Gregg Hurwitz - Cuenta Atrás

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Latinoamérica es víctima de constantes desastes ecológicos: los rayos solares que atraviesan los agujeros de la capa ozono pueden quemar la piel humana en cuestión de minutos, muentras que los terremotos y los huracanes están a la orden del día. Un grupo de investigadores es enviado a una isla de las Galápagos con el objetivo de instalar unos detectores de actividad sísmica que permitan prevenir futuros seísmos y paliar de algún modo sus devastadores efectos. Como refuerzo y protección, les acompaña un equipo de soldados de la marina estadounidense.

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Los matorrales y las plantas abarrotaban el monte bajo y las ramas de los árboles estaban forradas de musgo y enredaderas, lo cual hacía del bosque una espesura desde el suelo hasta las copas de los árboles. Los líquenes, en los troncos de los árboles, eran blancos aunque a veces presentaban un sorprendente rojo o naranja y contrastaban fuertemente con los verdes y marrones del bosque.

El hambre había apremiado al perro hasta aquella altura; la partida de la mayor parte de las familias granjeras de Sangre de Dios significaba menos montones de compost que asaltar alrededor de las austeras casas. Las gallinas que dejaron atrás ya habían sido asaltadas en sus gallineros por una afortunada manada de perros que le echaron cuando él intentó colarse en la matanza. Volvió al día siguiente, pero no había quedado nada excepto unas cuantas manchas de sangre en los tablones de madera que él lamió hasta hacerse sangre en la lengua. Consiguió desenterrar un par de nidos de tortuga en los campos de barbecho de detrás del bosque y comió unos cuantos huevos, pero eso había sido la semana anterior y, desde entonces, no había encontrado nada de comida.

Se dirigió hacia delante, entre los árboles, con un brillo amarillo en los ojos. Una piedra alojada en la almohadilla de la pata delantera le obligaba a mantener un paso extraño, pero cuando llegó al blando suelo del bosque, recuperó el paso ligero de un predador.

El viento cambió de dirección y el perro captó un olor a algo, al tiempo que notaba una presencia en las alturas. Un ser vivo. Movió el hocico y levantó el labio en un gruñido silencioso; los dientes le brillaban en la noche. Unos hilillos de mucosidad seca le bajaban desde el lagrimal.

Se dirigió hacia delante furtivamente, hundiendo los pies en el barro, con la cabeza gacha y el pelambre desordenado y áspero. Pasó sigilosamente al lado de un grupo de árboles cuyos altos troncos se perdían entre el follaje y las plantas del suelo. El paso se hizo más largo cuando llegó a un claro donde los árboles, como centinelas, custodiaban una charca de barro. El viento silbaba a través de las ramas muertas.

De repente, el perro se detuvo al notar una extraña sensación de peligro y emoción, con un pie levantado y dibujando un ángulo cerrado, como el de un pointer, y los otros tres hundidos en el barro. Contuvo la respiración. Tenía los ojos muy abiertos, pero no movió la cabeza. El constante movimiento de las costillas bajo el pelaje cesó. Se quedó inmóvil. Era casi invisible en la noche.

En un instante, la planta que tenía a la derecha cobró vida y dos patas depredadoras se abalanzaron sobre él. Los apéndices, cubiertos de púas, se enrollaron alrededor de su cuerpo. El perro emitió un aullido de dolor al ser izado en el aire. Forcejeó para librarse de aquel fuerte abrazo, gruñendo. El ataque duró unas décimas de segundo.

Una cabeza triangular con unos colmillos afilados y vibrantes se acercó a la cabeza del perro, cuyo aullido se interrumpió en seco cuando la criatura cerró las mandíbulas sobre su cuello.

El perro se revolvió entre las patas de la criatura mientras ésta le devoraba a la altura del cuello, buscando los nutritivos tejidos que se encuentran en la cavidad del pecho. El perro aportaba una buena nutrición, aunque no era suficiente ni de lejos. El apetito de la criatura iba en aumento. La provisión de perros y cabras en la isla escaseaba cada vez más, y las vacas eran demasiado pesadas.

La criatura desechó las patas y la cabeza, así como un largo segmento de intestinos que fueron a parar al suelo, como un trozo de cuerda. La criatura raramente comía del suelo.

Después de terminar, la criatura bajó la cabeza y se limpió los restos de carne de las espinas de las patas y de la cabeza con movimientos gatunos. Luego dio un paso atrás y se metió entre los árboles con un movimiento ondulante que imitaba a la perfección el follaje circundante mecido por la brisa. Así se confundió con los árboles y desapareció de la vista.

6

23 dic. 07

Se oía gotear agua en algún lugar, cerca. La ventana no iluminaba lo suficiente la celda de Savage para permitirle ver dónde goteaba el agua, pero la oía. Miró a través del pequeño cuadrado azul, partido en tres por los barrotes de hierro, y se dio cuenta de que no había ninguna nube en el cielo. Probablemente era una tubería rota en algún lugar, una tubería en malas condiciones. Probablemente lo habían hecho a propósito, esos cabrones. La tortura china.

Se acercó a la parte delantera de la celda y resistió el impulso de agarrarse a los barrotes como cualquier bruto criminal de una película del Oeste. Había perdido una bota y notaba el suelo húmedo bajo el calcetín. Le arrestaron el viernes y no se dieron prisa en los trámites, dejando pasar todo un fin de semana hasta el proceso del lunes. Habían sido dos días pacíficos.

Al otro lado del pasillo, un prisionero pálido y carnoso se encontraba sentado en el suelo con las piernas abiertas, como un niño. Sobre el pecho de la camiseta se leía FIN, escrito con rotulador negro. Probablemente le habían encerrado, borracho, la noche anterior. Se estaba frotando por encima de los pantalones de prisión.

– Encantador -dijo Savage.

– Eh, amigo, ¿intentas echar un vistazo gratis?

Savage se dirigió hacia la cama y la tumbó, tirando el delgado colchón sobre el suelo sucio. Apoyó el delgado somier contra la pared, enganchando dos de sus patas en la cornisa de la ventana. Trepó hasta arriba, introdujo las piernas entre los barrotes de aluminio y se tumbó de espaldas hacia abajo. Unos mechones de pelo se le soltaron del pañuelo.

Fin estaba de pie, al otro lado del oscuro corredor, mirando.

– ¿Intentas escapar, amigo? ¿Crees que vas a ir a alguna parte? -Se rió con una carcajada aguda-. Estoy en las grandes ligas, ya sabes. Consígueme una chica cortada como una muñeca de papel.

Savage desconectó e inició sus abdominales, intentando levantar los hombros directamente hacia el techo para aumentar la tensión en el estómago. Cuando se encontró a la mitad de su tanda empezó a gruñir ligeramente a cada esfuerzo.

Fin le miraba, gruñendo con él y exagerando los gruñidos hasta convertirlos en gemidos. Cuando Savage acabó la tanda y rodó hacia atrás por encima del hombro hasta el suelo, Fin continuó gimiendo, añadió algún grito y se acompañó de movimientos de cadera. De repente gritó con una sonrisa de satisfacción y se estremeció, como si hubiera eyaculado. Acto seguido, empezó a saltar sobre las puntas de los pies y se rió con carcajadas monótonas.

Savage le miró, impasible. Se tumbó boca abajo sobre las palmas de las manos, con las piernas contra la pared. Empezó a hacer flexiones, bajando y subiendo el cuerpo. La celda era tan fría que el aliento se le condensaba delante de los ojos.

– Me gustaría estar ahí, amigo -le dijo Fin-. Ese bajar y subir tuyo me está dando escozor en el vientre. Me hace querer…

Savage le oyó hacer algún gesto furioso pero no prestó atención y se esforzó en hacer las últimas flexiones. La tensión en el tríceps aumentó, bajó las piernas de la pared y extendió los brazos para relajarlos.

– Seguro que te gusta creer eso, ¿eh, amigo? Creer que quiero follarte. Bueno, no soy un maricón. Consígueme una señorita ahí fuera. No estoy aquí por hacerlo por detrás, ya me entiendes. No soy una reina. -Fin se golpeó el pecho con el puño y su estómago tembló-. No quiero ningún cacho de ti. No señor.

Savage levantó la vista hacia él.

– No recuerdo haberte hecho ningún ofrecimiento.

Fin se pasó un dedo por la papada amarillenta.

– He visto cómo me mirabas. Cuando me estaba tocando. Conozco esa mirada. Le he partido la cara a más de uno por menos que eso. Monté un lío una vez, en el sur, a las afueras de Ciudad Juárez…

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