Introdujo un dardo en la recámara, saltó a la ventana y destrozó el cristal inferior izquierdo con la culata del rifle. Apuntó con cuidado. El bulldog gruñía y ladraba. Savage le clavó el dardo en el cuello y esperó. El bulldog se tambaleó y cayó de costado, con la cola del dardo meciéndose a causa de la brisa.
Unos momentos después, el tipo de aspecto bovino salió a investigar. Se agachó al lado del perro. Savage no pudo evitar una sonrisa de satisfacción.
Cuanto el tipo se puso de pie, los ojos le brillaban de ira.
– ¡Tú, cabrón! -gritó-. ¡Voy a arrancarte los ojos!
Sonriendo, Savage introdujo un segundo dardo en la recámara. Apoyó la culata en el hombro, clavó la vista en el objetivo y disparó. El tipo de aspecto bovino se quedó mirando el dardo clavado en su muslo, sorprendido. Dio un paso hacia delante, se detuvo y dio otro paso. Cayó de rodillas y, acto seguido, se derrumbó al lado de su perro.
Savage volvió a guardar el arma en el armario, disfrutando del silencio. Después de orinar con gran satisfacción, tapó el cristal roto con una sudadera, llenó una taza de agua, bebió, se tumbó en la cama y se quedó mirando el techo. Cerró los ojos. La paz era algo divino.
Justo empezaba a conciliar el sueño cuando oyó las sirenas.
22 dic. 07
La puerta de rejilla que daba al patio delantero se abrió de golpe y Rex Williams apareció en pantalones de pijama blancos y con el móvil junto a la oreja y una boa arco iris brasileña de dos metros y setenta centímetros enroscada en la pierna izquierda.
– ¿De verdad crees que necesitamos tanta gente? -gritó al teléfono-. Tres o cuatro quizá sí, pero, quiero decir, ¡siete soldados! ¿Quién soy yo, Salman Rushdie?
El pelo, lacio y negro, peinado sin mucho esmero hacia un lado de la frente, le caía en forma de media melena sobre el cuello de la camisa. Sus ojos tenían una intensidad hipnótica, de un castaño oscuro que parecía negro a media luz. Como era habitual, iba sin afeitar y una barba de varios días se extendía por las mejillas y por la protuberante mandíbula.
Donald Denton rió al otro extremo de la línea.
– Sólo viajan en grupo. Supongo que es medio pelotón, la unidad más pequeña que utilizan en salidas internacionales. Todavía no me puedo creer que te tendremos allí abajo.
Rex era el principal geólogo especializado en márgenes de placas complejas de América del Sur. El Nuevo Centro de Estudios Ecotectónicos, del cual Rex y Donald eran codirectores de investigación, estudiaba el efecto de los terremotos en la flora y la fauna. El centro se había fundado para luchar contra las repercusiones del Acontecimiento Inicial, un enorme terremoto que ocurrió el 3 de marzo del 2004. El terremoto, de 9,2 en la escala de magnitud de ese momento, rompió las placas tectónicas cercanas a la costa de Ecuador en una longitud de 307 kilómetros. El gran movimiento de las placas, sin precedentes desde la era Precámbrica, seiscientos millones de años atrás, provocó graves y continuadas réplicas.
Durante los últimos cinco años, la zona había sufrido más terremotos de lo usual, y también eran más intensos, tanto que alteraron otros campos de fuerza y su onda expansiva llegó a miles de kilómetros en todas direcciones. Ecuador era sacudido una vez a la semana por un terremoto de, aproximadamente, seis en la escala de magnitud de ese momento, y casi cada día se registraban movimientos de M w=3 o M w=4. Esta escala, que mide tanto la energía liberada como la amplitud de los terremotos, sustituyó a la de Richter a principios de la década de 1990.
Las catorce islas grandes, seis pequeñas y cuarenta y pico islotes que componen el archipiélago de las Galápagos, la principal área de conocimiento de Rex, no podían estar situadas de forma más precaria dado el aumento de actividad sísmica. A novecientos sesenta kilómetros de la costa de Ecuador, las Galápagos se encontraban peligrosamente cerca del punto de unión de tres placas tectónicas. Las islas, situadas en el extremo norte de la placa de Nazca y sólo a cien kilómetros de su juntura con la de Cocos, habían sido víctimas regulares de los terremotos provocados por la salida de magma a través de la grieta.
El fondo oceánico se extendía a lo largo de esta juntura, la zona de fractura de las Galápagos, empujando la placa de Nazca hacia el sur. Para complicar todavía más ese régimen tectónico, una cadena de montañas corre de norte a sur por el fondo marino, la dorsal del Pacífico oriental, que divide el suelo oceánico hasta una distancia de mil kilómetros al este de las Galápagos, separando las placas de Nazca y del Pacífico y empujando la placa de Nazca hacia el este, debajo del continente americano.
El doctor Frank Friedman, colega de Rex y de Donald, había ido a Sangre de Dios, la isla más occidental de las Galápagos, a finales de octubre después de recibir preocupantes noticias acerca del aumento de actividad microsísmica en la isla.
Desde entonces, no se habían tenido noticias de él.
A causa de los numerosos terremotos y de la consecuente tensión social, las fuerzas militares de Estados Unidos habían restringido los viajes a Ecuador y a las Galápagos y los aeropuertos se cerraron a los civiles. Los científicos, al igual que todo el mundo, huían de las Galápagos abandonando tras ellos el equipo más antiguo, que registraba los datos con menor resolución. La poca información que recibía el Nuevo Centro provenía de lo que todavía quedaba de la estación Charles Darwin en Puerto Ayora.
En su calidad de geólogo especializado de campo, y por ser el único que quedaba en el Nuevo Centro, Rex tenía que dirigir una expedición a Sangre de Dios para completar el reconocimiento que, presumiblemente, Frank había empezado y para dotar a la isla con unidades de GPS que permitirían observar a distancia las deformaciones de la corteza que ocurrieran en Sangre de Dios.
Por ser la isla más occidental del archipiélago, Sangre de Dios tenía una posición geográfica muy importante: se la conocía por ser la isla que ofrecía antes y con más exactitud las malas noticias acerca de los terremotos de la dorsal del Pacífico oriental. La colocación de un equipo geodésico adecuado para medir la deformación de la superficie permitiría al Nuevo Centro la predicción de los terremotos en todo el régimen tectónico, tanto en las islas como en el continente, con una antelación de hasta cuarenta y ocho horas. Rex y Donald podrían así alertar a los dirigentes del Gobierno, evacuar poblaciones y salvar vidas.
A pesar de todo, sin un grupo militar que le escoltara y le protegiera, Rex ni siquiera podía subirse a un avión que se dirigiera a Ecuador. Se había pasado semanas lidiando con la burocracia para obtener ayuda militar antes del 24 de diciembre, el día de su partida. Unos cuantos días antes, cuando se dio cuenta de que había hecho pocos progresos, desechó la ruta burocrática y llamó pidiendo un enorme favor de parte del secretario de la Armada Andrew Benneton.
– Te dije que lo conseguiría -indicó Rex mientras atravesaba el patio delantero en dirección al buzón-. ¿Lo dudaste?
– Bueno, nuestra correspondencia con ese capitán no era muy prometedora la semana pasada.
Era cierto. El comandante del Grupo Especial Naval de Guerra 1 había rechazado su petición en un correo electrónico en el que se excusaba mencionando los disturbios que arrasaban Quito, el crimen organizado de Guayaquil y el desbordamiento que las tropas norteamericanas estaban sufriendo ante el deterioro social y la destrucción natural en toda América del Sur y en casa. Había terminado con la afirmación de que no veía ninguna razón para «abandonarlo todo y enviar una escuadra de agentes altamente entrenados y muy necesarios para transportar a unos científicos interesados en informes de segunda mano acerca de pequeñas réplicas en una isla escasamente poblada en mitad del Pacífico».
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