Savage fingió un escalofrío, aunque mantuvo una expresión burlona en el rostro.
– Malas noticias.
– Es una clase de muerte distinta -dijo Walters-. Animales salvajes. Por lo menos en una guerra uno sabe a qué se expone. Una bala en la cabeza, una granada en el vientre, y todo acaba. No es como esto. Como ser comido.
Savage observó el rifle que Walters tenía sobre el regazo. Un Win Mag de 300, manual, con una mira telescópica de diez aumentos. El arma era potente, una de las pocas que tenía la fuerza suficiente para detener a un oso adulto.
– ¿Has luchado en muchas guerras, no?
Sin hacerle caso, Walters se inclinó hacia delante y dejó el arma en el suelo, al lado de los pies.
– La semana pasada, el gobernador de Montana envió, personalmente, a dos rastreadores a los bosques para acabar con el problema de los osos. Uno de ellos volvió al cabo de cuatro días sin haber avistado a ninguno. Con el otro perdimos el contacto. Presumiblemente, ha muerto. -Las manos se le cerraron en un puño-. Necesitaban solucionarlo. Me llegó el aviso. Reservé el helicóptero e incluso prometí que te dejaría en Sacramento para asegurarme de que lo conseguía. -Se pasó la lengua por las encías-. Pensamos en utilizar como centro el lugar donde el segundo rastreador estableció contacto de radio con nosotros y, a partir de ahí, rastrear el área en espiral.
Savage dio una profunda calada al cigarrillo y lo tiró por la puerta abierta. Lo miró mientras caía, un punto rojo brillante girando en el viento.
– Buena idea -le dijo con el punto justo de sarcasmo en la voz.
Abajo, un río se abría camino a través de curvas y sobre cantos rodados para acabar cayendo en cascada por un salto de seis metros. Savage no oía el ruido del agua a causa de los motores del Blackhawk, pero se lo imaginó a la perfección y sintió la fuerza del agua como si ésta corriera por sus venas.
Unas horas antes, los guardias habían firmado su libertad. Agresión, crueldad con los animales, asalto a mano armada, todo eso se desvanecía si él accedía a participar en la misión, fuera cual fuera. Sabía que había escasez de tropas norteamericanas desde que todos esos problemas habían estallado en el sur, pero hasta aquel momento no tenía una idea clara de hasta qué punto eso era verdad. Él había estado en el Golfo, pero la última guerra en la que había participado había sido Vietnam. Esperaba que le hubieran elegido por sus méritos; si lo que hacían era recorrer las prisiones en busca de cualquiera que tuviera experiencia militar, eso significaba que tenían más problemas de lo que él podía imaginar.
El helicóptero inició el descenso tan de repente que Savage tuvo que agarrar el rifle para que no se cayera por la puerta. Se lo devolvió a Walters en silencio al tiempo que percibía la sonrisa del piloto reflejada en el cristal del parabrisas. El helicóptero bajó de nuevo.
– La tengo -dijo el piloto con excitación-. Se dirige al sur.
Walters se llevó los prismáticos a los ojos y localizó a la osa, que corría a lo largo de la cordillera, a unos dieciocho metros del barranco. De piernas tan gruesas como bóvedas de cañón, se movía con una rapidez impresionante, pisando los árboles caídos y lanzándose contra los matorrales.
– Mierda. No la pierdas -exclamó Walters. Se inclinó hacia delante y se agarró al respaldo del piloto.
– Nos ha oído y quiere salvar el culo -gritó el piloto con las manos apretando el mando de control, intentando desesperadamente no perder al animal de vista.
Walters empujó a Savage a un lado y sacó la cabeza por la puerta. Apuntó, con el fusil balanceándose a cada movimiento o giro del helicóptero. Disparó una vez y soltó una maldición. Acto seguido, forcejeó para abrir el rifle.
Savage, con tranquilidad, se apoyó contra uno de los costados del helicóptero desde donde distinguía la mancha gris de un flanco del oso. Walters, tambaleante en su puesto, disparó de nuevo y salió despedido hacia atrás por el impacto.
Savage suspiró.
– ¿Tienes intención de conseguirlo pronto?
– No consigo ver el blanco con claridad con esa densidad de follaje -chilló Walters.
– No hay ningún lugar donde aterrizar -dijo el piloto.
Savage tomó un arnés y empezó a manipularlo al tiempo que se sacaba el cuchillo de la funda que tenía atada a la pantorrilla derecha.
Después de cargar el rifle de nuevo, Walters se volvió hacia Savage, que en esos momentos se estaba pasando el arnés por los hombros.
– ¿Qué coño estás haciendo? -le gritó.
De repente, vislumbró de nuevo al oso y con rapidez levantó el rifle y disparó.
Savage ató al arnés una gruesa cuerda que se encontraba en el suelo, a su lado, y luego aseguró el otro extremo a un mosquetón, que enganchó a la estructura del helicóptero. Hizo una pausa para encender un cigarrillo y miró a Walters.
– Para matar a un oso hace falta disparar de forma adecuada. A la cara, los pulmones o el corazón. Ni siquiera disparando a la cabeza se consigue nada. Tiene un cráneo duro como una armadura. Hace falta un disparo limpio y eso es imposible subiendo y bajando en picado como una cometa y con el oso corriendo a toda velocidad bajo las copas de los árboles.
– Ya has oído al piloto: no podemos aterrizar en ninguna parte. Este es el mejor ángulo que conseguiré.
El Blackhawk se detuvo, balanceándose bajo las hélices.
– La he perdido -dijo el piloto-. Joder, la he perdido.
Una ráfaga de viento se precipitó sobre el helicóptero y lo hizo oscilar.
– ¿Es que tengo que hacerlo todo yo? -gritó Walters-. ¿Sólo me dejáis una ventana con un ángulo de visión mínimo y ahora se supone que también tengo que dirigir el aparato?
Lanzó el rifle contra el suelo. Savage lo recogió y miró por la mirilla.
– Continúa hacia el sur -dijo Savage con suavidad.
El piloto giró la cabeza y miró a Walters, no muy seguro de que debiera obedecer esa orden.
– ¿De qué coño estás hablando, Savage? -dijo Walters-. Tenemos que volar en círculo hasta encontrarlo.
Savage dio una calada al cigarrillo y sacó el humo por la nariz, como dos dragones gemelos.
– Tenemos unos tres minutos para dirigirnos al sur, donde esa cascada termina. Ésta es la dirección que el oso ha tomado y va siguiendo la cordillera. Ahora puedes quedarte aquí sentado como el jodido chupatintas que eres o puedes entrar en acción como el hombre que siempre quisiste ser. Pero intenta decidirte en diez segundos como mucho para que yo tenga por lo menos una posibilidad de colocarme en posición.
Walters se mordió el labio con la vista clavada en Savage, el cual le devolvió la mirada.
– Muy bien -dijo Walters por fin. Hizo una seña al piloto y se sentó en el asiento-. Vamos a dar una oportunidad al delincuente.
Savage dejó el rifle en el suelo y se sentó con las piernas encogidas.
– Quiero que sigas la línea de la cordillera hasta la cascada. Cuando lleguemos a ella, sigue unos veinte metros y detente.
– Muy bien -dijo el piloto-. Pero no bajaré por debajo de la línea de árboles. Tendremos problemas con el viento y por allí no hay dónde aterrizar.
– Deja que yo me ocupe de eso -respondió Savage.
El helicóptero se inclinó hacia delante y el estruendo de las hélices resonó en la garganta. Walters observó el bosque en busca del oso, pero no consiguió ver nada excepto las ondulantes copas de los abetos.
– Espero que sepas lo que haces, Savage -le dijo.
Savage se apretó el arnés en los hombros y pasó una de las tiras por la cintura mientras el helicóptero avanzaba siguiendo la cresta.
Llegaron al precipicio y avanzaron unos cuantos metros por encima de una cuenca de piedra por la que corría un río. El piloto puso el helicóptero de cara a la pared del precipicio. No se veía nada, excepto follaje.
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