Cuchulainn se quitó la camisa y comenzó a rasgar el lino en vendas largas.
– Sólo quiere presumir de torso -dijo Elphame con la voz temblorosa, pero los hombres y centauros se echaron a reír, como Brenna. Cuchulainn intentó fruncir el ceño, pero sólo consiguió poner una expresión de felicidad, y Elphame temió que se echara a llorar.
– Acabas de tranquilizarme mucho en cuanto a la severidad de la herida de tu cabeza -dijo la Sanadora.
La sonrisa de Cuchulainn se hizo enorme.
– Había un jabalí muerto al fondo del barranco -dijo Brighid, que acababa de regresar-. Y creo que esto es tuyo -le entregó a Cuchulainn su daga, pero estaba observando a Elphame con una expresión de curiosidad y cautela.
– Por Epona, Elphame, ¿un jabalí? -preguntó Cuchulainn. Había recuperado algo de color, pero volvió a palidecer.
Brenna comenzó a atar con cuidado las tiras de lino a la cintura de Elphame, y la salvó de tener que responder. Cerró los ojos y apretó los dientes para soportar el dolor, e intentó concentrarse. Lochlan. No había sido una aparición, puesto que ella le había visto matar al jabalí, el mismo jabalí que había encontrado Brighid. Él la había sacado del barranco, le había taponado la herida y la había cubierto con su ala para darle calor. ¿No debería decirles que la había salvado?
Él había dicho que su padre era un Fomorian.
«Sólo verían al Fomorian, y no al hombre».
Aquello no era posible. Los Fomorians habían sido derrotados y expulsados de Partholon más de un siglo antes. Las razas diferentes de Partholon se habían unido para asegurar que la horda de demonios fuera erradicada y que nunca volviera a amenazar a las gentes de Partholon, en particular a sus mujeres. Intentó apartarse de la cabeza las historias de violaciones y destrucción que había estudiado. El ser que acababa de salvarle la vida no podía ser un Fomorian. No tenía sentido.
Sin embargo, ella le había visto las alas. Él la había cubierto con su calor. Claramente, había sucedido lo imposible.
– Ya está -dijo Brenna, cuando hubo asegurado el brazo de Elphame a su pecho con el cabestrillo. Mientras terminaba había empezado a caer una fina llovizna-. Esto es todo lo que puedo hacer aquí. Debemos llevarla al castillo.
– Elphame.
Abrió los ojos y vio a su hermano arrodillado a su lado. Le sonrió, intentando calmar la angustia que veía en sus ojos.
– El -dijo él, y extendió ambas manos sobre su cara para protegerla de la lluvia-. Sé que va a ser muy duro para ti, pero tendrás que montar para volver al castillo.
Brighid se acercó a Cuchulainn.
– Yo la llevaré -dijo.
– No puede montar sola -dijo Cu-. Tendrá que ir conmigo.
– Entonces te llevaré a ti también. De todos modos, estarías demasiado ocupado sujetándola como para poder dirigir a ese caballo tuyo -respondió Brighid-. Y yo no daré un paso brusco que le cause dolor.
Cuchulainn se quedó mirando atónito a la Cazadora.
– ¿Puedes llevarnos a los dos?
– Con facilidad, sí.
La lluvia comenzó a intensificarse entre los árboles.
– Quiero sacarla de aquí ahora mismo -dijo Brenna-. Y no debe dormir, así que habla con ella, Cuchulainn.
Él asintió con tirantez, y después comenzó a repartir órdenes.
– Angus, Brendan, levantadla y dádmela -dijo. Se puso en pie y montó en el lomo de la Cazadora-. ¡Con cuidado! -les espetó al oír que su hermana gemía de dolor cuando comenzaban a levantarla.
Elphame intentó ayudar a los hombres, pero se le había puesto la visión borrosa, y cada vez que se movía, la herida del costado le dolía insoportablemente. Sintió los brazos fuertes de Cuchulainn a su alrededor mientras montaba a horcajadas sobre la Cazadora.
– ¿Listos? -preguntó él.
– Sí.
Cuchulainn agarró con fuerza a Elphame y la Cazadora comenzó a trotar suavemente. En algún rincón de su mente, Elphame pensó que le hubiera gustado disfrutar de la novedad de montar sobre un centauro. En vez de eso, estaba viviendo una pesadilla. A cada paso que daba Brighid, el dolor descargaba en su cuerpo, y su estómago daba un vuelco. Notaba una humedad en el costado, y sabía que estaba sangrando a través del musgo. Se desplomó contra su hermano.
– No falta mucho. Yo te sujeto -le decía Cuchulainn, susurrándole una letanía de ánimos-. Háblame, El. Cuéntame lo magnífico que será el Castillo de MacCallan cuando terminemos de reconstruirlo.
Las respuestas de su hermana a las preguntas constantes de Cuchulainn fueron vagas. Algunas veces describían habitaciones que él reconocía como las estancias en las que habían crecido, y otras no tenían sentido en absoluto. Mientras seguían avanzando comenzó a llover con fuerza. Las antorchas de los jinetes se apagaron, y Cuchulainn agradeció los fogonazos brillantes de los relámpagos, que ayudaban a iluminar el camino. La decisión de Brighid de llevarlos a los dos había sido muy inteligente. Si él hubiera estado montando su caballo, no habría podido controlarlo a través de aquella tormenta al tiempo que sujetaba a su hermana.
La Cazadora pronto sacó ventaja al resto del grupo, incluso a los centauros que se habían ofrecido a acompañarlos durante la búsqueda. Su determinación y su resistencia eran impresionantes. Cuchulainn tuvo que admitir que había juzgado mal a la Cazadora. Sin su ayuda nunca habrían encontrado a Elphame con tanta rapidez.
¡Ojalá él hubiera reaccionado de la misma manera cuando había tenido la primera premonición de que ocurría algo malo con Elphame! Pero había ignorado el presentimiento porque provenía del reino de los espíritus, la parte de su vida que intentaba reprimir e ignorar. Bien, pues en aquella ocasión, el reino de los espíritus no se había dejado ignorar. Aquello le producía un gusto amargo en la boca, y Cuchulainn se dio cuenta de que era en parte odio hacia sí mismo y en parte miedo.
Cuchulainn agarró con fuerza a Elphame. Ahora sabía qué era lo que le había estado angustiando desde que habían comenzado su viaje hacia el Castillo de MacCallan, cuál era la amenaza sin nombre que se cernía sobre su hermana. No era un amante desleal ni una antigua maldición. Era algo totalmente mundano, un accidente, y él estaba demasiado ocupado imaginándose fantasmas como para preverlo.
Brighid fue aminorando el paso, y Cuchulainn vio las murallas oscuras del castillo materializadas ante ellos.
– Llévala a la cocina. Allí es donde han hecho la mayor parte del trabajo -le dijo a la Cazadora, gritando para hacerse oír por encima del estruendo de la tormenta.
Brighid asintió y se dirigió hacia el Gran Salón. Allí se detuvo, finalmente. Giró la cintura hacia atrás y dijo rápidamente:
– La cocina va a estar muy oscura. Esperadme aquí mientras voy a recoger las antorchas de las carretas.
Brighid le ayudó a bajar a Elphame al suelo, y Cuchulainn sujetó cuidadosamente la cabeza de su hermana en el regazo.
– Vendré enseguida -dijo Brighid, y miró por última vez a Elphame con preocupación, antes de salir apresuradamente del salón.
– Es mejor estar quieta -dijo Elphame débilmente.
– Brenna llegará enseguida -le aseguró Cuchulainn.
– ¿Cómo sabías que tenías que venir a buscarme, Cuchulainn?
– Me sentía muy inquieto por ti.
Elphame sonrió débilmente.
– Llevas inquieto por mí desde que llegamos. ¿Qué fue lo que te empujó a venir a buscarme?
– No iba a hacerlo. Me dije que eran todo imaginaciones mías. Entonces vi llegar la tormenta y me preocupe, así que pensé en ir a recogerte y desafiarte a una carrera con mi caballo hasta Loth Tor, porque como ya habías estado corriendo, tal vez tendría posibilidades de ganarte.
Él vio que ella sonreía, y le devolvió la sonrisa.
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