Michael Crichton - Latitudes Piratas

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Jamaica, en el año 1665, es una pequeña colonia británica rodeada de territorios españoles y franceses. El Caribe es el gran escenario de las batallas y las luchas entre estos colonizadores. Entre ellos, los corsarios atacan, roban, raptan y matan para hacerse con los tesoros ajenos. Por lo tanto, cuando el gobernador inglés de la isla se entera de la proximidad de un galeón español cargado de riquezas, encarga al corsario Charles Hunter y a sus bucaneros que asalten el barco. Será una difícil y temeraria aventura, pues el comandante de El Trinidad es el sanguinario comandante Cazalla, el favorito del rey español Felipe IV. Esta novela es una espléndida recreación de la vida de la época en Port Royal, aquella ciudad peligrosa, capital de Jamaica, poblada de burdeles, tabernas y de hombres sin ley. En una demostración de su gran talento, Michael Crichton narra la acción trepidante en tierra y mar: raptos y traiciones, huracanes y sorprendentes abordajes.

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¡En espera de juicio, malditos rufianes!

Hacklett despertó con el fragor de las campanadas de la iglesia, y también imaginó su significado. Saltó de la cama, sin hacer caso de su esposa, que llevaba toda la noche despierta, mirando el techo y escuchando los ronquidos de borracho de su marido. Estaba dolorida y profundamente humillada.

Hacklett abrió la puerta de la estancia y llamó a Richards, que acababa de llegar.

– ¿Qué ha sucedido?

– Hunter se ha evadido -contestó Richards con tranquilidad-. Dodson, Poorman y Phips están muertos. Puede que haya más.

– ¿Y sigue suelto?

– No lo sé -dijo Richards, evitando deliberadamente decir «excelencia»

– ¡Dios Santo! -exclamó Hacklett-. Cerrad con llave. Llamad a la guardia. Alertad al comandante Scott.

– El comandante Scott se ha marchado hace unos minutos.

– ¿Se ha marchado? Cielo santo -dijo Hacklett.

Cerró la puerta de la estancia de golpe, con llave y miró hacia la cama.

– Dios santo -repitió-. Dios Santo, ese pirata nos matará a todos.

– A todos no -dijo su esposa, apuntándolo con una pistola. Su marido guardaba un par de pistolas cargadas junto a la cama, y ahora ella le apuntaba con una en cada mano.

– Emily -intentó razonar Hacklett-, no hagas tonterías. No es momento para bromas, ese hombre es un malvado asesino.

– No te acerques más -dijo ella.

Él vaciló.

– Es un farol.

– No lo es.

Hacklett miró a su esposa, y luego las pistolas que sujetaba. Él no era muy ducho en el manejo de las armas, pero a pesar de su limitada experiencia sabía que era extremadamente difícil disparar una pistola con precisión. No sentía tanto miedo como irritación.

– Emily, te estás portando como una maldita idiota.

– Quieto -ordenó ella.

– Emily, eres una inconsciente y una ramera, pero no una asesina y yo…

Ella disparó una de las pistolas. La habitación se llenó de humo. Hacklett gritó aterrorizado. Pasó un buen rato antes de que marido y mujer se dieran cuenta de que no estaba herido.

Hacklett rió, más que nada de alivio.

– Ya ves que no es tan fácil -dijo-. Dame la pistola.

Ella dejó que se acercara antes de volver a disparar, apuntando a la altura de la ingle. El impacto no fue potente. Hacklett siguió de pie. Dio otro paso, acercándose tanto a ella que casi podía tocarla.

– Siempre te he odiado -dijo él, con voz tranquila-. Desde el día que te conocí. ¿Te acuerdas? Te dije «Buenos días, señora», y tú me dijiste…

Sufrió un acceso de tos y se desplomó en el suelo, doblado de dolor.

Sangraba por la cintura.

– Me dijiste -siguió-. Dijiste… Oh, maldita seas mujer, tú y tus perversos ojos negros… duele… me dijiste.

Se balanceó en el suelo, con las manos apretadas sobre la ingle, la cara contorsionada de dolor, los ojos cerrados con fuerza. Gemía al compás de su balanceo.

– Aaaah… Aaaah… Aaaah…

Ella se incorporó en la cama y soltó la pistola. Estaba tan caliente que al tocar la sábana, dejó la marca del cañón en la tela. Rápidamente volvió a cogerla y la tiró al suelo; después miró a su esposo. Seguía balanceándose, gimiendo; de golpe paró y la miró, y habló entre dientes.

– Acaba de una vez -susurró.

Ella sacudió la cabeza. Las cámaras estaban vacías; no sabía cómo cargarlas de nuevo, ni si había balas y pólvora.

– Acaba de una vez -pidió él otra vez.

Emily Hacklett sintió emociones contradictorias. En vista de que no parecía que fuera a morir tan rápidamente como creía, se acercó a la mesilla, llenó un vaso de vino y se lo ofreció. Le levantó la cabeza y le ayudó a beber. Él dio un sorbo, pero después le entró una furia repentina y con una mano sangrienta empujó a su mujer con fuerza. Ella cayó hacia atrás, con la huella de la mano roja en su camisón.

– Maldita seas, puta del rey -susurró, y empezó a balancearse de nuevo.

Estaba tan absorto en su dolor que parecía haber olvidado que ella seguía allí. La mujer se levantó, se sirvió un vaso de vino, tomó un sorbo y contempló la agonía de su marido.

Una hora después, cuando Hunter entró en la habitación, seguía allí de pie. Hacklett estaba vivo, pero con una palidez cetrina, y sus movimientos eran débiles, excepto algún espasmo involuntario. Estaba echado sobre un enorme charco de sangre.

Hunter sacó su pistola y fue hacia Hacklett.

– ¡No! -gritó ella.

El dudó pero después retrocedió.

– Gracias por vuestra cortesía -dijo la señora Hacklett.

37

El 23 de octubre de 1665, la condena de Charles Hunter y su tripulación por los cargos de piratería y hurto fue sumariamente revocada por Lewisham, juez del Almirantazgo, reunido en sesión a puerta cerrada con sir James Almont, que había recuperado el cargo de gobernador de la colonia de Jamaica.

En la misma sesión, el comandante Edwin Scott, oficial jefe de la guarnición de Fort Charles, fue condenado por alta traición y sentenciado a morir en la horca al día siguiente. Con la promesa de conmutarle la sentencia, se obtuvo una confesión de su puño y letra. Cuando terminó de escribir el documento, un oficial desconocido mató a Scott en su celda de Fort Charles. El oficial nunca fue arrestado.

Para el capitán Hunter, ahora protagonista de todos los brindis de la ciudad, quedaba un problema por resolver: André Sanson. El francés estaba ilocalizable, y se decía que había huido a las colinas del interior. Hunter hizo correr la voz de que recompensaría generosamente cualquier información sobre Sanson; a media tarde le llegó una noticia sorprendente.

Hunter, que había establecido su cuartel general en el Jabalí Negro, recibió la visita de una vieja vulgar. Hunter la conocía; era propietaria de un burdel y se llamaba Simmons. Se acercó a él nerviosamente.

– Habla, mujer -dijo, y pidió un vaso de ron para calmar sus miedos.

– Veréis, señor -comentó, bebiendo su ron-, hace una semana, un hombre llamado Carter llegó a Port Royal. Estaba muy enfermo.

– ¿Se trata de John Carter, un marinero?

– En efecto.

– Habla -dijo Hunter.

– Decía que lo había recogido un navio postal inglés de St. Kitts. Avistaron una hoguera en un islote pequeño y deshabitado y pararon a investigar. Encontraron a Carter allí perdido y lo trajeron hasta aquí.

– ¿Dónde está ahora?

– Oh, se marchó. Está aterrorizado ante la idea de encontrarse con Sanson, el villano francés. Ahora está en las colinas, pero me contó su historia.

– ¿Qué historia? -preguntó Hunter.

La vieja vulgar se la contó rápidamente. Carter iba a bordo del balandro Cassandra, cargado con parte del tesoro del galeón, a las órdenes de Sanson. Encontraron un violento huracán, a causa del cual el barco naufragó en el arrecife interior de una isla; la mayoría de la tripulación murió. Sanson reunió a los que habían sobrevivido y les ordenó desembarcar el tesoro y enterrarlo en la isla. A continuación, construyeron una barca con los restos del balandro.

Entonces, según Carter, Sanson los mató a todos, a los doce hombres, y se marchó él solo con la barca. Carter había quedado malherido, pero de alguna manera había logrado sobrevivir y volver a casa para contar su historia. También dijo que no conocía el nombre de la isla, ni la localización exacta del tesoro, pero que Sanson había grabado un mapa en una moneda, que se había colgado al cuello.

Hunter escuchó la historia en silencio, dio las gracias a la mujer y le entregó una moneda por las molestias. Más que nunca deseaba encontrar a Sanson. Se quedó en el Jabalí Negro escuchando pacientemente a todas las personas que llegaron con algún rumor sobre el paradero del francés. Escuchó al menos una docena de versiones distintas: Sanson se había ido a Port Moran; Sanson había huido a Inagua; Sanson se había ocultado en las colinas.

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