Leonardo Padura - Pasado Perfecto

Здесь есть возможность читать онлайн «Leonardo Padura - Pasado Perfecto» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Триллер, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Pasado Perfecto: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Pasado Perfecto»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

El primer fin de semana de 1989 una insistente llamada de teléfono arranca de su resaca al teniente Mario Conde, un policía escéptico y desengañado. El Viejo, su jefe en la Central, le llama para encargarle un misterioso y urgente caso: Rafael Morín, jefe de la Empresa de Importaciones y Exportaciones del Ministerio de Industrias, falta de su domicilio desde el día de Año Nuevo. Quiere el azar que el desaparecido sea un ex compañero de estudios de Conde, un tipo que ya entonces, aun acatando las normas establecidas, se destacaba por su brillantez y autodisciplina. Por si fuera poco, este caso enfrenta al teniente con el recuerdo de su antiguo amor por la joven Tamara, ahora casada con Morín. «El Conde» irá descubriendo ciertas sombras inquietantes en el aparente pasado perfecto sobre el que Rafael Morín ha ido labrando su brillante carrera de burócrata.

Pasado Perfecto — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Pasado Perfecto», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

René Maciques debía de tener unos cincuenta años, sería un poco calvo y llevaría gafas, más bien redondas, como las de un bibliotecario modelo, pensó el Conde con los ojos puestos en la grabadora. El trabajo de Manolo ponía de relieve la retórica burocrática del hombre y su ética estricta de defender siempre las espaldas del jefe, hasta que se demuestre lo contrario, esté donde esté, al menos ahora que no se sabe dónde carajos está metido, se dijo. Sin embargo, la esfera de relaciones y amistades de Rafael, la grabación de la entrevista con Maciques y su propia conversación con Tamara le ponían ante los ojos un elemento importante en su búsqueda: Rafael Morín seguía siendo el mismo intachable de siempre, y él no debía prejuiciarse. Sus recuerdos eran cicatrices de heridas que creía cerradas hacía mucho tiempo y un caso abierto era otra historia, y en los casos hay antecedentes, evidencias, pistas, sospechas, premoniciones, iluminaciones, certezas, datos estadísticos y comparables, huellas, documentos y muchísimas casualidades, pero nada tan engañoso y equívoco como los prejuicios.

Se puso de pie y caminó hasta la ventana del cubículo. De tanto observarlo, aquel fragmento de paisaje se había convertido en su vista favorita. Las hojas de los laureles se movían ahora levemente, impulsadas por la brisa que corría del norte y traía la mancha de nubes oscuras y pesadas que acercaban el horizonte. De la iglesia salían dos monjas con sus trajes oscuros de invierno y abordaban un pisicorre VW con una naturalidad sencillamente posmodernista. Su estómago vacío bailaba como las hojas de los laureles, pero no quería pensar en la comida. Pensaba en Tamara, en Rafael, en el Flaco Carlos, en Aymara viviendo en Milán y en Dulcirá sabía Dios dónde, en la espectacular fiesta de quince de las jimaguas, y pensaba en sí mismo, dentro de aquella oficina fría en invierno y tan caliente en verano, mirando las hojas de un laurel y empeñado en encontrar a alguien a quien nunca hubiera querido buscar. Todo perfecto.

Apoyó las yemas de los dedos en el gélido cristal de la ventana y se preguntó qué había hecho con su vida: cada vez que revolvía el pasado sentía que no era nadie y no tenía nada, treinta y cuatro años y dos matrimonios deshechos, dejó a Maritza por Haydée y Haydée lo dejó por Rodolfo, y él no supo ir a buscarla, aunque seguía enamorado de ella y podía perdonárselo casi todo: tuvo miedo y fue preferible emborracharse todas las noches de una semana para al final no olvidar a aquella mujer y el hecho terrible de que había sido un magnífico cornudo y que su instinto de policía no lo alertó de un crimen que ya duraba meses antes del desenlace. Su voz enronquecía por días a causa de las dos cajetillas de cigarros que despachaba cada veinticuatro horas, y sabía que además de calvo, terminaría con un hueco en la garganta y un pañuelo de cuadros en el cuello, como un cowboy en horas de merienda, hablando tal vez con un aparatico que le daría voz de robot de acero inoxidable. Ya apenas leía y hasta se había olvidado de los días en que se juró, mirando la foto de aquel Hemingway que resultó ser el ídolo más adorado de su vida, que sería escritor y nada más que escritor y que todo lo demás eran acontecimientos válidos como experiencias vitales. Experiencias vitales. Muertos, suicidas, asesinos, contrabandistas, proxenetas, jinetes, violadores y violados, ladrones, sádicos y retorcidos de todas las especies y categorías, sexos, edades, colores, procedencias sociales y geográficas. Muchísimos hijos de puta. Y huellas, autopsias, levantamientos de terreno, plomos disparados, tijeras, cuchillos, cabillas, pelos y dientes arrancados, caras desfiguradas. Sus experiencias vitales. Y una felicitación al final de cada caso resuelto y una terrible frustración, un asco y una impotencia infinita al final de cada caso congelado sin solución. Diez años revolcándose en las cloacas de la sociedad habían terminado por condicionarle sus reacciones y perspectivas, por descubrirle sólo el lado más amargo y difícil de la vida, y hasta habían conseguido impregnarle en la piel aquel olor a podrido del que ya no se libraría jamás, y lo que era peor, que sólo sentía cuando resultaba especialmente agresivo, porque su olfato se había embotado para siempre. Todo perfecto, tan perfecto y agradable como una buena patada en los huevos.

¿Qué has hecho con tu vida, Mario Conde?, se preguntó como cada día, y como cada día quiso darle marcha atrás a la máquina del tiempo y uno a uno desfacer sus propios entuertos, sus engaños y excesos, sus iras y sus odios, desnudarse de su existencia equivocada y encontrar el punto preciso donde pudiera empezar de nuevo. ¿Pero tiene sentido?, también se preguntó, ahora que hasta me estoy quedando calvo, y se dio la misma respuesta de siempre: ¿Dónde me había quedado? Ah, en que no debo prejuiciarme, pero es que me encantan los prejuicios, se dijo y llamó a Manolo.

El cuento se llamaba «Domingos» y era una historia real y de contra autobiográfica. Empezaba un domingo por la mañana cuando la mamá del personaje (mi mamá) lo despertaba, «Arriba, mijo, son las siete y media», y él comprendía que esa mañana no podría desayunar, ni seguir otro rato en la cama, ni jugar pelota después, porque era domingo y tenía que ir a la iglesia, como todos los domingos, mientras sus amigos («Se van a perder en el infierno», decía su/mi mamá) se pasaban aquella única mañana sin clases mataperreando por el barrio y organizando piquetes a la mano o al bate en el callejón de la esquina y en el descampado de la cantera. Me parecía muy anticlerical, había leído a Boccaccio y en el prólogo explicaban lo que es ser anticlerical, y como la obligación de ir a la iglesia me hizo ser a mí también anticlerical cuando quería ser pelotero, pues se me ocurrió escribir el cuento, pero sin ser anticlerical expreso, sino sugerido, mejor dicho, sumergido, como el iceberg del que habla Hemingway. Ese fue el cuento que llevé al taller.

Es algo increíble eso de sentirse escritor. Aunque el taller, en verdad, parecía una corte de los milagros. Había de todo: desde los dos únicos maricones reconocidos del Pre, Millán y el negrito Pancho, hasta el Quijá, el capitán del equipo de basket, que hacía unos sonetos larguísimos; desde Adita Vélez, tan fina y tan linda y tan delicada que era imposible imaginarla en el acto cotidiano de cagar un mojón, hasta Miki Cara de Jeva, el lindoro del Pre, que todavía no había escrito ni una línea en su vida y lo que buscaba era alguna jeva que levantar; desde el negro Afón, que no iba casi nunca a clases, hasta la profesora Olguita, la de literatura, que dirigía aquello, pasando por mí y por el Cojo, que era el inventor y el alma del taller. La gente decía: «Ese sí es poeta», porque había publicado unos versos en ElCaimán Barbudo y usaba unas camisas blancas de cuello duro y mangas largas recogidas hasta el codo, pero no porque fuera poeta ni nada, sino porque no tenía otras camisas blancas para ir al Pre y estaba rematando las últimas glorias de cuello y corbata que había usado su padre como promotor de ventas en Venezuela allá por el cincuenta y pico, justo cuando nació el Cojo, que por tanto era venezolano pero de La Víbora y fue al que se le ocurrió hacer una revista del taller literario y formó sin quererlo la descojonación.

Nos reuníamos los viernes por la tarde debajo de los algarrobos que había en el patio de educación física y la profe Olguita llevaba un termo grandísimo con té frío, y nos cogía la noche matándonos a poemas y cuentos, y éramos ultracríticos con los otros, buscando siempre la contrapelusa de las cosas, el marco histórico, si era idealista o realista, cuál era el tema y cuál el asunto y esas pendejadas que nos enseñaban en el aula como para que no quisiéramos leer, a pesar de que la profe Olguita nunca hablaba de eso y nos leía cada semana un capítulo de Rayuela; se veía que le gustaba muchísimo porque casi llorando nos decía esto es la literatura, y ella se me fue pareciendo tanto a la Maga que casi me enamoro, aunque yo era novio de Cuqui y estaba enamorado de Tamara, y eso que Olguita tenía la cara llena de unos huequitos y me llevaba como diez años, y también dijo que sí, que era buena idea eso de sacar todos los meses una revista con las mejores cosas del taller.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Pasado Perfecto»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Pasado Perfecto» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Pasado Perfecto»

Обсуждение, отзывы о книге «Pasado Perfecto» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x