El veintitrés por ciento de las personas dicen que robarían si estuviesen seguras de que no les atraparían.
… Pero para vivir fuera de la ley, tienes que ser honesto.
Bob Dylan
Sé adónde voy. Y sé quién quiero ser. Por eso acepté este trabajo… y por eso, cuatro años más tarde, continúo soportando a los clientes. Y sus exigencias. Y sus montones de dinero. La mayor parte del tiempo simplemente desean discreción, que es, de hecho, la especialidad del banco. Otras veces, quieren un poco de… toque personal. Suena el teléfono y despliego todo mi encanto.
– Aquí Oliver -digo-. ¿En qué puedo servirle?
– ¿Dónde coño está tu jefe? -una voz de sierra sureña me estalla en el oído.
– ¿Perdón?
– ¡No me joda, Caruso! ¡Quiero mi dinero!
Hasta que no pronuncia la palabra «dinero» no soy capaz de reconocer el acento. Tanner Drew, el promotor de rascacielos lujosos más importante de la ciudad de Nueva York y patriarca de la Oficina Familiar Drew. En el mundo de los individuos «que están en la cima», una oficina familiar es tan alta como tu fortuna. Rockefeller. Rothschild. Gates y Soros. Una vez contratada, la oficina familiar supervisa a todos los asesores, abogados y banqueros que administran el dinero de la familia. Profesionales que cobran para exprimir al máximo cada centavo. Ya no se habla más con la familia… hablas con la oficina. De modo que si el cabeza del clan me llama personalmente… estoy a punto de perder unos cuantos dientes.
– ¿Aún no le ha llegado la transferencia, señor Drew?
– ¡Ya puedes apostar que no me ha llegado, gilipollas! ¿Qué coño piensas hacer para solucionar el problema? ¡Tu jefe me prometió que el dinero estaría aquí a las dos! ¡A las dos! -grita.
Lo siento, señor, pero el señor Lapidus está…
– ¡Me importa un huevo dónde está…! ¡El tío de Forbes me dio de plazo hasta hoy; yo le di a tu jefe ese plazo y ahora te estoy dando a ti ese mismo plazo! ¿Qué otra jodida cosa necesitamos discutir?
Siento la boca súbitamente seca. Todos los años, la revista Forbes presenta una lista con las cuatrocientas personas más ricas de Estados Unidos. El año anterior, Tanner Drew ocupó el puesto cuatrocientos tres. No le gustó nada. De modo que este año está decidido a subir un puesto. O tres. Lamentablemente para mí, lo único que se interpone en su camino es una transferencia de cuarenta millones de dólares a su cuenta personal que nosotros, aparentemente, aún no habíamos realizado.
– Espere un segundo, señor, yo…
– No te atrevas a hacerme esp…
Pulso el botón de llamada en espera y aguardo. Un minuto más tarde espero oír la voz de Judy Sklar, la secretaria de Lapidus. Lo único que escucho es un mensaje grabado. Con el jefe en un retiro de socios durante el resto del día, no hay razón alguna para que ella esté en su despacho. Cuelgo y vuelvo a intentarlo. Esta vez voy directamente a DEFCON Uno. El móvil de Henry Lapidus. A la primera llamada, nadie contesta. Sucede lo mismo con la segunda. Cuando suena por tercera vez sólo puedo mirar la luz roja que parpadea en mi teléfono. Tanner Drew sigue esperando.
Vuelvo a comunicarme con él y cojo mi móvil.
– Estoy esperando que el señor Lapidus devuelva mi llamada -le explico.
– Hijo, si vuelves a dejarme esperando…
Cualquier cosa que esté diciendo, no le presto atención. En cambio, mis dedos se deslizan sobre mi móvil, marcando velozmente el número del busca de Lapidus. En el instante en que oigo el zumbido, introduzco mi extensión y añado el número «1822». La urgencia máxima: doble 911.
– … tra de sus patéticas excusas. ¡Lo único que quiero oír es que la transferencia se ha realizado!
– Lo entiendo, señor.
– No, hijo. No lo entiendes.
«Vamos», imploro, mirando fijamente mi móvil. «¡Suena!»
– ¿A qué hora salió la última transferencia? -grita desde el otro lado de la línea.
De hecho, nosotros cerramos oficialmente a las tres…
El reloj tic la pared marca las tres y cuarto.
… pero a veces podemos alargar el horario hasta las cuatro. -Como no responde, añado-. ¿Cuál es el número de cuenta y el banco al que se supone que debe ir?
Drew me da rápidamente todos los datos, que yo garabateo en una pequeña hoja amarilla de Post-it. Finalmente, añade:
– Oliver Caruso, ¿verdad? ¿Ése es tu nombre?
Su voz es suave y relajada.
– Sí, señor.
– De acuerdo, señor Caruso. Eso es todo lo que necesito saber.
Luego, cuelga. Miro mi móvil, que sigue mudo. Aún no hay respuesta.
Tres minutos más tarde va he llamado y he dejado mensajes en los buscas de todos los socios a quienes tengo acceso. Ninguno responde. Me quito el abrigo y me aflojo la corbata. Después de una rápida búsqueda en el Rodolex de nuestra red, encuentro el número del University Club, sede del retiro de los socios del banco. Cuando comienzo a marcar el número juraría que puedo oír los latidos de mi corazón.
– Está hablando con el University Club -responde una voz femenina.
– Hola, estoy buscando a Henry Lapi…
– Si desea hablar con la telefonista del club o con la habitación de un huésped, por favor pulse cero -continúa diciendo la voz grabada.
Pulso cero y otra voz mecánica dice:
– Todas las telefonistas están ocupadas… por favor, no cuelgue.
Cojo con más fuerza mi móvil y marco frenéticamente los números, buscando a alguien que tenga autoridad. Baraff… Bernstein… Mary en Contabilidad. Nada. Nada. Nada.
«Odio los viernes próximos a la Navidad. ¿Dónde demonios está todo el mundo?»
En mi oído, la voz mecánica de la mujer repite:
– Todas las telefonistas están ocupadas… por favor, no cuelgue.
Estoy tentado de pulsar el botón de pánico y llamar a Shep, que está a cargo de la seguridad del banco, pero… no… es un problema demasiado grave… sin las firmas adecuadas, jamás me lo permitiría. De modo que si no consigo encontrar a alguien que tenga autoridad en el departamento de transferencias, necesito al menos encontrar a alguien en la oficina trasera que pueda…
Ya lo tengo.
Mi hermano.
Con el auricular en una oreja y el móvil en la otra, cierro los ojos y escucho mientras suena su teléfono. Una vez… dos veces…
– Soy Charlie -contesta.
– ¿Aún estás aquí?
– No… me marché hace una hora -responde impasible-. Es una creación de tu imaginación.
Decido ignorar el chiste.
– ¿Aún sabes dónde guarda su nombre de usuario y su contraseña Mary de Contabilidad?
– Creo que sí… ¿Porqué?
– ¡No te muevas de ahí! Bajo en un minuto.
Mis dedos vuelan sobre el teclado del teléfono para conectar la línea con mi teléfono móvil… en caso de que alguien en el University Club responda a la llamada.
Salgo disparado de mi oficina, giro a la derecha y me dirijo directamente hacia el ascensor privado que hay al final del pasillo con paneles de caoba oscura. Me tiene sin cuidado que esté reservado sólo a los clientes. Introduzco el código de seis números de Lapidus en el teclado que hay encima de los botones de llamada y las puertas se abren. A Shep de Seguridad tampoco le gustaría nada esto.
En el instante en que entro en el ascensor, me giro y golpeo el botón de «Cerrar puerta». La semana pasada leí en un libro de negocios que los botones de «Cerrar puerta» de los ascensores están casi siempre desconectados; sólo están allí para que la gente con prisas piense que controla la situación. Enjugo el sudor que perla mi frente y me paso la mano por el pelo castaño oscuro. Luego pulso de nuevo el botón. Y vuelvo a pulsarlo. Es un viaje de tres pisos.
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