En la distancia, podía oír el zumbido ascendente de las sirenas aproximándose al Speicherstadt. Apoyando las manos contra la pared, Fabel se puso de pie. Le había entrado polvo en la boca y la nariz, y tosía para poder aclararse la garganta. Seguía aferrado a la pared, temiendo moverse por si se perdía entre el remolino de polvo y la oscuridad; cerró los ojos y vio de nuevo el horror que Vasyl Vitrenko había pintado para él con carne y sangre en la pared del despacho. Vio al hombre atado a la columna, obligado a contemplar el horror y a escuchar los gritos de una muchacha al ser despedazada ante él. Ésa había sido la obra de arte de Vitrenko. Y Fabel debía estar allí para verla. Al pensar eso, cayó en la cuenta de que Vitrenko había querido que Fabel sobreviviera. Lo había preparado y cronometrado todo a la perfección, dándole tiempo para que viera su obra de arte, se atormentara inútilmente pensando en cómo liberar al viejo de su muerte inevitable y pudiera escapar después. De ese modo, Vitrenko había introducido dos imágenes indelebles en la cabeza de Fabel que lo perseguirían durante el resto de su vida: la chica mutilada y la resignación del viejo ante la muerte. Y al haber asegurado esas imágenes en su cabeza, él podía reducirlas a la nada: las había borrado de su realidad, colocándolas únicamente en el archivo de memoria de Fabel.
Se dejó caer hasta quedarse sentado y sintió que el llanto empezaba a subir por su garganta. Reprimió el sollozo y apoyó la cabeza contra la pared, esperando a que llegara la ayuda.
S á bado, 21 de junio. 20:30 h
Polizeipräsidium (Hamburgo)
El informe del jefe de bomberos explicaba lo que Fabel ya sabía: «Además de la carga explosiva adherida a la columna, hemos hallado rastros de algún tipo de acelerador en el interior o alrededor del despacho; suponemos que era petróleo. No quedó mucho más en el despacho después de la explosión, y sea lo que sea que hubiera dentro, prendió de inmediato. Encontramos abiertos un par de contenedores de cinco litros. De todos modos, destruyó todas las pistas forenses de la escena del crimen».
Apesadumbrado, Fabel le dio las gracias al jefe, y el bombero salió de la oficina. Entonces hubo un silencio desalentador que Maria intentó llenar.
– Holger Brauner y su equipo de forenses están allí ahora -dijo Maria-, aunque no ha quedado mucho que recoger.
Fabel habló sin mirar ni a Maria, ni a Werner, ni a Paul.
– Está jugando con nosotros; conmigo. Quería que lo viera y que viviera para contarlo. Eso explica por qué dejó a esas mujeres colgadas en aquel maldito granero de Afganistán como si fueran trofeos; quería que los demás fueran testigos. -Fabel miró a sus colegas, y, por primera vez, éstos lo vieron perdido e indefenso-. Esto es arte, igual que esos cuadros que Marlies Menzel expone en Bremen.
– ¿Y ahora qué, jefe? -Werner no le preguntaba: lo decía en un tono desafiador.
– Pues ahora me voy a casa a darme una ducha. -Fabel ya había tenido bastante muerte por aquel día. Tenía la piel y el pelo cubiertos de polvo y la boca y la garganta irritadas.
– Nos vemos en el Prásidium sobre las diez.
– De acuerdo, jefe. ¿Quieres que reúna al equipo?
Fabel sonrió. Maria nunca se quejaba, y hacía todo lo que hiciera falta para terminar el trabajo.
– Sí, por favor…, pero no cuentes con Anna. Le he dado el día libre. Creo que la operación MacSwain la ha dejado agotada.
Maria asintió.
– ¿Podrías ponerte en contacto con el Krimninaldirektor Van Heiden para confirmar su asistencia a la reunión?
– Sí, jefe.
S á bado, 21 de junio. 21:30 h
Polizeipräsidium (Hamburgo)
Los tres mensajes que había en el contestador de Fabel eran como vínculos con la vida de un mundo que existía más allá de la violencia y la muerte. El primero era de su hija Gabi. Mientras escuchaba el mensaje, oía el tintineo que había en su voz desde que empezara a pronunciar sus primeras palabras. Escuchar la voz de Gabi en momentos como aquél era como si alguien descorriera las cortinas pesadas y polvorientas de una habitación lóbrega y siniestra, inundándola de luz. Sin embargo, hoy tan sólo era una habitación dentro de una mansión tenebrosa.
Gabi quería recuperar el fin de semana que habían podido pasar juntos, quedándose el próximo, si a él le iba bien. Había un concierto al que quería ir, de Die Fantastischen Vier. Fabel no podía acabar de comprender el concepto de rap -un género musical nacido en los guetos de Nueva York, Chicago y Los Angeles, anclado en una forma particular de inglés callejero- cantado en alemán. Pero eso era cosa de Gabi: uno de los incontables puntos de divergencia cada vez más numerosos a medida que los niños se hacen mayores y se convierten en una persona independiente de los padres. Suspiró profundamente. No tenía ninguna certeza de que la presión insidiosa que ejercía este caso en su vida hubiera disminuido el fin de semana.
El segundo mensaje era de Susanne, que le pedía que la llamara para decirle cómo estaba. El tercero era de su hermano, Lex.
Lex era el hermano mayor, pero a menudo Fabel sentía que el espíritu incontrolable, desafiador y juvenil de su hermano le hacía parecer diez años más joven. No era el único contraste fuerte: Lex era más bajo que él, tenía el pelo oscuro y un sentido del humor celta y mordaz que le hacía fruncir tanto la piel de alrededor de los ojos que se le habían quedado unas arrugas permanentes. Lex era propietario de un hotel restaurante en Sylt, una de las islas frisias del norte que en su día sólo fue conocida por la pesca, pero que ahora atrapaba en sus redes peces mucho más rentables: los poderosos, ricos y famosos de Hamburgo y Berlín. El restaurante de Lex descansaba sobre una cumbre de baja altitud tras las dunas, con unas vistas espectaculares de la ancha guadaña de arenas blancas y de la paleta cambiante del mar del Norte. Fabel había pasado muchas temporadas en el hotel de su hermano, que se había convertido en algo parecido a un refugio para él. Fue allí donde se había recuperado después de que le dispararan, y también fue allí donde hizo su retiro espiritual para intentar aceptar el hecho de que había dejado de ser miembro de una familia. Ya no era ni marido ni padre a jornada completa.
Lex no tenía ningún motivo especial para llamarlo. Era tan sólo un hermano que quería estar en contacto con su otro hermano: un intercambio que -se lamentó Fabel- no solía ser recíproco. Al escuchar la voz de su hermano, ardió en deseos de escapar de Hamburgo y pasarse semanas contemplando el océano, siempre mutable; de abandonar su ropa elegante y su estilo urbano y holgazanear sin tener que afeitarse y poder andar en sudadera, vaqueros y náuticos. En su cabeza veía una imagen con toda claridad: volver a su refugio preferido; pero esta vez la imaginación le añadía una compañera, Susanne. En aquel mismo instante tomó la decisión de que, en cuanto resolviera este caso escabroso, le pediría a Susanne que lo acompañara a Sylt.
Antes de devolver ninguna llamada, llamó al móvil de Mahmoot. Había estado con él cuando conoció al padre de Vitrenko en Speicherstadt. Dos de las cuatro personas entonces presentes estaban ahora muertas, y Fabel quería asegurarse de que Mahmoot no fuera la tercera. Cuando escuchó su voz, soltó un suspiro de alivio. Le explicó lo que había sucedido al volver al almacén y se sorprendió al notar que le temblaban las manos mientras se lo contaba. Mahmoot escuchó en silencio durante un rato.
– Joder, Jan. Creía que vivía en un mundo oscuro -dijo al final-, pero el tuyo me acojona. No puedo creer que estén muertos. No puedo creer que le hiciera eso a su propio padre. -Hizo una pausa como si estuviera pensando en algo-. Escucha, Jan, voy a desaparecer una temporada, me iré de Hamburgo. No sé si este supervikingo me considera un cabo suelto, pero no quiero acabar como una especie de brocheta nórdica.
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