Karin Alvtegen - Vergüenza

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A primera vista, Monika y Maj-Britt son diametralmente opuestas.
Como médico jefe, Monika es una mujer realizada y extrovertida, mientras que Maj-Britt -una solitaria con graves problemas de sobrepeso- aniquila moralmente a todo asistente social que se le asigna.
No obstante, tienen una cosa en común, un pasado amargo que las obliga a rechazar a quienes tratan de aproximarse a ellas. Hasta ese momento, ambas mujeres han vivido sus vidas sin conocerse, pero el cambio está a la vuelta de la esquina. Un hecho inesperado pondrá en marcha una cadena de sucesos que hará inevitable el encuentro de ambas y las empujará a una situación límite. ¿Serán capaces de reconciliarse con su pasado y con la vergüenza? ¿O será necesario sacrificar algo por el camino?
Vergüenza es un inquietante drama psicológico en torno a la complejidad de las relaciones humanas y a la dificultad del ser humano por zafarse del pasado. Karin Alvtegen confirma con esta novela su posición destacada dentro del panorama actual de las letras escandinavas.

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Salmo número cincuenta y dos. El señor no la había defraudado.

En medio de una calma súbita, todo encajó en su lugar.

Sólo había una Monika Lundvall en la guía.

Maj-Britt colgó el auricular. Bien aferrada a las Sagradas Escrituras, respiró hondo varias veces. Lo había conseguido, había hecho lo que Dios le había indicado y eso debería infundirle serenidad. Pese a todo, su corazón latía alterado. Aún tenía el dedo entre las tapas y abrió por la página indicada para cerciorarse una vez más de que tenía razón en hacer lo que pensaba hacer. A pesar de su promesa, le hizo a Dios una nueva pregunta. Y Él accedió. En la página en cuestión, la palabra «Sí» figuraba cinco veces. Y la palabra «No», no más de dos.

Saba dormía pesadamente en su cesta y Maj-Britt intentó hallar consuelo en el familiar sonido hogareño de su respiración. Tantas noches como le había ayudado a encontrar sosiego, la certeza de que había alguien ahí, en la oscuridad, alguien que la necesitaba, alguien que estaría allí cuando despertase y que se alegraría de verla. Ahora, aquella calma respiración le inspiraba remordimientos. Saba le sobreviviría y correría el mismo incierto destino que ella. La única diferencia consistía en que el animal no poseía el entendimiento necesario como para sentir miedo.

Faltaban cinco horas para las nueve. Plantearse dormir sería perder el tiempo innecesariamente y ya no podía permitírselo. Se le había encomendado una misión que debía cumplir y Dios le había mostrado el camino. Sabía que Monika vendría, que no se atrevería a no acudir. Una vez más, Maj-Britt sintió palpitaciones al pensar en lo que estaba a punto de hacer.

Una buena acción.

No debía olvidarlo. Se trataba de Una Buena Acción, ni más ni menos. El tono amenazador al que se vio obligada a recurrir para que Monika obedeciese estaba al servicio del bien. Dios mismo había mostrado su aprobación. Ahora estaban los dos, los dos juntos. Dominar mediante el miedo era un poderoso instrumento, pero ella sentía una inmensa gratitud al poder someterse. Todo el poder era del Señor y a ella sólo le quedaba demostrar que era digna. Demostrar que merecía ser elegida por fin. Quizás así el Señor, en su gran misericordia, se compadecería de ella y la perdonaría.

Durante treinta años se imaginó la muerte como una última vía de escape. Le infundía vigor saber que no tenía por qué seguir si se le agotaban las fuerzas. Al saberse dueña de las alternativas jugó con la idea, pero eso era antes, cuando la muerte se encontraba lejos de su vista y la elección aún estaba en sus manos. Antes de que su cuerpo, a escondidas, hubiese invitado a entrar a la muerte y le hubiese dado vía libre para, lento pero seguro, pulverizar su ventaja y finalmente arrebatarle toda posibilidad de elección. Ahora que la muerte le sonreía burlona en su propia cara, no contenía más que un horror que la corroía.

«Ahora llega tu final, pues derramaré mi ira sobre ti y te juzgaré por tus acciones. Y sabréis que yo soy EL SEÑOR.»

33

Maj-Britt Pettersson. El solo nombre en el buzón le producía náuseas. Pero aún se hallaba segura y a buen recaudo. Sabía que el miedo acechaba fuera, aunque no podía darle alcance. Los pequeños comprimidos blancos habían taponado todos los pasajes.

Puso el dedo en el timbre y apretó. Había dejado el coche a la espalda del edificio, de modo que Pernilla no lo viese y, como la última vez que estuvo allí, entró por la puerta de acceso al sótano, situada en un lateral.

Oyó un ruido procedente del interior y enseguida se abrió la puerta. Se estremeció al cruzar el umbral: jamás pensó que se vería obligada a volver.

Se dejó puesto el abrigo, pero se quitó las botas. El perro seboso se acercó para olisquearla pero, puesto que ella no le hizo el menor caso, se dio la vuelta y se marchó de nuevo. Echó un vistazo a la cocina vacía al pasar ante la puerta, preguntándose si Ellinor también estaría allí, aunque no lo parecía. Continuó hasta la sala de estar pero, por un instante, no estuvo segura de si era ella o la puerta de la sala la que se acercaba.

El monstruo estaba sentado en el sillón y le señaló el sofá con una mano. Un gesto amplio, tal vez pensado como una invitación.

– Has sido muy amable al venir. Siéntate si quieres.

Monika no pensaba quedarse mucho tiempo y prefería mantenerse de pie junto a la puerta. Acabar cuanto antes para poder marcharse enseguida.

– ¿Qué quieres?

Aquella mujer inmensa permaneció sentada observándola con su penetrante mirada, visiblemente satisfecha con la situación. Porque le sonreía. Por primera vez, sonrió a Monika y, por alguna razón, le resultaba más desagradable aún que su conducta habitual. Muy a su pesar, Monika era consciente de la ventaja que la mujer tenía sobre ella. El simple hecho de haber consentido en acudir a su llamada era una confesión que valía tanto como un certificado escrito. Su cerebro adormecido intentaba aclarar qué estaba sucediendo, pero ya no reconocía las ideas. Ellinor y Maj-Britt y Åse y Pernilla. Los nombres zumbaban en su cabeza y se mezclaban unos con otros pero ella no era capaz de distinguir quién sabía qué y por qué sabían lo que sabían. Y no quería ni pensar en lo que podía suceder si todo se descubría y se convertía en una verdad conocida por todos. Pero las cosas se arreglarían. Ella se encargaría de que Pernilla conociese a otro hombre y fuese feliz de nuevo y ellas dos seguirían siendo amigas y todos vivirían felices por siempre jamás.

Casi había olvidado dónde se encontraba cuando volvió a oírse la voz procedente del sillón.

– Te ruego que me perdones por haberme expresado en los términos en que lo hice para que vinieras, pero como te dije, es muy importante. Es por tu propio bien. -Volvió a sonreír y Monika se sintió ligeramente mareada-. Te he pedido que vengas para ayudarte. Puede que ahora no lo veas así, pero un día lo comprenderás.

– ¿Qué quieres?

La mujer se irguió en el sillón y entrecerró los ojos.

– «Como navaja afilada es tu lengua, forjador de engaños. El mal al bien prefieres, la mentira más que decir lo que es justo, lengua fementida.»

Monika cerró los ojos y volvió a abrirlos, pero no cabía duda, aquello estaba ocurriendo de verdad.

– ¿Cómo?

– «Por eso te aplastará Dios para siempre, te agarrará y te arrancará de tu choza y te desarraigará de la tierra de los vivos.» Monika tragó saliva. Todo le daba vueltas y se apoyó en el marco de la puerta para no caer.

– Lo único que intento es salvarte. ¿Cómo se llama la viuda de ahí enfrente? La viuda a la que le estás mintiendo.

Monika no respondió. Por un instante, sus ideas se esfumaron en un remolino y sólo atinó a pensar que el alprazolam era un descubrimiento fenomenal, pues venía a salvarte cuando los problemas se resistían a resolverse por más que uno se hubiera esforzado por darles solución.

La mujer continuó, pese a no haber obtenido respuesta.

– No necesito saber su nombre, puesto que sé dónde vive.

– No entiendo qué tienes que ver tú con esto.

– Nada, supongo. Pero Dios sí.

Aquella mujer estaba loca. No dejaba de observar a Monika, la tenía agarrada como con uñas y dientes. Sentía claramente cómo su mirada la penetraba, vencía con arteros ardides sus defensas ya maltrechas y llegaba hasta el quid de la cuestión. [1]El quid de la cuestión. ¡Qué expresión más absurda!

De pronto, oyó que alguien soltaba una risita y, sorprendida, cayó en la cuenta de que era ella misma. El monstruo que ocupaba el sillón dio un respingo y le preguntó mirándola con encono:

– ¿Qué te resulta tan divertido?

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