James Ellroy - Jazz blanco

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Para el teniente David Klein, muertes, palizas y extorsiones sólo son gajes del oficio. Hasta que en otoño de 1958 los federales abren una investigación sobre la corrupción policial y el mismo Klein se convierte en el cetnro de todas las pesquisas y acusaciones. Sin embargo, aunque él haya contribuido a crear ese mundo monstruoso, poblado por la codicia y la ambición, está dispuesto a salir vivo de él a cualquier precio.

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Cargué con el hombro. Reventé la puerta. Breuning, distraído: «¿Uh?»

Carlisle, las gafas empañadas de sangre.

Jadeante, suelto la mentira:

– Lester estaba conmigo cuando mataron a Wardell Knox.

Carlisle:

– ¿Fue por la mañana o por la noche?

Breuning:

– ¡Eh, zambo, prueba a cantar Harbor Lights ahora!

Lester escupió sangre y dientes al rostro de Breuning.

Carlisle cerró los puños. Le arreé una patada en la espinilla. Breuning lanzó un grito, cegado por la sangre. Le arreé un cachiporrazo en las rodillas.

El irlandés:

– Muchachos, tendréis que soltar al señor Lake. Teniente, bendito sea por facilitar el curso de la justicia con su espléndida coartada.

21

Apreciados señor Hughes y señor Milteer: En las fechas 11, 12 y 13 de noviembre de 1958, Glenda Bledsoe participó activamente en actos de promoción publicitaria de varios actores que se encuentran actualmente bajo contrato con Variety International Pictures, en una flagrante violación legal del contrato vigente entre la señorita Bledsoe y Hughes Aviación, Herramientas, Producciones, etc. En concreto, la señorita Bledsoe permitió que la entrevistaran y fotografiaran con los actores Rock Rockwell y Salvatore «Touch» Vecchio, e hizo declaraciones sobre temas relativos a sus carreras profesionales más allá de lo relacionado con la producción y promoción de El ataque del vampiro at ó mico, la película en la que trabajan los tres en estos momentos.

En una nota posterior me extenderé en detalles más concretos, pero les adelanto que pueden dar por legalmente anulable el contrato de la señorita Bledsoe, quien puede ser llevada ante los tribunales, demandada por perjuicios económicos y vetada de futuras apariciones en películas producidas en estudios, según lo estipulado en varias cláusulas de su contrato con ustedes. Mi vigilancia continuada de Glenda Bledsoe no ha encontrado indicios de robos en domicilios de actrices; si faltan objetos de dichas viviendas, lo más probable es que los hayan cogido jóvenes de la zona, colándose por alguna ventana mal cerrada. Tales jóvenes sabrían que los domicilios sólo están ocupados intermitentemente y eso les habría dado la idea.

Les ruego me informen si desean que continúe la vigilancia de la señorita Bledsoe; sepan, insisto, que ya tienen ustedes información suficiente para emprender todo el procedimiento legal.

Respetuosamente,

David D. Klein

Amanecer, el remolque. Glenda, durmiendo; Lester, hecho un ovillo fuera, junto a la nave espacial.

Salí al aire libre; Lester se revolvió y dio un trago a una botella. Confabulación: el cámara y el director.

– Vamos, Sid, esta vez el vampiro jefe le arranca los ojos al tipo.

– Pero Mickey teme que esté haciendo las cosas demasiado asquerosas. Yo… no sé.

– ¡Cielo santo! Tú coge al extra y échale un poco de sangre de mentira en los ojos.

– ¡Coño, Wylie, déjame tomar un café antes de ponerme a pensar en sangre y vísceras a las siete menos diez de la mañana!

Lester se incorporó y se acercó tambaleándose. Cortes, contusiones.

– Siempre he querido ser un astro del cine. Quizá podría quedarme un par de días por aquí y hacer de vampiro negro…

– No, Breuning y Carlisle vendrán a buscarte. No te han cargado lo de Wardell Knox, pero ya encontrarán algo.

– No me siento con muchas ganas de huir.

– Hazlo. Te lo dije anoche: llama a Meg y dile de mi parte que tiene que ayudarte. ¿Quieres terminar muerto por resistencia a la detención cualquier perra noche, cuando ya creas que se han olvidado del asunto?

– No, me parece que no quiero. Vaya, señor Klein, nunca pensé que vería el día en que el señor Smith me diera una oportunidad.

– Le gusta mi estilo, muchacho. -Le hice un guiño a la Dudley.

Lester se alejó de nuevo hacia la botella. El director me miró con suspicacia. Volví al remolque sin inmutarme.

Glenda estaba leyendo mi nota.

– Esto sería mi muerte…, quiero decir, mi ruina en el mundo del cine.

– Tenemos que darles algo. Si aceptan eso, no presentarán acusaciones por robo. Y el informe desvía la atención puesta en las casas de actrices.

– No ha salido nada por la tele ni en los papeles.

– Cuanto más tiempo pase, mejor. Hughes podría denunciar su desaparición y el cuerpo será encontrado tarde o temprano. En cualquier caso, es posible que nos interroguen. Yo tuve unas palabras con él, de modo que debo considerarme un posible sospechoso, formalmente. Para mí no será problema y sé que para ti, tampoco. Los dos somos… ¡oh, mierda!

– ¿…Somos profesionales?

– No seas tan cruel. Es demasiado temprano.

– ¿Cuándo podremos dejarnos ver en público? -Glenda me tomó las manos.

– Tal vez ya lo hemos hecho. No debería haberme quedado hasta tan tarde y, probablemente, deberíamos enfriar las cosas durante un tiempo.

– ¿Hasta cuándo?

– Hasta que estemos libres de sospecha en lo de Miciak.

– Es la primera vez que pronunciamos su nombre.

– En realidad, no hemos hablado una palabra del asunto.

– No, hemos estado demasiado ocupados compartiendo secretos. ¿Qué me dices de las coartadas?

– Hasta dentro de dos semanas, estabas sola en casa. Pasadas las dos semanas, no te acuerdas. Nadie se acuerda, pasado ese tiempo.

– Hay algo más que te preocupa. Anoche lo noté.

Una comezón en la garganta. Finalmente, lo solté:

– Es el asunto Kafesjian. Estaba interrogando a una chica que conoce a Tommy K. y me dijo que Lucille trabajó para Doug Ancelet.

– No creo que yo llegara a conocerla. Las chicas no utilizaban nunca sus nombres auténticos y, si hubiera conocido alguna que se pareciera a tu descripción, te lo habría dicho. ¿Vas a interrogarle?

– Sí, hoy.

– ¿Cuándo trabajó para Doug, esa chica?

– ¿Doug?

Glenda soltó una carcajada.

– Yo también trabajé para él un tiempo, después del asunto de Gilette, y te inquieta que hiciera lo que hice.

– No. Es sólo que no quiero verte relacionada con nada de esto.

Entrelazamos nuestros dedos.

– No lo estoy, excepto contigo… -apretando con más fuerza-. Ve, pues. Se llama Azafatas Premier, en South Rodeo, 481, junto al hotel Beverly Wilshire.

La besé.

– Tú empeoras las cosas, y luego las mejoras.

– No, es sólo que a ti te gustan los problemas a dosis más pequeñas.

– Me has descubierto.

– No estoy tan segura. Y ten cuidado con Doug. En esa época pagaba sobornos a la policía de Beverly Hills.

Salí del remolque, aturdido. Lester daba una serenata a los vagabundos junto a la nave espacial. Harbor Lights, en versión desdentada.

Noticias por teléfono:

Woods había visto a Junior en el barrio negro; luego, le había perdido en un semáforo. Jack, irritado, insistiendo:

– Parece que vive en el coche. Lleva la placa prendida en el abrigo, como si fuera un maldito sheriff del Far West, y le vi poniendo gasolina con dos grandes automáticas en la cintura de los pantalones.

Malo, pero:

Woods había reventado la caja 5841. Me dijo que buscara bajo el rodapiés de su casa, cogiera la llave y mirara en el buzón.

– Cuatro sobres, Dave. ¡Vaya!, pensé que me mandabas a por unas joyas o algo así. Y me debes un…

Colgué y cogí el coche. Allí: la llave, la cerradura, cuatro cartas. Vuelta al coche. El correo de Champ.

Dos cartas selladas, dos abiertas. Abrí las selladas; las dos de Transom a Champ, con matasellos recientes. Dentro: billetes de cincuenta dólares, notas: «Champ: mucho gracias, Harris», «Champ: ¡gracias, hombre!»

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