Jonathan Kellerman - Compañera Silenciosa

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Un día en una fiesta, el psicólogo infantil Alex Delaware se reencuentra con un viejo amor, Sharon Ransom. Ella solicita su ayuda, pero Alex, demasiado embebido en sus propios asuntos sentimentales, no le hace caso. Dos días más tarde, Sharon se suicida. Alex no puede dejar de sentirse responsable de la desesperada decisión de Sharon.
Y en parte por ello, en parte por resolver los enigmas de aquella relación -la mayoría creados por la oscura personalidad de Sharon- el psicólogo se embarca en una investigación en la que el dinero, el azar de los genes y un pasado trágico configuran el escenario de una prolongada orgía de sexo, dominio y manipulación psicológica al servicio de los menos nobles impulsos del ser humano.

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– ¿Había algo positivo en su relación?

– Oh, supongo que se amaban la una a la otra. Cuando no se estaban peleando, se daban los normales besos y abrazos Y tenían su propio idioma de tonterías infantiles, que nadie más que ellas entendía. Y, a pesar de su rivalidad, eran inseparables: Sherry abriendo camino, Sharon siguiéndola detrás, recibiendo los palos. Pero siempre estaban peleándose. Había competencia para todo.

Un extraño fenómeno, los monozigotos de imagen de espejo… dada una estructura genética idéntica no debería haber diferencia alguna…

– Sherry siempre ganaba -me decía. Sonrisa-. A la edad de dos años se había convertido en una auténtica pequeña mandona, una diminuta directora de escena que le decía a Sharon dónde debía ponerse, qué tenía que decir, cuándo tenía que decirlo. Si Sharon se atrevía a no escucharla, Sherry la atacaba, golpeándola, dándole patadas y mordiéndola. Traté de separarlas, les prohibí jugar una con la otra, incluso les puse ayas diferentes.

– ¿Cómo reaccionaron al estar separadas?

– Sherry estalló en rabietas, rompía cosas. Sharon se limitaba a quedarse quieta en un rincón, como si estuviera en trance. Y, al cabo, siempre lograban escaparse, reunirse y volver a conectar. Porque se necesitaban la una a la otra, no estaban completas la una sin la otra.

– Compañeras silenciosas -dije.

No hubo reacción.

– Yo siempre fui la intrusa -comentó-. No era una buena situación, no lo era para ninguna de nosotras. A mí siempre me tenían muy preocupada. Y el salirse con la suya en lo de hacerle daño a su hermana tampoco era bueno para Sherry…, a ella también le hacía daño, y quizá más daño del que ella le causaba a Sharon. Los huesos pueden volverse a soldar; pero una vez ha sido dañada, la mente no parece volver nunca a soldarse correctamente.

– ¿Llegó realmente a romperle algún hueso a Sharon?

– ¡Naturalmente que no! -me contestó, con un tono como si se encontrase ante un idiota-. Estaba hablando de un modo figurado.

– ¿Hasta qué punto eran graves sus heridas?

– No llegaba a nada grave, si eso es lo que intenta sugerir. Nada que obligase a llamar a un doctor… Mechones de pelo arrancados, mordiscos, arañazos. Para cuando tenía un par de años, Sherry sabía cómo hacerle un buen morado a su hermana, pero nada más grave.

– Hasta que quiso ahogarla.

El vaso que tenía en su mano comenzó a temblar. Lo llené, esperé hasta que lo hubo vaciado y mantuve el mezclador al alcance de mi mano.

– ¿Qué edad tenían cuando sucedió eso?

– Algo más de tres años. Fue nuestro primer veraneo juntas fuera de casa.

– ¿Dónde fueron?

– A mi casa de Southampton.

– Sí, «The Shoals». -Eso estaba en una lista que había leído en el Registro Social: «Skylark» en Holmby Hills, «Le Dauphin» en Palm Beach, un piso en Roma. Ésos eran sus verdaderos hijos.

El que conociese los nombres aún la estremeció más.

– Otro solárium -dije-. Y una piscina cubierta por un emparrado.

Tragó con fuerza.

– Usted parece saberlo todo. No veo la necesidad…

– Estoy muy lejos de saberlo todo. -Rellenado del vaso. Sonreí. Me miró con gratitud. Era la versión, en borrachín, del Síndrome de Estocolmo-. ¡Hasta el fondo!

Bebió, se estremeció. Bebió un poco más.

– Brindo por la gloriosa, la gloriosa verdad.

– Lo del tratar de ahogarla -insistí-. ¿Cuándo sucedió?

– Fue el último día de las vacaciones. A principios del otoño. Yo estaba arriba, en mi solárium…, me encantan los soláriums. Estaba comulgando con la Naturaleza. Tengo soláriums en todas mis casas. El de Shoals era el mejor: en realidad es más bien un pabellón, con aspecto de construcción inglesa antigua confortable y cálido. Yo estaba allá sentada, contemplando el Atlántico… creo que el Atlántico es un océano más íntimo, ¿no le parece?

– Desde luego.

– Comparado con el Pacífico, claro, que es tan poco… exigente.

Alzó su vaso, bizqueó, tragó vodka.

– ¿Dónde estaban las niñas? -pregunté.

Apretó la mano sobre el vaso, alzó la voz.

– ¡Ah, sí! ¿Dónde estaban las niñas? Jugando… ¿no es eso lo que siempre hacen las niñas? ¡Jugando en la playa! Con una aya… un boniato de aya inglesa, con cara de ladrillo. ¡Yo le había pagado el pasaje desde Liverpool, le había dado mi mejor ropa vieja, unas habitaciones encantadoras! Y la muy furcia venía con buenas recomendaciones. Pero se pasaba el día flirteando con Ramey, con los criados…, con cualquier cosa que llevara pantalones. Ese día estaba poniéndole la mirada de vaca en celo al jardinero, así que no se ocupó de las niñas. Éstas se metieron en la piscina…, la piscina del emparrado, que se suponía que debería de haber estado cerrada, pero que no lo estaba. Ese día rodaron cabezas… ¡vaya si rodaron!

Vació su vaso, eructó suavemente, y pareció molesta consigo misma.

Fingí no darme cuenta y le pregunté:

– ¿Y qué sucedió entonces?

– Entonces… al fin, el boniato reparó en que habían desaparecido. Se puso a buscarlas y escuchó risas en la piscina. Cuando llegó allí, Sherry estaba junto a la misma, dándose palmadas en las rodillas. Riendo. La muy idiota le preguntó a la niña dónde estaba Sharon, y Sherry apuntó con el dedo al interior de la piscina. La estúpida boniato miró allá y vio un brazo sobresaliendo del agua. Saltó dentro, y consiguió sacar a Sharon. La piscina estaba sucia, dispuesta para ser vaciada y quedarse así hasta la primavera. Las dos salieron pringosas de porquería… le estuvo bien empleado a la muy furcia.

– Y Sherry no paraba de reír -comenté yo.

Soltó el vaso. Rodó por su regazo abajo, golpeó el suelo de piedra y se hizo pedazos. Las esquirlas formaron un húmedo mosaico, como una joya, del que se quedó prendada.

– Sí, reía -aceptó-. ¡Parecía tan divertida! Y durante todo el tiempo que duró aquello…

– ¿Fue muy grave lo de Sharon?

– Nada grave. Sólo le afectó a su orgullo. Había tragado algo de agua, pero la tonta del aya le hizo algo, y la vomitó casi toda. Yo llegué justo a tiempo de ver eso: toda esa agua marrón brotando de dentro de la niña. Repugnante.

– ¿Cuándo se dio cuenta de que no había sido un accidente?

– Sherry vino hacia nosotros, golpeándose su pequeño pecho y diciendo: «Yo empujado», como si estuviese orgullosa de ello. Pensé que estaría bromeando para quitarse el miedo de encima, y le dije a Ramey que se la llevase de allí, que le diese un poco de leche caliente y galletas; pero ella se debatió, comenzó a aullar: «¡Yo empujado! ¡Yo empujado!»… ¡Reclamaba que se lo reconociésemos! Entonces se escapó de entre las manos de Ramey, corrió hasta donde Sharon estaba tendida, y trató de darle patadas…, de echarla otra vez al interior de la piscina.

Movimiento de la cabeza.

Sonrisa.

– Luego, cuando Sharon se encontró mejor, pudo confirmarlo: «Sherry me ha empujado». Y estaba la señal en su espalda: pequeñas marcas de nudillos.

Miró al líquido del suelo con ansiedad. Yo vertí algo de martini en otro vaso y se lo entregué. Mirando la mísera porción frunció el ceño, pero bebió, luego lamió el borde del vaso con la expresión de un niño que se está saltando las normas de educación en la mesa.

– Quería volverlo a hacer, esta vez delante mío. Quería que yo lo viera. Entonces fue cuando supe que aquello era… grave. No podían… tenían que ser… separadas. No podían volver a estar juntas, nunca más.

– Y entra en escena el hermano Billy.

– Billy siempre se ha cuidado de mí.

– ¿Y por qué los Ransom?

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