El sonido provenía de los establos, más allá de los sembradíos. Ramón abrazó a su mujer para tranquilizarla, pero le temblaba la mano. Se dirigió hacia la puerta blandiendo el hacha y con la sangre de su dedo cayendo hasta el suelo.
Las noches eran cada vez más cálidas y en el exterior el aire era espeso y húmedo. La garúa se instalaba en las cumbres del bosque, coronándolo con retazos de niebla. Se volvió a oír el grito, esta vez más apremiante, y Ramón lo sintió corriendo a lo largo de los huesos. Atravesó los bajos matojos de ricino, los floridos guayabos de hoja ancha y los altos plataneros. A su lado colgaban los racimos de fruta de gruesa cáscara formando crestas. Pensó en las miradas de pánico de los vecinos que se habían marchado y en las absurdas historias que se habían contado en todo el pueblo. Esos cuentos parecían más reales en la oscuridad.
El gemido se hizo más intenso y pareció casi humano, vibrando de forma antinatural, como el lamento de un niño atemorizado. El tono, excepto cuando se oía como desgarrado por el dolor, era bajo y claro, como si proviniera de una criatura enorme. Se oyeron más gemidos y sonidos de lucha. Aunque el aire era frío, Ramón sentía la camisa pegada al cuerpo, húmeda y pesada. Apretó el hacha con fuerza pensando en el arma que tenía en casa y maldiciendo la falta de municiones. Con cautela, levantó una mano para apartar la maleza.
Algo se levantaba allí delante, jadeando entre la alta hierba del establo del lado oeste. Una criatura enorme, oculta entre las sombras, la oscuridad y el miedo paralizante de Ramón, se retiraba lentamente hacia el borde del bosque. Tenía por lo menos tres metros de altura y parecía andar de pie, como un hombre, mientras el susurro de la hierba se apagaba alrededor de su cuerpo abombado. Sin prisas, llegó al comienzo del bosque de Scalesia y dejó de ser visible.
Otro grito llamó de nuevo la atención de Ramón hacia el animal herido. Era uno de sus favoritos, una hermosa vaca de manchas marrones y blancas. Ramón se dirigió hacia delante, intentando concentrarse en ella, pero tenía la mente embotada por la visión de aquella majestuosa criatura mientras atravesaba la niebla y penetraba en el bosque. La vaca mugió de nuevo, pero ya no era el mugido de miedo que se había oído antes. Tenía el costado abierto por dos cortes en diagonal que revelaban una maraña de tejidos y costillas rotas. La respiración se le escapaba por las heridas, agitando el pelambre que las rodeaba. Tenía la pata trasera rota y atrapada bajo el cuerpo, y la cabeza se encontraba en un doloroso ángulo con respecto al cuello, como si la hubieran levantado y dejado caer, o como si la hubieran lanzado contra el suelo en un rapto de frustración.
Como si algo se hubiese encontrado con un bocado mayor del que podía masticar.
Ramón dejó el hacha a un lado, respirando con fuerza. Allí no había osos ni felinos grandes ni cocodrilos. Por lo que sabía, el predador natural más grande de todo el archipiélago era el halcón de las Galápagos.
La vaca gimió y Ramón se agachó junto a ella y le acarició el flanco. Tenía la boca llena de espuma. Se dio cuenta de que la habían atacado en la parte trasera del cuello, ya que se veía raspado o mordisqueado hasta el omóplato. La carne de la herida estaba hecha trizas y en ella brillaba la sangre y un extraño líquido claro y viscoso que parecía saliva. Ramón acercó la mano, tocó la herida e inmediatamente la apartó al notar dolor en el corte del dedo índice. Se quitó el exceso de sangre en los pantalones e, instintivamente, se llevó el dedo a la boca para limpiar la herida. Escupió una sustancia sanguinolenta y espesa de mucosidad y se levantó.
La vaca se removió sobre la hierba, con la cabeza temblando contra el suelo. Ramón tomó el hacha y volvió a maldecir por no tener cartuchos para su escopeta. Después de echar un vistazo a la zona del bosque por donde la criatura había desaparecido, levantó el hacha por encima del hombro y la descargó en el cuello de la vaca.
17 dic. 07
Cameron se inclinó hacia delante, apoyando los codos en el volante de su Cherokee. El claxon sonó y Cameron dio un respingo del susto mientras algunos de los niños que jugaban fuera se volvieron y la miraron. Ella los saludó, pero ninguno le devolvió el saludo.
No era precisamente el mejor momento.
Aunque no era guapa, Cameron tenía unas facciones armónicas y bonitas. Llevaba el pelo rubio mal cortado (trece dólares en SuperCuts) pero eso, de alguna forma, le sentaba bien a su aspecto informal. Era bastante corto por encima de los hombros por detrás y más largo a los lados. Tenía caderas y espaldas anchas. No era una mujer menuda.
Durante los veinte minutos que había pasado observando, los niños habían invadido el pequeño campo de juegos. Le pareció que había algo vulgar en aquella exuberancia: los exagerados gestos de los brazos, las bocas abiertas y chillonas, el tono sonrosado de las mejillas. Una niña rechoncha le puso la zancadilla a un niño más pequeño, el cual cayó con un chillido y luego se levantó berreando y con las rodilleras de los tejanos sucias.
Cameron se dio cuenta de que estaba moviendo nerviosamente la mano así que la dejó descansar sobre la rodilla. Se examinó los dedos, gruesos y fuertes como los de un hombre, sin ninguna joya, con las uñas cortas. Llevaba el anillo de casada colgando del collar. Tenía un zafiro de buen tamaño rodeado de pequeños diamantes y le sirvió tanto de anillo de compromiso como de matrimonio. A Justin le había costado, aproximadamente, el veinte por ciento de los ahorros de toda la vida. Al principio, Cameron había intentado valientemente llevarlo en el dedo, pero era un peligro constante ya que se enganchaba en los guardamontes y en las anillas de seguridad del paracaídas. Finalmente desistió, tal como hizo Justin más tarde, cuando decidió llevar su anillo de casado en la correa del reloj. Al colocarse el anillo como colgante, Cameron se resignó a otra anomalía en su ya anómala vida.
Los cantos de las niñas saltando la cuerda llamaron de nuevo la atención de Cameron. La niña delgada que se encontraba en el centro era bonita y el pelo rizado le azotaba las suaves mejillas cuando saltaba agarrándose la falda del vestido floreado para que no se le levantara, al estilo de Marilyn Monroe. Cuando terminó, un niño pasó corriendo por su lado y le tocó el culo. Ella no le prestó atención y él se quedó en las sombras cerca de la pared de balonmano, acobardado y resentido.
Durante los primeros diecisiete años de vida Cameron sintió cada una de las partes de su cuerpo grandes y pesadas: los pechos voluminosos, los pies de un cuarenta y dos, el vientre surcado por músculos desde que tenía memoria. Siempre se había sentido gruesa y caballuna al lado de las otras niñas. Sus manos fuertes y sus anchas espaldas eran lo menos delicado del mundo al lado de los dedos finos y elegantes, los cuellos largos y los delgados brazos femeninos. Durante el bachillerato, las otras chicas siempre estaban ocupadas con su maquillaje, sus citas y sus primeros besos. Cameron, por el contrario, ni siquiera se levantaba cuando sonaba el teléfono. Hasta que conoció a Justin estaba convencida de que su destino era pasar la vida sola.
Cameron alejó esos pensamientos y miró el reloj. Pronto tendría que estar en casa para la cena. En los cuatro años que llevaban de matrimonio, Cameron y Justin se habían ido viendo cada vez menos. Las fechas de sus viajes casi siempre eran desafortunadas; el uno se marchaba a los pocos días de que el otro regresara a casa. Y los días que pasaban juntos no solían ser agradables. La última vez que ella había vuelto a casa lo hizo con la espalda descoyuntada y con veintiún puntos en el antebrazo y se pasó esos tres días tan duramente ganados comiendo palomitas de microondas y mirando una maratón de James Bond en la televisión.
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