Brad Meltzer - Los millonarios

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Si supiera que no será descubierto ¿robaría tres millones de dólares?
Charlie y Oliver Caruso son hermanos y trabajan en un banco privado tan exclusivo que se necesitan dos millones de dólares para abrir una cuenta. Allí descubren una cuenta abandonada, cuya existencia nadie conoce y que no pertenece a nadie, con tres millones de dólares. Antes de que el estado se quede con el dinero deciden apropiárselo, sin saber que algo que hacen para resolver su existencia estará a punto de costarles la vida.

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– ¿Qué me dices del metro?

– Yo pagaré el taxi.

– Que sea un taxi entonces.

Diez minutos más tarde, después de una breve parada en mi oficina, estamos en el séptimo piso esperando el ascensor.

– ¿Crees que te darán una medalla?

– ¿Por qué? -pregunto-. ¿Por hacer mi trabajo?

– ¿Hacer tu trabajo? Vaya, ahora pareces uno de esos héroes de barrio que han sacado a una docena de gatitos de un edificio en llamas. Afronta los hechos, Supermán, le has ahorrado a este lugar una pesadilla de cuarenta millones de dólares, y no de las buenas precisamente.

– Bueno, sí, pero hazme un favor y modera ese tono triunfal durante un tiempo. Aunque haya sido por una buena razón, hemos robado las contraseñas de otras personas para poder conseguirlo.

– ¿Y?

– Y sabes muy bien cómo se las gastan aquí con las cuestiones de seguridad…

Antes de que pueda terminar, el ascensor llega al piso con un ligero sonido y las puertas se abren. A esta hora espero que esté vacío, pero, en cambio, un hombre grueso con el pecho de un jugador de fútbol americano está apoyado contra la pared del fondo. Shep Graves: el jefe de Seguridad del banco. Vestido con camisa y corbata que sólo pueden haber sido compradas en la tienda local de Big & Tall, Shep sabe cómo mantener erguidos los hombros para que su cuerpo que frisa en los cuarenta parezca lo más joven y fuerte posible. Para este trabajo -proteger nuestros trece billones de dólares- tiene que hacerlo. Incluso con la tecnología más avanzada a su disposición, no existe un factor más disuasorio que el miedo, que es la razón por la que decido dar por acabada nuestra discusión sobre Tanner Drew en cuanto entramos en el ascensor. De hecho, cuando se trata de Shep, excepto por alguna charla circunstancial e insignificante, nadie en el banco habla realmente con él.

– ¡Shep! -exclama Charlie al verle-. ¿Cómo está mi guardián favorito de las malversaciones?

Shep extiende la mano y Charlie le toca los dedos como si fuesen las teclas de un piano.

– ¿Te has enterado de lo que ocurre en el Madison? -pregunta Shep con una torpe sonrisa de boxeador. Hay vestigios de un acento de Brooklyn, pero cualquiera que sea su lugar de origen, no quedan rastros de él-. Hay una chica que quiere jugar con el equipo universitario de baloncesto de los tíos.

– Bien… así es como debería ser. ¿Cuándo la veremos jugar?

– Hay programado un partido dentro de dos semanas…

Charlie sonríe.

– Tú conduces; yo pago.

– Los partidos son gratis.

– Muy bien, también pagaré por ti -dice Charlie. Al advertir mi silencio, me hace señas para que me acerque-. Shep, ¿conoces a mi hermano, Oliver?

Nos saludamos moviendo ligeramente la cabeza.

– Me alegro de verte -decimos al unísono.

– Shep fue a Madison -dice Charlie, refiriéndose orgullosamente a nuestro viejo instituto rival en Brooklyn.

– ¿De modo que tú también fuiste al Sheepshead Bay? -pregunta Shep. Es una simple pregunta, pero el tono de su voz… parece un interrogatorio.

Asiento con la cabeza y me vuelvo para apretar el botón de «Cerrar puerta». Luego vuelvo a apretarlo. Finalmente, las puertas se cierran.

– ¿Qué estáis haciendo todavía aquí? Todo el mundo se ha marchado pregunta-. ¿Algo interesante?

No contesto rápidamente-. Lo de siempre.

Charlie me mira sorprendido.

– ¿Sabías que Shep trabajó en el servicio secreto? -pregunta.

– Eso es genial -digo sin apartar la vista del menú de cinco platos que han colocado encima de los botones del ascensor.

El banco tiene su propio chef sólo para los clientes que vienen de visita. Es la forma más sencilla de impresionarles. Hoy han servido costillas de cordero y aperitivos de arroz con romero. Sospecho que se trataba de un cliente de veinte a veinticinco millones de dólares. Las costillas de cordero sólo aparecen en el menú si tienes más de quince millones.

El ascensor reduce la velocidad en el quinto piso y Shep se aparta de la pared del fondo.

– Aquí me bajo yo -anuncia, dirigiéndose hacia la puerta-. Que disfrutéis del fin de semana.

– Tú también -dice Charlie. Ninguno de los dos dice nada hasta que las puertas vuelven a cerrarse-. ¿Qué pasa contigo? -me recrimina Charlie-. ¿Desde cuándo eres tan aguafiestas?

– ¿Aguafiestas? ¿Eso es todo lo que se te ocurre, abuelita?

– Hablo en serio. Shep es un buen tío, no tenías ningún motivo para tratarle de ese modo.

– ¿Qué querías que dijera, Charlie? Ese tío no hace otra cosa que rondar por el edificio y actuar de un modo sospechoso. Entonces, entras en el ascensor y de pronto se convierte en el Señor Alegría.

– Verás, ahí es donde te equivocas. Shep es siempre el Señor Alegría (de hecho, es un arco iris de sabores frutales), pero tú estás tan ocupado con Lapidus, Tanner Drew y todos los demás peces gordos que olvidas que la gente insignificante también sabe hablar.

– Te pedí por favor que dejaras de…

– ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con un taxista, Ollie? Y no me refiero a decirle «la 53 con Lexington», estoy hablando de una conversación: «¿Cómo está? ¿A qué hora ha comenzado el servicio? ¿Alguna vez ha visto a alguien follando en el asiento trasero?»

– ¿O sea que eso es lo que piensas? ¿Que soy un esnob intelectual?

– No eres lo bastante inteligente para ser un esnob intelectual, pero sí eres un esnob cultural.

Las puertas del ascensor se abren y Charlie se apresura a salir al vestíbulo, que está lleno de antiguas y hermosas mesas escritorio que aportan la exacta sensación de dinero añejo.

Cuando los clientes entran y la colmena está hirviendo de banqueros, es lo primero que ven sus ojos; a menos que estemos tratando de atrapar a alguien realmente importante, en cuyo caso le introducimos por la entrada privada que hay en la parte posterior del edificio y le conducimos junto al chef Charles y su oh-debería-examinar-nuestra-cocina-de-un-millón-de-dólares-sólo-para-nosotros. Charlie pasa velozmente junto a la cocina. Estoy justo detrás de él.

– Sin embargo no debes preocuparte -dice-. Aún te quiero… aunque Shep no lo haga.

Cuando llegamos a la salida lateral, introducimos nuestros códigos en el teclado que hay justo en la parte interior de la gruesa puerta de metal. Se abre con un chasquido y nos franquea el paso a una pequeña antecámara con una puerta giratoria en el otro extremo. En la jerga de la industria la llamamos trampa para hombres. La puerta giratoria no se abre hasta que no se haya cerrado la pesada puerta metálica a nuestras espaldas. Si hay algún problema, ambas puertas se cierran y quedas atrapado.

Charlie cierra la puerta de metal detrás de él y se oye un ligero siseo. Los cerrojos de titanio caen con estrépito. Cuando la puerta está herméticamente cerrada, se oye un fuerte ruido delante de nosotros. Los cerrojos magnéticos de la puerta giratoria comienzan a abrirse. En ambos extremos de la habitación hay dos cámaras tan bien ocultas que ignoramos dónde las han instalado exactamente.

– Vamos -dice Charlie, iniciando la marcha.

Salimos por la puerta giratoria y comenzamos a mojarnos en las calles bordeadas de nieve sucia de Park Avenue. Detrás de nosotros, la fachada de ladrillo del banco se desvanece discretamente en el paisaje de escasa altura, que es precisamente uno de los principales motivos por los que uno acude a un banco privado. Como si fuese una versión norteamericana de un banco suizo, estamos aquí para guardar sus secretos. Esa es la razón por la que el único signo en la fachada es una placa de bronce diseñada-para-pasar-inadvertida donde se lee «Greene & Greene, fundado en 1870». Y aunque la mayoría de la gente jamás ha oído hablar de bancos privados, están mucho más cerca de lo que imagina. Es el edificio pequeño y discreto delante del cual pasamos todos los días, el que no tiene ninguna referencia visible, no muy lejos de ATM, donde la gente siempre pregunta: «¿Qué debe de haber ahí dentro?» Eso somos nosotros. Justo ante las narices de todo el mundo. Somos muy buenos pasando inadvertidos.

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