Ella no se movió ni dijo nada. Si estaba decidida a tener más paciencia que él, lo estaba consiguiendo.
– Me jugaría lo que tengo -dijo Torres-, a que las llaves del coche están en su bolso.
Joyce apenas cambió de expresión; enarcó las cejas.
– ¿Y eso demostraría que le llevé al aeropuerto?
– A mí sí.
– No puedo ayudarle.
– Querrá decir que no quiere.
– ¿Cuál es la diferencia?
Raylan Givens se mantenía al margen mientras McCormick y otro agente revisaban el apartamento de Harry Arno. Raylan pensó que para ellos era pura rutina, aunque no lo hicieron a fondo porque no lo pusieron todo patas arriba. Estuvo a punto de preguntarles si buscaban algo en particular, pero decidió callarse.
McCormick parecía un buen tipo, pero tenía una actitud arrogante que no podía disimular. Le gustaba burlarse de las personas, sobre todo si tenía público. Cara a cara, cuando tenías que tratar algo con él, no era tan malo. Aparte de esto, apenas si te prestaba atención. McCormick rondaba los cincuenta y cinco, era robusto, y se había quitado la chaqueta para trabajar en mangas de camisa; llevaba aflojado el nudo de la corbata a rayas azules y amarillas.
Mientras revisaba la sala de estar, levantaba la voz para conversar con el otro agente que registraba el dormitorio, diciéndole que después de su destino como agente residente en West Palm hubiera querido jubilarse y aceptar un empleo en la seguridad privada; en cambio había venido a esta ciudad tercermundista.
McCormick hablaba de Miami. Dijo que una vez había participado en una investigación, una pájara que vivía en este mismo hotel intentó chantajear al viejo dueño para sacarle seiscientos billetes. Ya casi la tenían cogida y ¿sabes qué pasó? El viejo se casó con ella. Según él le importaba una mierda que ella intentara chantajearle, la deseaba; al cabo de poco tiempo el viejo la palmó por causas naturales. Ella era una ex actriz de cine, ¿Jean Shaw?
El agente del dormitorio dijo que nunca la había oído mencionar, pero después preguntó dónde estaba ahora.
– ¿Quién lo sabe? -respondió McCormick.
Hablaban, sin poner mucho interés en lo que hacían. Era un puro trámite. McCormick estaba ahora en la cocina, curioseando el contenido de la nevera. Cuando volvió al salón, le preguntó a Raylan:
– ¿Siempre lleva el sombrero puesto?
– Sí, cuando salgo.
– ¿Lo lleva cuando se sienta a comer?
– No.
– Algunos vaqueros lo hacen. Nunca se quitan el sombrero. Ven las entregas de premios de música country en la tele. Todos sentados con el sombrero puesto, jugando a ser vaqueros. -Dijo-. ¿Por qué no nos prepara un poco de té helado? Hay sobres de instantáneo en la cocina.
Era la primera vez desde que habían llegado que McCormick le hablaba, y había sido precisamente sobre su sombrero. Raylan preparó dos vasos con cubitos y rodajas de limón y los dejó sobre la mesa del salón.
McCormick le miró desde donde estaba, junto a la pared de las fotos y Raylan pensó que le pediría que le llevara el té, pero no lo hizo: se acercó a la mesa.
– ¿No ha encontrado nada? -le preguntó Raylan-. ¿Alguna pista sobre dónde puede estar?
– No, pero se lo diré si la encuentro. -McCormick gritó para que le oyeran en la otra habitación-. ¡Jerry! Raylan quiere saber si has encontrado alguna pista.
– ¿Quién? -replicó Jerry.
Era Jerry Crowder, un agente joven que, en opinión de Raylan, acabaría adoptando una actitud negativa si seguía el ejemplo de McCormick. Era un buen tipo, grande y atlético, ex jugador de fútbol de la universidad. Raylan le había acompañado en un par de arrestos.
McCormick cogió el vaso de té helado y bebió un trago mirando a Raylan.
– Quiero preguntarle una cosa. Cuando Harry Arno se piró, ¿tuvo que pagar usted la cuenta del restaurante?
Esperó la respuesta con una expresión seria, interesada.
– Sí, fue de sesenta pavos.
– Espero que no la cargue en la cuenta de gastos. -Raylan no abrió la boca y McCormick añadió-: ¿En qué nivel está ahora?
– GS-once.
– ¿Desde cuándo?
– Hace siete años.
– Estancado, ¿eh? Es una pena. Tengo entendido que es la segunda vez que se le escapa Harry Arno. ¿Es amigo suyo?
– No diría tanto.
– ¿No le enseñaron que nunca debe perder de vista a un prisionero?
– No era un prisionero -contestó Raylan y de inmediato comprendió que había metido la pata, era como contradecir a un maestro.
– Bueno, usted le vigilaba, ¿no es así? A eso me refiero.
Raylan pensó que debía continuar y dijo:
– ¿Quiere saber cómo veo todo esto?
– ¿Cómo ve qué?
– Esta situación, con Harry.
– Desde luego, pero espere. -McCormick gritó-: Jerry, ven aquí. -Crowder apareció en la puerta del dormitorio, casi llenándola, y McCormick le hizo una seña-. Ven, tómate un té. Raylan nos va a decir cómo lo ve.
– ¿Cómo ve qué? -preguntó Jerry acercándose a la mesa.
– Eso es lo que vamos a descubrir. -McCormick miró a Raylan-. Adelante.
– En primer lugar no se me ocurre ningún motivo por el que Harry se escape sabiendo que necesita protección; además es demasiado listo como para convertirse en un fugitivo y tener que esconderse el resto de su vida.
– ¿Conoce a Harry muy bien?
– Estuve con él en dos ocasiones. En ambas hablamos, compartimos experiencias.
– Si comprende que necesita protección -comentó moviendo la cabeza McCormick-, y sabe que si se fuga se convertirá en un fugitivo, entonces ¿por qué lo hizo?
– Quizá no lo hizo. Quizá le secuestraron.
No se les había ocurrido, y los dos se volvieron para cruzar una mirada.
– ¿Quién? -preguntó Jerry-. ¿Los malos?
McCormick se apresuró a intervenir:
– ¿Qué me dice de que un testigo le viera salir del restaurante y entrar en su coche? Alguien le esperaba.
– Quizá le engañaron -replicó Raylan-. ¡Maldita sea!, ojalá hubiera pensado en ello antes y ahora tuviera alguna respuesta.
Volvieron a quedarse desconcertados, era algo nuevo a tener en cuenta.
– ¿Harry salió pensando que un amigo conducía el coche? -preguntó McCormick.
– Alguien de su confianza.
– Pero no lo era. ¿Es eso lo que quiere decir?
Para él era más sencillo.
– Algo así -respondió Raylan.
– Pero ¿por qué le dejó a usted sentado allí y se largó? ¿Cómo consiguieron enredarle? ¿Me comprende? ¿Le traicionó un amigo?
– No lo sé, todavía no lo he pensado. Ahora mismo sólo es un presentimiento.
– A mí me parece que desde el principio tenía la idea de pirarse -opinó McCormick-. Esa es la sensación que tengo.
– O alguien le convenció -añadió Raylan, pensando a toda máquina.
– Le diré cómo lo veo yo -dijo McCormick secamente y con expresión muy seria-. Usted no quiere aceptar que metió la pata dos veces y que en consecuencia no conseguirá ascender en el cuerpo más allá de donde está ahora, así que quiere echarle la culpa a algún otro, ¿y por qué no a Jimmy Cap, a los malos? Se quiere convencer de que este apostador al que conoce tan bien no volverá a joderle, usted confía en él. ¿No es eso lo que piensa, Raylan? ¿Se ve a sí mismo otra vez en la academia como instructor? ¿Se ve a sí mismo jubilándose para vivir el resto de sus días en Brunswick?
McCormick recuperó su expresión anodina cuando Raylan contestó a su pregunta.
– ¿Qué hay de malo en eso?
Transcripción de una cinta grabada el 5 de noviembre, a las 14.20, interceptando el teléfono portátil de Jimmy Capotorto en su casa de Pine Tree Drive, Miami Beach, desde el muelle del Eden Roc al otro lado de Indian Creek. Jimmy Cap conversa con uno de sus ayudantes conocido como Tommy Bucks.
Читать дальше