– Se me ocurre al menos una razón horrible. Me refiero, otra vez, a que no sabemos lo que pensamos que sabemos. Lo único que sabemos es que hablaron entre ellos y que ella entró en la cabaña.
Hardwick, impaciente, empezó a dar golpecitos en el reposabrazos labrado de la silla tipo trono.
– Eso no es todo lo que sabemos. Recuerdo que alguien fue a buscarla. Llamó a la puerta de la cabaña. ¿Una de las camareras? ¿Y no estaba ya muerta? Al menos no respondió a la puerta. No entiendo adónde demonios quieres ir a parar.
– Empecemos por el principio. Si observas las pruebas visuales reales y olvidas la interpretación que le hemos dado, la pregunta es: ¿hay algún otro relato creíble que sea coherente con lo que vemos que ocurre en pantalla?
– ¿Como cuál?
– En el vídeo parece que Jillian atrae la atención de Ashton y señala su reloj. Muy bien. Supongamos que él le hubiera pedido que lo avisara cuando fuera el momento del brindis nupcial. Y supongamos que cuando se acerca a ella, le dijo que tenía una gran sorpresa para ella y que quería que fuera a la cabaña, porque allí era donde iba a dársela, antes del brindis. Ella tenía que entrar en la cabaña, cerrar la puerta y quedarse completamente en silencio. No importaba quién fuera a la puerta, no tenía que abrir ni decir una sola palabra. Todo formaba parte de una sorpresa que ella entendería después.
Hardwick estaba absorto, prestando plena atención.
– Entonces, ¿estás diciendo que ella podría haber estado bien cuando la camarera llamó a la puerta?
– Y luego cuando Ashton abrió la puerta con su llave, supongamos que le dijo algo como: «Cierra bien los ojos. Será la mayor sorpresa de tu vida, no abras los ojos».
– Y luego…
Gurney hizo una pausa.
– ¿Recuerdas a Jason Strunk?
Hardwick frunció el ceño.
– ¿El asesino en serie? ¿Qué tiene que ver con esto?
– ¿Recuerdas cómo mataba a sus víctimas?
– Las descuartizaba y enviaba trozos a policías locales.
– Exacto. Pero en lo que estaba pensando es en el arma que usaba.
– Un hacha de carnicero, ¿no? Una herramienta japonesa, muy afilada.
– Y la llevaba en una sencilla funda de plástico debajo de la chaqueta.
– Así pues…, ¿qué estás diciendo? Oh, no ¡vamos! ¿No estarás diciendo que… Scott Ashton entró en la cabaña, le dijo a su nueva esposa que cerrara los ojos y le cortó la cabeza?
– Basándonos en las pruebas visuales, es tan posible como la historia que nos contaron.
– Dios, montones de cosas son posibles, pero…-Hardwick negó con la cabeza-. ¿Y luego? ¿Después de cortarle la cabeza a la novia, la deja limpiamente sobre la mesa, empieza a gritar, vuelve a guardarse el arma ensangrentada en su funda de plástico, sale tambaleándose de la cabaña y se derrumba?
Gurney continuó.
– Eso es. Esa última parte está grabada en el vídeo: Ashton gritando, tambaleándose, cayendo en los rosales. Todos vienen corriendo hacia él, todos miran en la cabaña y todos llegan a la conclusión obvia dadas las circunstancias. Exactamente la conclusión a la que Ashton quería que llegaran. Así que no había razón para que nadie lo registrara. Si llevaba un hacha de carnicero o un arma similar escondida en la chaqueta, nadie lo habría sabido nunca. Y en cuanto los perros encontraron el machete ensangrentado en el bosque, todo pareció perfectamente claro. El relato sobre Héctor Flores estaba grabado en piedra, solo a la espera de que Rodriguez estampara su sello de aprobación.
– El machete… con la sangre de Jillian…, pero ¿cómo?
– La sangre podría haberla sacado del test de nivel de litio de dos días antes. Ashton podría haber cancelado la cita habitual de la practicante y haberle sacado la muestra él mismo. O podría haberla conseguido de otra forma, haciendo algún cambio, como empezábamos a pensar que podría haber hecho Flores. Y podría haber dejado el machete por la mañana antes de la recepción. Podría haberlo manchado con sangre, haberlo llevado al alféizar de la ventana de atrás, dejar ese rastro de feromona sexual para que los perros lo siguieran y luego volver a entrar a través de la cabaña. En ese punto, antes de la fiesta, no habría ninguna cámara en funcionamiento, lo que explicaría por qué el machete fue desde la cabaña al lugar en el que se encontró sin que, en el vídeo, nadie pasara por delante de ese árbol.
– Espera un segundo, olvidas una cosa: ¿cómo demonios le rebanó el cuello, a través de las carótidas, sin salpicarse de sangre? O sea, ya sé eso del informe del forense sobre la sangre por el otro lado del cadáver y mi propia idea de cómo el asesino habría usado la cabeza para desviar la sangre. Pero tendría que salpicar algo.
– Quizá salpicó.
– ¿Y nadie se fijó?
– Piensa en ello, Jack, en la escena del vídeo. Ashton llevaba un traje oscuro. Cae en un arriate lleno de barro. Un lecho de rosas. Con espinas. Estaba hecho un desastre. Recuerdo que algunos invitados lo llevaron a la casa. Me jugaría mi pensión a que fue directo al cuarto de baño. Eso le ofrecería una oportunidad de deshacerse del hacha, quizás incluso de cambiarse el traje por otro también lleno de barro, para poder salir aún hecho un desastre, pero sin rastro de sangre de la víctima.
– Joder-murmuró Hardwick, pensativo-. ¿De verdad crees todo eso?
– Para ser sincero, Jack, no tengo ninguna razón para creerlo. Pero es posible.
– Hay algunos problemas, ¿no te parece?
– ¿Como el problema de que un famoso psiquiatra sea un asesino despiadado? ¿Poco creíble?
– De hecho, esa es la parte que más me gusta-dijo Hardwick.
Gurney sonrió por primera vez ese día.
– ¿Algún otro problema?-preguntó.
– Sí. Si Flores no estaba en la cabaña cuando mataron a Jillian, ¿dónde estaba?
– Quizá ya estaba muerto-dijo Gurney-. Tal vez Ashton lo mató para que pareciera el culpable que había huido. O quizás el escenario que acabo de dibujar está tan lleno de agujeros como cualquier otra teoría sobre el caso.
– Así que este tipo, o bien es el autor de un crimen extraordinario, o bien es su víctima inocente. -Hardwick miró al monitor de detrás del escritorio de Ashton-. Para ser un hombre cuyo mundo se está derrumbando, parece muy tranquilo. ¿Adónde ha ido a parar toda la desesperación?
– Parece que se ha evaporado.
– No lo entiendo.
– ¿Resistencia emocional? ¿Está poniendo buena cara?
Hardwick parecía cada vez más desconcertado.
– ¿Por qué quería que viéramos esto?
Ashton caminaba con lentitud por la capilla, casi imperioso, como un gurú entre sus discípulos. Tranquilo. Seguro de sí mismo. Imperturbable. Irradiaba más placer y satisfacción a cada minuto. Un hombre poderoso y respetado. Un cardenal del Renacimiento. Un presidente de Estados Unidos. Una estrella del rock.
– Scott Ashton parece una piedra preciosa con muchas caras-dijo Gurney, fascinado.
– O un cabrón asesino-replicó Hardwick.
– Hemos de decidir cuál de las dos cosas es.
– ¿Cómo?
– Reduciendo la ecuación a sus términos elementales.
– ¿Que son…?
– Supongamos que Ashton mató a Jillian.
– ¿Y que Héctor no estuvo involucrado?
– Exacto-dijo Gurney-. ¿Qué seguiría después de ese punto de partida?
– Que Ashton es un buen mentiroso.
– Así que quizá nos ha estado contando un montón de mentiras y no nos hemos enterado.
– ¿Mentiras sobre Héctor Flores?
– Exacto-dijo Gurney de nuevo, frunciendo el entrecejo, pensativo-. Sobre… Héctor… Flores.
– ¿Qué pasa?
– Solo estaba pensando.
– ¿Qué?
– ¿Es posible… que…?
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