Unos pocos miles de kilómetros más.
– A su casa de Roma.
– A mi taller -me corrigió-. Henry me lo regaló cuando yo estaba estudiando arte. Antes de llegar allí hicimos un gran viaje turístico: Londres, París, Montecarlo, Gstaad, Viena. Le compré un precioso juego de maletas en miniatura, que combinaban con las mías, hice que le preparasen todo un vestuario nuevo…, incluso tenía un abriguito de pieles, con su gorro apropiado. Le encantaba vestirse elegantemente. ¡Cuando lo deseaba, podía ser tan dulce y encantadora! Hermosa y con estilo, tal como si fuera de familia noble. Y yo quería que conociese las cosas mejores de la vida.
– Para compensar sus orígenes.
– ¡Sí! Me negaba a aceptar que fuese incorregible. ¡Yo la amaba!
– ¿Qué tal fue el viaje?
No me contestó.
– Y, durante todo esto, ¿nunca consideró reuniría con Sharon?
– Me… me vino a la mente. Pero no sabía cómo hacerlo. No creí que fuera una buena solución… ¡No me mire de ese modo! ¡Estaba haciendo lo que creía que era mejor!
– ¿Alguna vez pensó en Sharon…, en cómo le estarían yendo las cosas?
– Billy me daba informes: estaba bien y las cosas le iban bien. Ellos eran una gente muy dulce.
– Lo son. E hicieron un trabajo infernalmente bueno al criarla, considerando de lo que disponían. Pero, ¿realmente esperaba usted que lo consiguiesen?
– ¡Sí, claro que lo esperaba! ¿Por quién me toma usted? ¡Estaba muy bien! ¡Era lo mejor para ella!
Mayonesa comida del bote. Ventanas de papel encerado.
– Hasta la semana pasada -dije.
– Yo… no sé nada de eso.
– No, seguro que no lo sabe. Volvamos a Sherry. Dados sus problemas sociales, ¿qué tal le fue en la escuela?
– Pasó por diez escuelas en tres años. Después de eso, usamos tutores privados.
– ¿Cuándo la llevó por primera vez a Kruse?
Bajó la mirada a su vaso vacío. Le racioné otro par de dedos. Se los liquidó.
– ¿Cuántos años tenía cuando comenzó a tratarla? -insistí.
– Diez.
– ¿Y por qué no le buscó ayuda antes?
– Pensé que yo sola podría resolver las cosas.
– ¿Y qué es lo que la hizo cambiar de idea?
– Le… le hizo daño a un niño, en una fiesta de cumpleaños.
– ¿Cómo le hizo daño?
– ¡Y por qué tiene que averiguar usted todo esto? ¿Oh, está bien! ¿Y qué más da? ¡Ya me ha despellejado viva! Estaban jugando a eso de clavarle la cola al asno en el sitio correcto. Le tocaba jugar a ella, no le acertó al asno y se puso furiosa… odiaba perder. Se arrancó le venda de los ojos de un tirón y clavó la aguja con la cola en el trasero de un chico… del chico cuyo cumpleaños se estaba celebrando. El crío era un mocoso insoportable, los padres eran unos trepas sociales, nouveaux riches, sin el menor sentido de lo que es adecuado. Hicieron una montaña de un grano de arena y me amenazaron con llamar a la policía, a menos que la llevase a que la viese alguien.
– ¿Y por qué eligió a Kruse?
– Lo conocía socialmente. Mi gente venía relacionándose con su gente desde hacía generaciones. Tenía una casa encantadora, no muy lejos de la mía, con una maravillosa consulta independiente, en la planta baja. Con su propia entrada privada. Pensé que sería discreto.
Se echó a reír. Una risa de beoda, estridente.
– No parezco ser muy buena en eso de las predicciones, ¿no?
– Hábleme del tratamiento.
– Cuatro sesiones por semana. Ciento veinticinco dólares por sesión. Diez sesiones pagadas por adelantado.
– ¿Qué diagnóstico le dio?
– Jamás me dio ninguno.
– ¿Y los objetivos del tratamiento? ¿Los métodos?
– No, nada de todo eso. Lo único que me dijo fue que ella tenía problemas graves, problemas de carácter, y que necesitaba una terapia intensiva. Y cuando traté de hacerle preguntas me dejó bien claro que todo lo que había entre ellos era confidencial. A mí me prohibió que me inmiscuyese en lo más mínimo. Eso no me gustó, pero él era el doctor. Supuse que sabría lo que se estaba haciendo, y me quedé totalmente fuera de todo. Incluso hice que fuese Ramey quien la llevase en coche a las visitas.
– ¿Y Kruse la ayudó?
– Al principio. Volvía a casa después de verle y estaba tranquila… casi demasiado tranquila.
– ¿Qué quiere decir?
– Adormilada. Como dormida despierta. Ahora sé que la estaba hipnotizando. Pero el caso es que, fueran cuales fuesen los beneficios que estaba obteniendo de aquello, no duraban: al cabo de una hora o dos volvía a ser la misma Sherry de siempre.
– ¿Lo que significa…?
– Que se mostraba desafiante, de lenguaje vulgar y obsceno. Ese carácter tan terrible… Aún seguía rompiendo cosas. Excepto cuando quería algo; entonces, podía ser la muñequita más encantadora del mundo entero. Dulce como el azúcar, estaba hecha toda una actriz. Sabía cómo manejar a la gente, para lograr sus deseos. Y él le enseñó cómo hacerlo aún mejor. Durante todo ese tiempo en que yo pensaba que la estaba ayudando, lo que realmente estaba haciendo era dándole clases sobre cómo manipular.
– ¿Le habló alguna vez de Sharon?
– Él no me dejaba hablarle de nada.
– Si le hubiera dejado, ¿le hubiese hablado de ella?
– No. Eso pertenecía… al pasado.
– Pero, finalmente, se lo contó.
– No hasta más tarde.
– ¿Cuánto más tarde?
– Años. Ella tendría entonces catorce o quince años. Kruse me llamó tarde una noche, y me cazó totalmente por sorpresa. Le gustaba hacer estas cosas. De repente había cambiado por completo su cantinela. De repente era imperativo que yo estuviera implicada. Que fuera, a verle, para que me evaluase. ¡Cinco años de no llegar a ningún sitio, y ahora me quería en su sofá! Yo no quería tomar parte en una cosa así…, por ese entonces ya me había dado cuenta de que todo era inútil, de que la personalidad de Sherry no iba a cambiar. Era una prisionera de… sus genes. Pero él no quería aceptar un no por respuesta, no cesaba de llamarme, de molestarme. Venía a casa para largarme una de sus charlas, cuando yo estaba atendiendo a unos invitados. Me acorralaba en un rincón en las fiestas y me decía que ella y yo éramos una… ¿cuál era la palabra que usaba? ¡Ah, sí…! Una diada. Una diada destructora. Dos personas colocadas sobre un columpio psicológico, cada una tratando de derribar a quien estaba al otro extremo. El comportamiento de ella afectaba al mío, el mío al de ella. Con el fin de que ella dejase de hacer todas aquellas cosas terribles, teníamos que ecualizar nuestras comunicaciones, encontrar la homeostasis emocional o algún otro tipo de estupidez parecida. Creí que, simplemente, lo que él quería era controlarme, y no estaba dispuesta a ceder. Pero él era como… una taladradora. Seguía intentándolo, la verdad es que no sabía cómo dejar las cosas de lado. Y, sin embargo, yo fui capaz de resistirle. -Sonrisa de orgullo-. Luego, la situación se puso mucho peor, y al final me desmoroné.
– ¿En qué modo se puso peor?
– Ella empezó a hacer las cosas… propias de una quinceañera.
– ¿A escaparse?
– A desaparecer. A veces, durante días… absolutamente sin previo aviso. Yo mandaba a Ramey a buscarla, pero raras veces la encontraba. Luego, como surgida de la nada, volvía arrastrándose, habitualmente en plena noche, toda ella despeinada, sucia, llorando, prometiendo no volver a hacerlo nunca. Pero siempre lo volvía a hacer.
– ¿Hablaba acerca de dónde había estado?
– ¡Oh! A la mañana siguiente estaría pavoneándose, contándome cosas terribles, con el fin de hacerme sufrir… de cómo había cruzado el puente e ido a la parte negra de la ciudad, cosas así. Nunca supe cuánto de todo ello era creíble… porque no quería creerme nada. Luego, cuando ya fue lo bastante mayor como para conducir, cogía uno de mis coches y se esfumaba. Semanas más tarde comenzaban a llegar los recibos de las tarjetas de crédito y las multas de tráfico, y así descubría por dónde había estado de correría: por Georgia, por Louisiana, por ciudades pequeñas de las que jamás había oído hablar. Y sólo Dios sabe lo que hacía por allá. En una ocasión fue a los carnavales, al Mardi Gras, y volvió a casa pintada de verde. Finalmente, le prohibí que cogiese los coches cuando arruinó mi coche favorito: un encantador Bentley antiguo, pintado de lila, con cristales grabados. Henry me lo regaló para nuestro décimo aniversario. Lo condujo hasta el océano, lo metió dentro, y salió a pie, dejándolo allí. Claro que siempre conseguía hacerse con un juego de llaves de algún coche, y volvía a empezar.
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