Gregg Hurwitz - Cuenta Atrás

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Latinoamérica es víctima de constantes desastes ecológicos: los rayos solares que atraviesan los agujeros de la capa ozono pueden quemar la piel humana en cuestión de minutos, muentras que los terremotos y los huracanes están a la orden del día. Un grupo de investigadores es enviado a una isla de las Galápagos con el objetivo de instalar unos detectores de actividad sísmica que permitan prevenir futuros seísmos y paliar de algún modo sus devastadores efectos. Como refuerzo y protección, les acompaña un equipo de soldados de la marina estadounidense.

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Cameron bajó la mirada, incómoda.

– No. No, no tengo ni idea.

Derek apartó esos pensamientos y se dio la vuelta, en actitud de trabajo.

– Voy a dirigir esta escuadra como se dirigían los pelotones antes de que limitaran el número a dieciséis. Szabla tiene grado administrativo O-2 y, por tanto es la siguiente en rango, así que ella será el segundo oficial al mando. Créeme, Cam, preferiría que lo fueras tú.

Cameron no sabía cómo interpretar sus rápidos cambios de humor; imaginó que eran baches en el camino del proceso de luto.

– Por lo menos, no tenemos ningún marinero vociferante a bordo -continuó Derek-. Vosotros cinco tenéis grado E-4 o superior, aunque Savage y Tucker hace tiempo que no entrenan profesionalmente. Como te dije, misión de baja prioridad.

Cameron sonrió:

– Vaya una escuadra.

– ¡Eh! -gritó Szabla desde el otro lado de la calle-. ¿Acabáis ya vuestra reunión de té con pastas?

Derek le hizo una señal indicándole que se callara y continuó:

– Ecuador se encuentra en un estado de ley marcial, por primera vez desde 1978, creo. Con una gran influencia de Naciones Unidas. En las altas esferas se habló de involucrar a la OTAN para tener un poco más de control, pero los franceses no estaban de acuerdo. Será bastante complicado en Guayaquil, pero seguramente tendremos vía libre cuando lleguemos a las islas.

– ¿Tan peligroso es Guayaquil? -preguntó Cameron.

– No -respondió Derek-. El centro de la ciudad se encuentra acordonado: básicamente es un campo de Naciones Unidas. Fuera de él todavía existe bastante criminalidad, como siempre, pero las cosas van marchando. Supongo que no es lugar para un civil, pero tampoco es Borneo. Esos científicos están aterrorizados a causa de ese tipo que desapareció.

– O a lo mejor nos utilizan para facilitarles la entrada.

– Probablemente las dos cosas. -Derek levantó un puño al aire-: Voy a necesitar tu inteligencia y tu mal español.

Derek bajó el puño y le puso la mano encima de la de ella. Le sonrió y unas cuantas arrugas se le desplegaron en las mejillas. Cameron percibió una zona de la barbilla mal afeitada y sintió una súbita tristeza. Derek había envejecido una década desde la última vez que le vio, hacía un mes.

– ¿Estás seguro de que estás preparado para esto? -le preguntó-. Todavía no hace seis semanas.

– Lo sé, pero esta misión es un baile de salón. Las piernas me seguirán. -Sonrió, casi con timidez-. Mako ha confiado mucho en mí. Al principio no quería hacerlo. Pensé que no estaba preparado.

– ¿Y qué te hizo cambiar de idea? -le preguntó Cameron.

– Saber que tú estabas aquí. -Derek bajó la vista y se observó el dedo pulgar unos instantes. Cuando levantó la vista, los ojos mostraban determinación-: Vamos a poner esto en marcha.

Donald miró a Rex desde el otro lado del oblongo disco de granito que era la mesa de reuniones del Nuevo Centro. Por toda la habitación había gráficos y diagramas colgados de las paredes; la información parecía saltar desde ellas: los oscuros tonos azules de los mapas de profundidad, las flechas circulares de las corrientes del océano y las quebradas líneas de las temperaturas de la superficie, que dubitativamente apuntaban hacia arriba. Había cinco ordenadores en funcionamiento a pesar de que Rex y Donald eran los únicos que compartían aquella oficina del piso superior. Los demás científicos trabajaban en los cubículos de los pisos inferiores, o en el laboratorio del sótano.

– Estoy impresionado de que hayas conseguido llegar a tiempo -dijo Donald.

El doctor Donald Denton, un caballero bajito, de formas ligeramente redondeadas y de ojos amables, lucía una mata de pelo blanco que se le disparaba en todas direcciones. Se negaba a peinarla o cepillarla. Solamente vestía de lino: camisas de lino de todo tipo de corte y estampado, americanas de lino para las circunstancias solemnes, pantalones de lino tan arrugados que parecían de pana. La piel le brillaba con un vivido tono rojizo, como si acabara de hacer algún esfuerzo físico en aquel mismo momento. La verdad es que odiaba el ejercicio físico. Afortunadamente para él, como presidente del Nuevo Centro, y como codirector de investigación, el único ejercicio que hacía era dar unas cuantas vueltas a la piqueta.

Todavía sin resuello, Rex se quitó el casco de ciclista y lo tiró en una esquina.

– Bueno, no todos los días consigue uno su propio equipo de las Fuerzas Especiales de la Armada.

Donald se inclinó hacia delante, al tiempo que soltaba el aire con fuerza, y sacó dos jarras llenas de un líquido de aspecto desagradable teñido de rojo de una caja con el interior acolchado.

– ¿Unas extrañas muestras de orina? -preguntó Rex.

– Muestras de agua. De Frank. Fechadas el 27 de octubre. El correo desde Ecuador, como puedes imaginar, casi se ha interrumpido. Llegaron en un avión de carga ayer por la noche, tarde, y me las he encontrado aquí esta mañana al llegar.

Rex levantó una de las jarras y la observó a contraluz. En el interior del líquido turbio se arremolinaban las partículas.

– Una es de Santa Cruz; y la primera cosa que hizo al aterrizar en Sangre de Dios fue recoger la segunda muestra. Imagino que las envió de vuelta con el mismo barco que le desembarcó. Las llevaré al laboratorio después de la reunión, a ver qué aparece. Ah, casi me olvido. -Donald se inclinó hacia delante y sacó una hoja de papel doblada de su bolsillo trasero. Se la dio a Rex-. Échale un vistazo a esto.

Rex tomó la hoja y la observó.

– ¡Seis mil cuatrocientos dólares! -silbó-. ¿Para qué diablos es esto?

– Parece que Frank pidió que le mandaran a la isla uno de esos frigoríficos de energía solar para tejidos y muestras. Una oscura naviera lo colocó en un carguero de aceite que salía de Manta y que se lo llevó en dos días. -Le quitó la factura y leyó-: «Costes de expedición: cuatrocientos dólares.» -Meneó la cabeza y añadió-: Lo que no entiendo es por qué necesitaba un frigorífico tan grande.

Rex se encogió de hombros.

– A lo mejor no lo necesitaba. Quizá no sabía qué había pedido. Quizá le mandaron un tamaño equivocado para timarle. Timarnos. Para timarnos a nosotros. ¿Te pasó los gastos?

– Por favor, ya conoces a Frank. Nunca estaba localizable en las inspecciones. Le molestaba que le distrajeran de su trabajo. No se le podía molestar con el transporte del equipo de comunicaciones.

– Ah, sí. Su famosa rutina.

Donald se restregó un ojo.

– Por eso tardé tanto tiempo en enterarme de que había desaparecido. -Tamborileó los dedos sobre la superficie de granito y continuó-: Tengo que confesar que me alegro de que tengas una escuadra militar de protección. Me aseguraron que eran los mejores.

Llamaron a la puerta con un golpe fuerte y Donald se puso de pie. Abrió la puerta y apareció Savage, ligeramente encorvado y todavía calzado con una sola bota y el calcetín. A su lado, Tucker agitaba una mano y lo observaba.

– Hola -dijo Donald-. Soy…

Savage dio una palmada a Donald en el hombro y entró. Tank entró en la habitación detrás de Tucker y se dio un golpe en la cabeza con el quicio de la puerta. Derek apareció detrás con la mano tendida hacia Donald.

– Derek Mitchell. Soy el OAM de esta operación.

Donald le dio la mano con evidentes señales de duda:

– ¿OAM?

– Oficial al mando.

– Szabla dobló un brazo por encima del pecho y practicó una rotación de muñeca que evidenciaba su bíceps. Donald se volvió despacio hacia Rex, que le devolvió la mirada, impasible, sentado en una silla cuyo respaldo cedía a su peso.

– Bueno -dijo Rex, mirando al techo-. Vamos a empezar el juego.

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