Peter Tremayne - El Monje Desaparecido

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La abadía de Imleach, al suroeste del reino irlandés de Muman, se está convirtiendo en un serio rival de Armagh como centro de la fe, gracias sobre todo a las reliquias que conserva. Por ello, las sospechas se dirigen sólo en una dirección cuando se producen simultáneamente dos enigmáticas desapariciones que tal vez estén vinculadas: por un lado, el monje más veterano de la abadía parece haber sido raptado, pero, por si fuera poco, las preciadas reliquias, de gran valor simbólico tanto religioso como político, han sido robadas, lo cual puede tener consecuencias muy indeseables.
Se trata sin duda de una investigación muy delicada, pues un error en la identificación de los culpables puede ser desastrosa, y además nadie consigue hallar la más mínima pista. Hasta que llegan a la abadía sor Fidelma y su inseparable Eadulf.
Paso a paso, con cautela, Fidelma va descubriendo una de las más siniestras conspiraciones con la que jamás se ha enfrentado, en la que intervienen hombres que parecen no detenerse ante nada, ni siquiera ante el asesinato más despiadado, para alcanzar sus objetivos. Sin duda, la novela más terrorífica y emocionante (de momento) de una serie espléndida.

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– Estad alerta, Eadulf -le avisó en voz baja-. Parece que el guerrero lleva la insignia de los Uí Fidgente.

Empujó suavemente al caballo para que avanzara un poco.

– ¡Alto! -gritó el guerrero del centro levantando la espada-. ¡No sigáis adelante!

– ¿Quién da órdenes en este puente con el palacio del rey de Cashel a la vista? -exigió ella con enfado.

El guerrero soltó una carcajada desdeñosa.

– Alguien que quiere impedir el cruce, hermana -respondió con sarcasmo.

– Sabed que soy dálaigh y que no tenéis autoridad para impedirme el paso -le gritó, molesta.

El hombre no cambió de actitud.

– Sé muy bien quién sois, hermana de Colgú. Y sé quién es el cachorro sajón que lleváis con vos.

– En tal caso, si lo sabéis, también sabréis que debéis apartaros, Uí Fidgente, pues no tenéis derecho a cerrar el paso en ningún camino público de este reino.

El guerrero señaló a los arqueros que lo cubrían.

– Ellos me dan ese derecho.

– ¿Y quién os lo ordena?

– Mi señor, Gionga, capitán de la escolta del príncipe Donennach. Nadie cruzará este puente hasta que no se haya celebrado la vista en Cashel. Tales son las órdenes que he recibido de mi señor a fin de evitar más conspiraciones contra el príncipe de los Uí Fidgente.

Fidelma abrió un poco los ojos. Sus pensamientos corrían. ¿Así que Gionga había apostado a una guardia para impedirle ir a Imleach? El puente cubría la única vía rápida hacia Imleach. ¿Cómo se había enterado Gionga de su viaje y por qué consideraba que debía impedirlo? ¿Qué temía aquél que ella fuera a descubrir?

– El puente está cerrado para vos -respondió el guerrero sin facilitar más información-. Ahora regresad a Cashel.

– La guardia de mi hermano no tardará en romper esta barrera -amenazó a su vez Fidelma.

Con cuidado, el guerrero hizo la pantomima de mirar a ambos lados.

– No veo a la guardia de vuestro hermano por ninguna parte -se mofó.

Fidelma no sólo había visto a los arqueros y a su comandante, sino que había localizado a una docena de guerreros Uí Fidgente, o más, acampados dentro de la ráth. No tenía sentido seguir discutiendo con ellos.

Hizo girar con cuidado a la yegua de cara a Eadulf; las pezuñas herradas del caballo resonaban como un tambor sobre el entablado de madera.

– Seguidme -le ordenó a media voz-. ¿Habéis oído lo que he hablado con el guerrero Uí Fidgente?

Eadulf asintió, obedeciendo sus instrucciones sin pronunciar palabra. Sintió un hormigueo en la espalda al exponerla a los hombres que les amenazaban con los arcos tensos, listos para atacar.

– Al parecer, todo esto confirma la existencia de una conspiración por parte de los Uí Fidgente -susurró el joven cuando estuvieron fuera de alcance-. Gionga debe de estar desesperado por impedirnos ir hasta Cnoc Áine a buscar pruebas. No hacen falta más evidencias que demuestren su culpabilidad.

– Eso es lo que me preocupa. Estoy segura de que Gionga se daría cuenta de que se avisaría enseguida a los guerreros de Cashel y que éstos no tardarían en dispersar a esos hombres. La deducción lógica sería que los Uí Fidgente reconocen su culpabilidad con esta acción.

– Está claro que se han salido con la suya en algo, y es que no lleguemos a Imleach esta noche. De aquí a Cashel tenemos más de seis kilómetros.

– Llegaremos esta noche -aseguró Fidelma con voz firme-. Cuando rebasemos la próxima curva y estemos fuera del campo de visión de los hombres del puente, veréis que hay un camino a mano derecha que va hacia el sur. Torced al llegar.

– ¿Hacia el sur? Creía que era el único puente sobre el río en kilómetros.

Fidelma soltó una risita.

– Y lo es.

– Entonces, ¿qué…?

– Deprisa. Ahí está el camino.

Llamarlo camino era hacerle un honor. No era más que un sendero angosto por el que el caballo a duras penas podía pasar, rozando arbustos y árboles constantemente. El sendero desaparecía en una amplia y oscura franja de boscaje que crecía a lo largo de la ribera.

– ¿Y ahora qué? -preguntó Eadulf, espoleando a su joven caballo verdor adentro.

– Este camino nos llevará hacia el sur a través de los bosques ribereños. A unos ochocientos metros, la espesura da paso a un terreno abierto y pantanoso. Entonces yo pasaré delante, porque los caballos andarán entre juncos y pantanales. A otros ochocientos metros de allí, deberíamos llegar a un vado del río que poca gente conoce. Se llama Atha Asail, o el vado del Asno. Es un cruce traicionero, pero lo sortearemos. No retrasaremos más el viaje.

– ¿Estáis segura de que es el mejor plan? -se lamentó Eadulf, pensando en las aguas turbulentas del río.

Aunque se había encontrado con un sinfín de situaciones peligrosas, no era hombre que gustara de buscar riesgos innecesarios. No creía en el proverbio sajón que decía: «el peligro y el placer son vástagos de un mismo tallo». Eadulf halló su filosofía de vida en un escrito de Lucrecio: «Cuando los vientos turban las aguas de alta mar, es grato contemplar desde tierra los grandes peligros que a otros acechan».

– De pequeña solía cruzar el vado del Asno. No entraña peligro alguno si se tiene cuidado -dijo Fidelma para sosegarlo-. Si queréis ejercitar la mente, ¿por qué no pensáis en cómo ha sabido Gionga que nos dirigíamos a Imleach?

Eadulf cambió de cara: aquello ni se le había ocurrido.

– Quizás oyó algo mientras hablábamos con vuestro hermano. O quizá durante nuestra conversación con el hermano Conchobar al pedirle que trazara un esbozo del crucifijo. Tal vez nos viera ensillar a los caballos e hizo sus propias deducciones.

Fidelma chasqueó la lengua en señal de desaprobación.

– No me ayudáis mucho -lo reprendió-, pues sólo expresáis dudas que ya me he planteado. Necesito respuestas. Ya tengo una respuesta negativa a vuestra última pregunta, pues, ¿cómo habría tenido tiempo de enviar a sus hombres para encontrárnoslos en el puente? O, si ya estaban allí, ¿cómo iba a tener tiempo de enviar a alguien para avisarles de que llegábamos? Él ya sabía adónde íbamos antes de ponernos en marcha.

– Entonces os hace falta un profeta para que os conteste -murmuró Eadulf, irritado por aquel incómodo sendero que discurría entre brezos que le rozaban las piernas, y ramas que se le enganchaban, y preocupado por tener que vadear las aguas rápidas del río-. Debierais haber consultado a ese viejo mago amigo vuestro, el hermano Conchobar.

Fidelma hizo un mohín.

– ¿Por qué lo llamáis mago?

Eadulf soltó un gruñido al rasparle una mata de brezo en el tobillo.

– Porque se dedica a la adivinación observando las estrellas, ¿o no? ¿Cómo puede hacerse llamar cristiano y hacer eso?

– ¿Acaso están en conflicto ambas cosas? -preguntó Fidelma, pensativa.

Eadulf notó cómo aumentaba su irritación.

– ¿Cómo podéis afirmar lo contrario?

– Trazar mapas de las estrellas y descifrar su significado es una antigua tradición de este país.

– La Nueva Fe ya debería haber sustituido semejantes tradiciones paganas. Están prohibidas. ¿Acaso no dice el Libro de Isaías?: «Que se presenten, pues; que te salven los que dividen los cielos y observan las estrellas, y echan la cuenta de los meses, de lo que ha de venir sobre ti. Helos aquí como briznas de paja que ha consumido el fuego; no podrán salvar sus vidas del poder de las llamas; brasas, pero no para calentarse en ellas, ni hoguera para sentarse ante ella. Eso serán para ti…».

Fidelma esbozó una sonrisa. No podía evitar sonreír cada vez que Eadulf se enredaba en discusiones teológicas, ya que, debido a su adhesión a la doctrina de Roma, discrepaban en muchos aspectos de la Fe. Fidelma era una mujer fiel a su propia cultura.

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