuviese que revisar el pasado ahora, sólo había dos cosas: el inconmensurable dolor por la pérdida de Lasse, y su apasionado amor por Thomas. Pero no se permitió ninguno de esos dos sentimientos. Se clausuró todas las vías para mantener las apariencias. Se dejó vaciar hasta el punto de vivir como una sombra. Había conseguido tanto… ¡Oh, cuánto había conseguido! Y, ¡oh, cuánto se había esforzado! Aun así, todo lo dejó escapar.
Desfalco a las autoridades.
A fin de determinar la gravedad del delito, valoraron la importancia y extensión del daño causado.
Y llegaron a la conclusión de que sí, de que era culpable de un daño importante y grave. Ella, la impecable, la triunfadora Monika Lundvall.
Había ingresado el dinero en la cuenta de Save the Children, metió el justificante en un sobre con la dirección de Maj-Britt y creyó que lo había enviado. Una semana más tarde, lo encontró en el bolsillo del abrigo, pero para entonces ya era demasiado tarde. Cuando volvió a casa después de ir al banco desconectó todos los teléfonos, dejó los somníferos y el Xanor a mano en la mesilla de noche y se metió en la cama. Tres días después, el jefe de la clínica y un colega suyo entraron en el apartamento con la ayuda de un cerrajero. Habían llamado del banco para hablar con el jefe y asegurarse de que todo estaba en orden, teniendo en cuenta la gran suma de dinero que Monika había sacado del fondo de donaciones de la clínica y, además, mencionaron su extraño comportamiento. Que, naturalmente, podían estar equivocados, pero que a decir verdad, Monika parecía actuar bajo el efecto de alguna droga. Fue tal la vergüenza que sintió cuando despertó en su cama y vio a su jefe y al colega que no pudo articular palabra. Y aunque el hombre se ofreció a no presentar ninguna denuncia a la policía si le explicaba qué había sucedido y qué había hecho, ella siguió guardando silencio incluso cuando recuperó la capacidad de hablar. De todos modos, la existencia de la que había sido dueña estaba ya perdida. Jamás podría volver a mirarlos a la cara si confesaba lo que había hecho.
Prefería asumir el castigo. Y, en cierto modo, por extraño que pudiera parecer, se sintió liberada al poder zafarse de la absurda realidad en que ella misma se había encerrado.
Читать дальше