Ellinor lo había arreglado todo. Maj-Britt tomó por primera vez el auricular del teléfono y utilizó el número de móvil que la joven le había dejado en la mesilla. Y Ellinor estaba entusiasmada. Pidió prestado un coche lo bastante grande y llamó para informarse del horario y las normas de visita. Le contó a Maj-Britt que la persona con la que había hablado se alegró de su solicitud. Le dijo que sí, claro, Vanja Tyrén podía recibir visitas, incluso sin vigilancia, y que reservaría una de las salas de visita.
Maj-Britt, por su parte, estuvo más que ocupada con los preparativos. Durante dos días enteros intentó dilucidar qué era lo que estaba a punto de hacer y que, de hecho, iba a hacerlo de forma totalmente voluntaria. Que si no salía bien, ni siquiera podría culpar a Ellinor.
Cuando por fin estuvieron listas ante la puerta, la situación se le antojó irreal, como si la estuviese soñando. Saba estaba en el vestíbulo, a unos metros, y las vio salir, pero ni siquiera intentó seguirlas, puesto que no asociaba la puerta con una salida. Para el animal, aquella puerta era una extraña abertura por la que la gente aparecía de vez en cuando para luego esfumarse de nuevo. En cualquier caso, ahora era su dueña la que pasaba al otro lado y aquello inquietaba al animal. Saba se acercó hasta el umbral y se quedó allí quejándose, de modo que Ellinor se le acercó, se sentó en cuclillas y le acarició el lomo.
– No tardaremos en volver, ya verás. Estará de regreso esta misma noche.
Y Maj-Britt deseó con cada célula de su cuerpo que fuese de noche ya, en ese mismo momento y lugar, para verse dentro de nuevo.
La ciudad había cambiado. Habían pasado tantas cosas desde la última vez que la vio… Los nuevos edificios que se alzaban en medio de zonas verdes antes protegidas y de barrios para ella familiares habían convertido su ciudad en un lugar desconocido. Y además, había crecido. Inmensas zonas residenciales se extendían sobre las boscosas colinas de la entrada sur, desplazando varios kilómetros el confín de la ciudad. Llevaba treinta años sin salir de allí y, pese a todo, el entorno se le antojaba totalmente extraño. Sus ojos se esforzaban por asumir desesperadamente todas las impresiones visuales, pero tuvo que rendirse al fin y cerró los ojos para poder asimilarlo tranquilamente. El recuerdo de Vanja estaba siempre presente. ¿Cómo reaccionaría? ¿Estaría enfadada con ella? Pero tantas sensaciones nuevas le permitían aplacar los nervios, por ahora.
Dio una cabezada. No sabía cuánto tiempo llevaban de camino y se despertó al notar que se paraba el motor. Estaban en un aparcamiento. Echó una rápida ojeada al edificio que había al lado y entrevió unos bloques blancos protegidos por altas vallas, pero no tuvo fuerzas para seguir mirando. Se había preparado en la medida de lo posible para enfrentarse a la expectación que despertaría su aspecto, pero ahora que había llegado el momento, un hondo malestar se apoderó de ella. Volvía a faltarle valor. La sola idea de presentarse ante Vanja ya era suficiente. Salir y dejar a la vista su gigantesco fracaso. Le dolía la garganta, las lágrimas luchaban por aflorar a sus ojos y, aunque sabía que Ellinor la observaba, no estaba en condiciones de contener el llanto. El horror que sentía ante la idea de salir del coche y mostrarse entre desconocidos era tan intenso como el que había sentido al hacer sus búsquedas en la Biblia cuando el Señor emitió su juicio. Le temblaba todo el cuerpo.
– No pasa nada, Maj-Britt. -La voz de Ellinor sonaba serena y confiada-. Aún faltan unos minutos para que podamos entrar, mientras nos quedamos un rato aquí sentadas. Luego te acompaño y compruebo que todo va bien antes de dejaros a solas.
Entonces sintió que Ellinor le tomaba la mano y ella no sólo se lo permitió, sino que apretó fuerte, entre la suya, la frágil mano de la joven. Deseó con todo su corazón que se le transmitiese un mínimo ápice de la fortaleza indiscutible que Ellinor poseía. Ellinor, que no se había rendido. Que, con su tozudez y contra todo pronóstico, había logrado abrirse paso y convencerla, y demostrarle que existía algo llamado buena voluntad. Y que no exigía nada a cambio.
– Ya es la hora, Maj-Britt. Ya empieza el horario de visitas.
Giró la cabeza y se encontró con la sonrisa de Ellinor. Y vio con sorpresa que tenía los ojos llenos de lágrimas.
Los nuevos zapatos de Maj-Britt pisaban el asfalto mojado. Las puntas sobresalían por el bajo del vestido una y otra vez, y ella no tenía fuerzas para mirar ninguna otra cosa. La parte inferior de una puerta que se abría, un umbral, una alfombra negra, un suelo de linóleo de color ocre. Ellinor hablando con alguien. El tintineo de unas llaves. Unos zapatos negros de caballero al final de un pantalón azul marino y más suelo ocre. Unas puertas cerradas a lo largo de las paredes, en el límite del campo de visión.
No alzó la vista ni una sola vez, pero intuía todas las miradas siguiéndola a su paso.
Los zapatos de caballero se detuvieron y se abrió una puerta.
– Vanja vendrá enseguida. Podéis esperarla ahí dentro.
Un nuevo umbral que Maj-Britt logró superar. Ya habían llegado, pues. Los zapatos negros cruzaron la puerta y, poco a poco, alzó la cabeza para cerciorarse de que estaban solas.
Ellinor se había quedado junto a la puerta.
– ¿Estás bien?
Maj-Britt asintió. Había llegado hasta allí e intentaba sacar fuerzas contemplando ese triunfo, pero el reto había minado su energía, las piernas no la sostenían ya y se acercó a una mesa con cuatro sillas que parecían lo bastante robustas para aguantar su peso. Cogió una y se desplomó sobre ella.
– Bien, entonces, te espero fuera.
Maj-Britt volvió a asentir.
Ellinor cruzó el umbral, pero se detuvo y se dio la vuelta.
– ¿Sabes, Maj-Britt? Estoy tan contenta de que hayas decidido hacer esto…
Y la dejó sola. Una pequeña habitación con las persianas echadas, un sencillo tresillo, la mesa junto a la que ella se había sentado y unos cuadros en la pared. Seguía llegando ruido desde el pasillo. El timbre de un teléfono, el ruido de una puerta al cerrarse. Y Vanja no tardaría en aparecer. Vanja, a la que no veía desde hacía treinta y cuatro años. De la que se creía abandonada y a la que ella le había mentido. Oyó pasos que se aproximaban por el pasillo y sus dedos se aferraron al tablero de la mesa. De pronto, allí estaba. Maj-Britt contuvo la respiración sin querer. Recordó la foto de la boda con Vanja de dama de honor y pensó en lo equivocada que había estado. Era una mujer marcada por los años la que se presentó en la puerta. Su cabello, antes negro, brillaba ahora plateado y su rostro, que ella tan bien conoció en su día, aparecía surcado de finas arrugas. El concepto tiempo hecho visible; tan tangible resultaba de golpe que todo lo que dábamos por hecho, lo que iba pasando, exigía su tributo, grababa sus anillos como en un árbol, le diésemos utilidad o no a ese tiempo.
Sin embargo, fueron los ojos de Vanja los que la sorprendieron hasta el punto de hacerla perder el resuello. Recordaba a la Vanja que había conocido, siempre con un destello en la mirada y una sonrisa burlona en los labios. La mirada de la mujer que tenía ante sí revelaba un dolor infinito, como si sus ojos hubiesen tenido que ver más de lo que podían soportar. Aun así le sonrió y, por un instante, entrevió a la Vanja de su juventud traspasar aquel rostro ahora extraño.
Ni un solo gesto suyo desveló sus pensamientos al ver la figura de Maj-Britt.
Ni un solo gesto.
El vigilante seguía en la puerta y Vanja miró a su alrededor.
– Oye, Bosse, ¿no podríamos subir un poco las persianas? Apenas si se ve algo aquí dentro.
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