Joseph Gelinek - El Violín Del Diablo

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La concertista española de violín Ane Larrazábal aparece estrangulada en el Auditorio Nacional de Madrid después de haber interpretado el Capriccio nº 24 de Paganini, la que se dice es la obra más difícil jamás compuesta para violín.
El asesino ha dejado escrita en su pecho, con sangre de la propia víctima, la palabra iblis, que signifca diablo en árabe. Su valioso instrumento, un Stradivarius que tiene tallada en la voluta la cabeza de un demonio, ha desaparecido. El jefe superior de Policía asigna el caso a Raúl Perdomo, uno de los investigadores más hábiles del cuerpo. Perdomo es muy crítico con los fenómenos paranormales, pero cuando empieza a sufrir extrañas y estremecedoras visiones que no logra explicarse, decide recurrir a los servicios de una parapsicóloga. Su intervención será clave para descubrir la identidad del asesino.
Una novela basada en hechos reales.
Una trama policíaca repleta de tensión y mucha información interesante sobre Paganini, Stradivarius, los Luthiers y el Diablo. Una reflexión acerca de la figura del demonio y del pacto satánico, que ha inspirado obras literarias de la talla del Fausto de Goethe o del Dr. Faustus de Thomas Mann. Un thriller policíaco que plantea la existencia de los objetos malditos, capaces de atraer las desgracias más funestas hacia sus propietarios.

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– ¡El pizzicato de acompañamiento suena pusilánime, encogido, ñoño!

Para hacerse entender más claramente, el director se puso a canturrear la figura del acompañamiento:

Pom, pam, pam, pam,

Pom, pam pam, pam,

pero lo hizo de una manera afectada y grandilocuente, que resultó, a juicio de la mayoría de los músicos, ridícula. Se hacía evidente que aquel hombre padecía algún tipo de trastorno histriónico de la personalidad, pues sus gestos en el podio eran exagerados y teatrales, como si más que la comunicación con los músicos lo que buscara fuera convertirse a cualquier precio en el centro de su atención. Una de las primeras violinistas no pudo aguantar una pequeña carcajada, que no pasó inadvertida al director.

– Si he dicho algo gracioso, por favor, coméntelo en voz alta, para que nos podamos reír todos.

La instrumentista agachó la cabeza, avergonzada, y procuró ocultar su gesto jocoso con las manos. Mientras Lledó la fulminaba con la mirada, se dirigió al resto de la orquesta:

– Señores, estamos tocando a Paganini, no a Boccherini. Siglo xix, no siglo xviii. No quiero que esto parezca un minueto, no puede sonar a música galante, ceremoniosa y cortés. Pizzicato no quiere decir «pellizquito», sino «pellizcazo». Quiero que las notas suenen rotundas, desafiantes. ¡Que los contrabajos rujan como galernas!

El primer violín solicitó permiso para hablar y Lledó se lo concedió desde el podio.

– Maestro, ¿no ha pensado que si sonamos en forte durante el acompañamiento, la entrada del solista va a ser mucho menos efectiva? Además de que dudo mucho que se le escuche.

El director esbozó una sonrisa displicente antes de responder:

– ¡El solista ya tendrá oportunidad de lucirse cuando empiecen los efectitos -dijo, como si éste no se encontrara presente en la sala-. Aunque se llamen «Variaciones para violín y orquesta», Las brujas es un concierto. Y «concierto» viene de concertare , que es batallar. Esto es una guerra y en una guerra gana el más fuerte.

Un ayudante se acercó al podio para informarle de que había llegado la policía y, sin descender siquiera del podio, el director se volvió para decirle a Perdomo:

– Tengo todavía para un rato, inspector. ¿Por qué no se da una vuelta por ahí y luego nos vemos directamente en mi despacho? Mis músicos se distraen una barbaridad cuando hay gente ajena al ensayo merodeando por el patio de butacas.

Perdomo le hizo un gesto afirmativo con el pulgar y abandonó la Sala Sinfónica sintiendo que decenas de inquisitivas miradas le taladraban la nuca mientras se alejaba.

27

Nada más abandonar la Sala Sinfónica, el inspector Perdomo decidió aprovechar la visita al Auditorio y volver a visitar la escena del crimen. Tenía más que comprobado que regresar al lugar de los hechos tenía muchas veces el poder de provocar alguna reflexión interesante o de hacer emerger del inconsciente alguna idea latente que podía transformarse rápidamente en una nueva línea de investigación.

Una de las cuestiones que más le intrigaban era la manera en la que el o los asesinos habían podido sacar el violín del recinto a pesar del estricto cordón policial. Si el criminal era verdaderamente astuto, ¿no habría intentado ocultar el valioso instrumento dentro de la propia Sala del Coro, para retirarlo luego cómodamente, una vez que fuera eliminado el precinto policial? Al fin y al cabo, un violín era un objeto de reducidas dimensiones, que podía camuflarse en casi cualquier rincón. Perdomo no sabía exactamente cómo llegar a la Sala del Coro, así que se acercó a uno de los vigilantes de seguridad que se ofreció a acompañarle en cuanto terminara de solucionar un problema que había surgido con una de las cámaras.

Mientras tanto, le dijo, ¿por qué no se sentaba a esperar en uno de aquellos cómodos butacones? Sería cosa de tan sólo cinco minutos.

El inspector decidió aceptar la sugerencia del vigilante y se apoltronó en un sillón.

Al mirar a su derecha, divisó un largo pasillo en penumbra, del que apenas se lograba distinguir el final. El policía notó cómo llegaba hasta él una desagradable corriente de aire frío, por lo que dedujo que alguien, en algún lugar no lejano, debía de haber dejado abierta una de las puertas que daban a la calle. Como obedeciendo a un extraño impulso, Perdomo echó a andar en esa dirección y a los pocos segundos escuchó un ruido metálico y desagradable, como si alguien arrastrara un objeto pesado por el suelo. Acto seguido logró vislumbrar, saliendo de una de las puertas que daban a aquel interminable pasillo, una figura inquietante, como de mujer menuda y nerviosa, en la que creyó reconocer la persona de la médium Milagros Ordóñez. Antes incluso de que pudiera llamarla, Perdomo se dio cuenta de que la figura había advertido su presencia, porque giró la cara en su dirección, y durante el tiempo suficiente para que el policía deseara que no le hubiera mirado.

La apariencia física y la ropa se correspondían con la de Milagros, pero los ojos eran claramente los de su esposa fallecida: unos ojos que habían perdido su color natural y resaltaban, con un amarillo espeluznante, en medio de un rostro cadavérico y arrugado, como el de una persona que hubiera permanecido mucho tiempo en el agua.

El policía recordó que cuando fue a recoger el cuerpo de su mujer sin vida al mar Rojo, el forense local le había informado de que el rostro de la víctima no resultaba agradable de ver, por lo que rogó a la amiga que había realizado el viaje con ella que llevara a cabo la identificación del cadáver. Perdomo trató de gritar un nombre -ni siquiera supo si el que le vino a la cabeza era el de la médium o el de su esposa ahogada-, pero se dio cuenta de que el impacto de aquella visión aterradora le había dejado literalmente sin aliento, que no podía articular palabra aunque lo intentara. Estaba a punto de retroceder, de alejarse rápidamente de aquella criatura pavorosa que le miraba implacablemente desde la mitad del pasillo, pero tuvo miedo; temía que aquel ser pudiera percatarse del pánico que estaba sintiendo en ese momento e hiciera lo que más habría atemorizado a Perdomo en una situación semejante: acercarse a él. En cuanto la criatura comprobó que el policía le guardaba la cara y no retrocedía ni un centímetro, comenzó a alejarse con un movimiento que a Perdomo volvió a helarle la sangre, pues parecía deslizarse sobre el suelo, más que caminar con ayuda de sus piernas. El inspector seguía aún clavado en su sitio cuando oyó cerrarse una puerta, y enseguida sintió que la corriente de aire gélido del principio había desaparecido por completo.

– Cuando quiera, inspector. -La voz del vigilante le despertó de su pesadilla, aunque Perdomo tardó unos segundos en incorporarse del sillón, narcotizado como estaba por los vapores de aquel sueño aterrador.

Mientras caminaba con el vigilante a un metro por delante de él, ejerciendo de lazarillo, el inspector iba mirando a izquierda y derecha, como si temiera que en cualquier momento pudiera aparecer realmente la criatura de su sueño. Una vez que llegaron a la Sala del Coro, el guardia de seguridad se fue a atender sus quehaceres. Perdomo rompió entonces el precinto policial con su cortaplumas y entró en el lugar en el que Ane Larrazábal había sido asesinada.

La sala, que no tenía ventanas a la calle, estaba completamente a oscuras y a Perdomo le costó cerca de diez segundos encontrar a tientas el interruptor de la luz. Tuvo miedo de que, durante esos larguísimos instantes, aquellos terribles ojos amarillentos de su pesadilla le estuviesen observando desde algún rincón de la habitación, pero no ocurrió nada. Cuando la sala se iluminó, todo estaba exactamente igual que la noche en que había encontrado el cuerpo.

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