P. Cast - Profecía De Sangre

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Elphame es mitad humana mitad centauro, hija de Etain, esposa de Epona. Es prácticamente humana pero su apariencia evidencia la rareza de su origen, sus piernas de centauro, su condición de híbrido, la separan del mundo.
Cuando emprende su viaje hacia el castillo de MacCallan lo hace dejándose llevar por una atracción que desde niña ha sentido por las leyendas del mundo antiguo. Cien años atrás, unas criaturas demoniacas y sangrientas llamadas Fomorians arrasaron aquel lugar. Una premonición de su hermano pequeño, que le acompaña en el viaje, le dice a Elphame que allí encontrará no solo su destino sino también un compañero para su vida. La profecía se cumple cuando Elphame conoce a un mitad hombre y mitad Fomorian llamado Lochlan.

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Cu se detuvo antes de sacarse la camisa de lino, que le llegaba hasta los muslos, por la cabeza. Se volvió a mirarla con una sonrisa juguetona en los labios.

– Si mi desnudez te incomoda, puedes cerrar los ojos. Yo tomaré a Fand y te avisaré cuando esté metido en el agua y puedas abrirlos de nuevo.

– Me incomoda -admitió Brenna-, pero no quiero cerrar los ojos.

Cuchulainn sonrió con encanto y picardía. Todavía estaba sonriendo cuando se quitó la camisa y, desnudo, le tomó la lobezna de las manos y se metió en la poza, entre chapoteos y maldiciones.

Ella se quedó allí quieta, mirándolo, pensando que la visión de su espalda ancha y de sus nalgas fuertes se le quedaría grabada para siempre en los ojos.

– ¡Brenna! -dijo él, por encima de los quejidos de Fand , al verse sumergida en aquella agua fría-. ¿Podrías aplastar un poco de jabón de roca?

Brenna asintió y tomó una piedra para romper la roca suave que había en la orilla de la poza. Estuvo a punto de aplastarse varios dedos junto al jabón de roca, puesto que no podía evitar que sus ojos viajaran a la poza.

– Ya está listo -dijo, intentando no mirarlo mientras emergía, aunque sin conseguirlo.

Sin dejar de sonreír, él se quedó ante ella con el agua por las rodillas. Tenía a la lobezna en brazos y no dejaba de tiritar, y tenía los labios un poco azulados, pero su sonrisa era cálida, pícara y maravillosa. Cuchulainn se inclinó hacia ella.

– Tengo las manos llenas. ¿Podrías ayudarme, amor mío? -le preguntó con los ojos brillantes.

Brenna se sintió como si estuviera dentro de un sueño erótico. Echó jabón de roca sobre Fand y Cu comenzó a frotarle el pelo y a sacar espuma. Sin embargo, Brenna no podía mirar a la lobezna. Sin querer, admiraba el cuerpo desnudo del guerrero. Antes de que la parte lógica de su mente pudiera interferir, comenzó a frotarle los hombros y el pecho con el jabón, y con movimientos suaves, rodeando a Fand. Cuchulainn no se movió salvo para cambiar a Fand de posición entre sus brazos y para que Brenna pudiera tener mejor acceso a su cuerpo.

Finalmente, Brenna lo miró a los ojos.

– Podrías unirte a mí, amor. No haría tanto frío con el calor de tu piel desnuda contra la mía.

Ella quería hacerlo. Lo deseaba con todas sus fuerzas, pero al pensar en desnudar su cuerpo dañado junto al de él, aquel montón de músculos cubierto por una piel dorada y perfecta, se le formó un nudo en la garganta.

– No puedo -susurró.

– Entonces, en otra ocasión, amor. En otra ocasión. Tenemos mucho tiempo -dijo él con ternura-. Hasta entonces, será mejor que me enjabones también el pelo. Las pulgas son unas compañeras de cortejo muy desagradables.

Brenna le lavó el pelo mientras él frotaba y regañaba y engatusaba a Fand , recriminándole su falta de modales y de gratitud. Brenna se rió con las tonterías de los dos, e intentó que a Cuchulainn no le entrara jabón en los ojos mientras terminaba de lavarlo.

Nunca había sido tan feliz.

– Hora de aclararse, mi niña -le dijo él a la lobezna, y, sujetándola contra el pecho, se puso en pie, le guiñó el ojo a Brenna y se sumergió en el centro de la poza.

Brenna sacudió la cabeza cuando los dos emergieron, salpicando ruidosamente, y comenzaron a secarse. Todo lo que hacía el guerrero era impactante. Tenía un aura de poder, y de la promesa de conseguir lo imposible. Y Brenna estaba empezando a creer que había sucedido eso, lo imposible. Su deseo más profundo se había realizado. Cuchulainn la había elegido a ella.

– Me muero de hambre -dijo él, mientras dejaba uno de los trapos en el suelo del bosque. Tomó la cesta y se acercó a Brenna.

– Tú cuida de tu lobezna -le dijo ella-. Yo me ocuparé de la comida.

Cuchulainn sonrió y se metió a Fand en la camisa limpia. Brenna comenzó a sacar la comida, y declaró con su mejor voz de Sanadora:

– Ahora ya sabes un poco sobre lo que siente una mujer cuando lleva a un hijo en su vientre durante todos esos ciclos de luna.

– Un hijo, ¿eh? ¿Deseas hablar tan pronto de los hijos? -le preguntó él, rascándose la barbilla como si estuviera reflexionando-. Mi madre se va a poner muy contenta.

Brenna se quedó inmóvil cuando iba a pasarle un pedazo de pan con queso y fiambre, y notó que enrojecía profundamente. Sabía que, al ruborizarse, la parte intacta de su rostro llamaba más la atención sobre las feas cicatrices, y por costumbre, bajó la cabeza para que el cabello le ocultara la cara.

– ¡No, Brenna! -dijo Cuchulainn, inclinándose hacia ella. Le puso un dedo en la barbilla y la obligó a mirarlo-. Por favor, no te escondas de mí.

– No quería esconderme… Yo… sólo… -tomó aire profundamente y, de nuevo, eligió decirle la verdad-: Me pongo muy fea cuando me ruborizo, y no quería que me vieras.

Entonces, Cuchulainn hizo algo totalmente inesperado. No recurrió a los tópicos para intentar acabar con la incomodidad de aquel momento, ni se negó a aceptar los sentimientos de Brenna. Sólo se inclinó más hacia ella y la besó. Fue un beso dulce, pero Cu le pasó la mano por la nuca y mantuvo sus labios unidos para poder completar el beso lentamente. Brenna no pensó en que su mano estuviera posada sobre el lado de su cuello que estaba lleno de cicatrices; no pensó en cómo debía de estar ruborizándose; no pensó en que era imposible que Cu sintiera deseo por ella.

Cuando, finalmente, se separaron, los dos estaban sin aliento, y él la estaba mirando con los ojos llenos de lujuria.

– Me gusta tu rubor -le dijo a Brenna con la voz ronca-. Me recuerda que no soy el único que está nervioso.

– Tú no estás nervioso -respondió ella, y sin querer se rió.

– ¿Me prometes una cosa, Brenna?

Ella asintió, pensando que había muy pocas cosas que pudiera negarle a aquel hombre.

– Prométeme que no te vas a esconder de mí nunca más. Prométeme que vas a confiar en que no voy a hacerte daño.

Brenna se quedó atrapada en sus ojos mágicos. Y sintió un absoluto asombro al entender lo que veía en ellos: vulnerabilidad. Ella podía hacerle daño con su respuesta. Él nunca le había desnudado su corazón a otra mujer, tal y como lo estaba haciendo en aquel momento con ella.

– No será fácil, pero te prometo que no me esconderé de ti nunca más.

– Gracias, Brenna, por el regalo de tu confianza. No voy a malgastarla -le dijo, y le besó la mejilla de las cicatrices mientras ella se quedaba inmóvil.

Y después, como si besarla fuera algo que hacía todos los días, Cuchulainn sonrió y tomó el pan y el queso de sus manos.

– Debería comer. Tengo que ir a ver a mi hermana. Será mejor que lo haga con el estómago lleno.

Brenna tomó un poco de pan con queso para sí.

– Ah -añadió Cuchulainn con un poco de timidez-. Tenía que decirte que también voy a llamar a mis padres para que te conozcan. Cuanto antes, mejor.

A Brenna se le aceleró el corazón.

– Conozco a tu padre. Es un gran Chamán.

– Sí, lo es -dijo Cuchulainn entre mordiscos al bocadillo.

– Pero no conozco a la Amada de Epona. Dicen que es muy bella.

– Es casi tan bella como la joven Sanadora con la que voy a casarme.

– ¡Ooh!

A Brenna se le escapó el aire de los pulmones. Tuvo una sensación de euforia mezclada con un encogimiento de estómago.

Cuchulainn sonrió.

– No te preocupes, amor. Mi madre lleva años intentando que me case. Te va a adorar.

Y después, al ver lo pálida que se había quedado Brenna, se puso serio y se inclinó para susurrarle contra los labios:

– Y ésa es mi promesa para ti.

La niebla de la mañana no se había disipado cuando Cuchulainn y Brenna se encaminaron hacia el castillo. Caminaban lentamente, tomados de la mano, y permitiendo que sus brazos se rozaran íntimamente. Brenna pensó que el color gris de aquel día era mágico. Le parecía que la puerta del reino de los espíritus se había quedado entreabierta para ella, y que había podido pasar con facilidad de un mundo al otro, junto a Cuchulainn. En vez de asustarse, la idea de que el reino de los espíritus la estuviera aceptando era reconfortante. Estaba tan contenta que no se dio cuenta de que Cuchulainn entrecerraba los ojos y comenzaba a mirar, desconfiadamente, a su alrededor por el bosque.

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