– ¿Cómo coño vas a disparar desde aquí? -dijo Walters con un enfado creciente-. Desde este punto sólo se ve el follaje y no podemos bajar más con el helicóptero.
Savage sonrió con el cigarrillo en la boca y se inclinó hacia atrás, sacando el cuerpo fuera del helicóptero, al tiempo que tomaba la Win Mag con una mano. El harapiento calcetín fue lo último en desaparecer de la puerta del helicóptero. Hubiera parecido que se trataba de un salto suicida a no ser por el mosquetón, que se tensó enganchado en la estructura del helicóptero.
Cuando hubo caído los veinte metros de la cuerda, ésta sujetó a Savage de un tirón, que quedó flotando en posición horizontal, en postura de tirador. Por debajo de él, el vacío se alargaba eternamente hasta los cantos rodados cubiertos de nieve del fondo. Savage ya tenía el rifle colocado contra el hombro antes incluso de llegar al final de la caída, con el ojo en la mirilla.
La baja posición le permitió tener un ángulo de visión mucho más apropiado; veía una buena parte del interior del bosque entre los troncos de los árboles. La luz era magnífica y se filtraba, fina y brillante, entre las hojas de los árboles.
Se sentía seguro con el Blackhawk; desde el Golfo sabía que podía levantar un peso de tres mil seiscientos kilos. Así que él, con su rifle, era un juego de niños.
Esperó pacientemente, observando por la mirilla la línea de una colina baja por donde el oso tenía que aparecer, a una distancia de unos cuatrocientos metros.
Savage contó en silencio. Cinco… cuatro… tres… La cabeza del oso apareció. Este miró hacia delante y al ver el helicóptero se puso sobre sus dos patas posteriores. Savage escupió el cigarrillo.
– Llegas temprano -gruñó al tiempo que apretaba el gatillo.
La bala le entró directamente por la boca abierta, pero Savage no pudo verlo porque el impacto del rifle le lanzó hacia atrás, dejándole en un balanceo bajo el helicóptero. A pesar de todo, mantuvo el ojo en la mirilla hasta que divisó el cuerpo caído del oso.
Bajó el rifle, que quedó colgando de la tira alrededor del cuello, y empezó a trepar por la cuerda a pulso. Al llegar arriba, pasó una pierna por el tren de aterrizaje y de ahí, se izó hasta el interior del helicóptero. Walters y el piloto lo miraron sin decir palabra.
24 dic. 07
El Blazer de color verde oscuro volaba por la autopista, entre los barrios periféricos de Sacramento, mientras la música country atronaba en los altavoces. Justin conducía a más de ciento cuarenta por hora y cantaba siguiendo la música. Se quitó la camiseta y alcanzó la de camuflaje que tenía en el asiento trasero. El Blazer zigzagueó un poco. Con tranquilidad, Cameron se inclinó hacia delante y sujetó el volante.
– Entonces ¿concertaremos una visita justo a la vuelta? -preguntó-. Quiero terminar con esto.
– Por supuesto.
Justin le acercó una mano y le acarició la nuca. Ella le puso la suya encima y se la apretó con impaciencia antes de apartarle. Miraba por la ventanilla los árboles que desaparecían volando a su paso.
Por la radio empezó a sonar Brooks & Dunn y Justin cantó con ellos utilizando como micrófono una pistola descargada que sacó de la guantera. En el punto álgido de My Maria, subió la voz como un tirolés. Cameron sabía que él la veía sonreír en el reflejo de la ventanilla.
– Un arma no es un juguete -le dijo.
– ¿Ves? Ya te has vuelto vieja.
Justin salió de la I-5 por la calle Q y se dirigió hacia el este. Cameron vio a un pequeño grupo de soldados cuando el Blazer dobló la esquina en la calle Nueve. Era difícil no ver a los soldados, vestidos con los uniformes de camuflaje. No pasaban precisamente inadvertidos frente a la fachada de estuco del Nuevo Centro.
Justin, con una sonrisa, redujo la velocidad al pasar cerca del grupo.
– Szabla, Tank. Dios santo, ¿ése es Tucker?
– ¿Quién es ese otro tipo? -preguntó Cameron, señalando a Savage, que se encontraba apoyado contra la pared, un poco apartado de los demás.
– No lo sé. Debe de tener unos cincuenta años. Se parece a tío Dicky con resaca.
Savage lanzó un escupitajo a la placa de la calle P que se estrelló justo en el centro y quedó colgando de él como una estalactita amarilla. Szabla se encontraba de cara al edificio, lanzando ganchos de boxeo al aire y hablando en voz baja para sí misma. Tank estaba totalmente quieto, con los brazos cruzados sobre el inmenso pecho.
Justin aparcó, él y Cameron salieron del coche y se dirigieron hacia los demás.
Tucker los vio primero y les saludó con la mano. Tucker, con una mandíbula fuerte, muy americana, los ojos azules y el pelo liso y rubio, parecía un modelo de gafas de sol o un funcionario de las SS, según la seriedad de su expresión. Creció en centros de acogida hasta los doce años después de que sus padres le abandonaron en una parada de camiones. Un hoyuelo en el lóbulo de la oreja izquierda recordaba el piercing que se hizo unos años atrás con un clavo. Hacía un poco más de un año que había abandonado el servicio activo y se había perdido de vista. Cameron siempre pensó que había algo vulnerable en su tímida sonrisa, una ligera expresión de inseguridad a pesar de su buen aspecto. A menudo se había preguntado cómo le iría.
– Eh, chicos -dijo Tucker con el acento lento y suave de Alabama.
Al acercarse, Cameron se dio cuenta de que Tucker tenía un aspecto algo diferente, no exactamente enfermo pero sí cansado, como si acabara de salir de una angustiosa pesadilla. Tucker sonrió.
– Eh, Tucker -respondió Cameron al tiempo que Tank la envolvía en un gran abrazo.
Tank, un tipo grande como un edificio, llevaba un corte de pelo que le hacía la cabeza cuadrada. Cameron y Justin sospechaban que sentía una fuerte atracción por Cameron; en situaciones fuera de combate, ella era la única persona a quien permitía que le tocara. Supuestamente, Tank había sido el primero de clase durante su entrenamiento en el Curso de Supervivencia Submarina de las Fuerzas Especiales de la Armada, en Coronado; más adelante fue artillero con Justin en el Equipo Ocho y su envergadura le permitía acarrear una M-60. Nadie sabía casi nada del pasado de Tank, pero se rumoreaba que jugaba como centro en el Notre Dame.
Tank no era muy hablador.
– ¡Szzzaaabbbllaaa! -soltó Justin con una sonrisa. La ese de Szabla era muda, lo cual daba un ritmo al nombre que los soldados pronunciaban como una palabrota afectuosa, Zabla. El nombre, junto con un rottweiler de 50 kg llamado Draeger era lo que le quedaba de un breve matrimonio que contrajo demasiado pronto.
Szabla se volvió hacia Justin, todavía en postura de luchadora, e hizo como que le largaba dos ganchos a la cara. Szabla, una mujer negra de rasgos regulares y bien definidos, era atractiva a pesar de su apariencia dura. Tenía los músculos de los brazos mejor definidos que la mayoría de los soldados hombres y Justin aseguraba que se podía colocar una cerveza en el estante que era su tríceps. Como siempre, llevaba un top con tirantes para mostrar su forma física; esta vez era uno verde caqui. Szabla mostraba más su forma física que su inteligencia, así que era fácil olvidar que había estado en el Cuerpo de Entrenamiento de los Oficiales en Reserva, que había estudiado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y que pertenecía a la Hermandad Universitaria Phi Beta Kappa. Fue ingeniera antes de la graduación y, después de graduarse, fue la primera mujer que pasó por el entrenamiento del Curso de Supervivencia Submarina. Aunque se quedó en la reserva de las Fuerzas Especiales, trabajaba como ingeniero de estructuras en una empresa del centro de Sacramento.
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