– Comisario, leo los periódicos, y sé que Ariana ha muerto. ¿Por qué quiere saber si la había tratado -recalcó el pretérito- de esa clase de enfermedad?
– Porque en la autopsia se le apreciaron señales de gonorrea -dijo Brunetti con voz neutra.
– Sí; yo conocía el problema, y ella estaba en tratamiento.
Brunetti desistió de preguntar si, en su calidad de médico, no había considerado oportuno informar del «problema» a los servicios sociales.
– ¿Podría decirme cuánto tiempo llevaba en tratamiento?
– No creo que eso tenga que ver.
Brunetti tampoco lo creía, pero respondió:
– Podría ayudarnos en la investigación de su muerte, dottore .
– Varios meses -concedió el médico.
– Gracias -dijo Brunetti, conformándose con lo que se le daba y renunciando a pedir pormenores.
– Me gustaría decir unas palabras -empezó el médico.
– Adelante, dottore .
– Trato a esa familia desde hace casi un año, y me intereso mucho por ellos y por las dificultades que encuentran. -En este momento, Brunetti adivinó lo que iba a oír. El dottor Calfi era un cruzado, y Brunetti sabía que con los cruzados no tenía nada que hacer como no fuera escucharles, darles la razón en todo y tratar de conseguir de ellos lo que necesitaba.
– Estoy seguro de que son muchos los médicos que se interesan vivamente por sus pacientes -dijo Brunetti con una voz limpia de cualquier sentimiento que no fuera cordialidad y admiración.
– La vida no es fácil para ellos -dijo Calfi-. Nunca lo fue.
Brunetti emitió un sonido de asentimiento.
Durante los minutos que siguieron, Calfi enumeró los infortunios de la familia Rocich; por lo menos, la versión que ellos le habían dado. Todos, en uno u otro momento, habían sido víctimas de un trato brutal. Hasta la esposa había sido golpeada por la policía en Mestre, que le había dejado un ojo tumefacto y magulladuras a uno y otro lado del cuello. Los niños habían sufrido persecución en el colegio y temían volver. El propio Rocich no encontraba trabajo.
Cuando el médico terminó de hablar, Brunetti preguntó con voz emocionada y solidaria:
– ¿Cómo contrajo la niña la enfermedad, dottore ?
– Fue violada -dijo Calfi con indignación, casi como si Brunetti hubiera tratado de negarlo o, de algún modo, hubiera estado involucrado en el acto-. El padre me contó que una tarde, a última hora, cuando la niña volvía andando al campamento, un hombre que conducía un coche grande se ofreció a llevarla. Por lo menos, eso le dijo ella.
– Comprendo -dijo un muy impresionado Brunetti.
– El hombre salió de la carretera y la violó -dijo Calfi, alzando la voz airadamente.
– ¿Lo denunciaron a la policía? -preguntó un Brunetti no menos indignado.
– ¿Quién iba a creerles? -preguntó a su vez Calfi, ahora en tono de amarga impotencia.
«No muchos», pensó Brunetti, pero dijo:
– Sí, probablemente tiene razón, dottore . -En el mismo tono, preguntó-: ¿La llevaron a su consultorio?
– Al cabo de unos meses -respondió el médico, que, antes de que Brunetti pudiera preguntar por qué habían tardado tanto, explicó-: A la niña le daba vergüenza lo ocurrido y no quería que la trajeran hasta que ya no fue posible seguir ocultando los síntomas.
– Comprendo, comprendo -dijo Brunetti y luego murmuró entre dientes-: Es terrible.
– Celebro que lo vea así -dijo el médico, y Brunetti tuvo que reconocer que, efectivamente, todo aquello le parecía terrible, pero quizá no del mismo modo en que se lo parecía al doctor.
– ¿Le ha ocurrido algo similar a alguno de los otros niños? -preguntó.
– ¿Qué quiere decir con lo de «similar»? -preguntó el médico secamente.
Brunetti creyó que sería prudente evitar el tema de las enfermedades de transmisión sexual y dijo:
– Violencia por parte de los habitantes de la zona. -Y entonces decidió arriesgarse-: O de la policía.
Casi le pareció sentir cómo Calfi se calmaba al oír esto.
– Alguna vez, pero la policía prefiere ejercer la violencia con las mujeres -dijo Calfi, como si hubiera olvidado que estaba hablando con un funcionario del cuerpo.
Brunetti decidió dar por terminada la conversación antes de que se complicara, y dio las gracias al médico por su ayuda y por la información facilitada.
Con un intercambio de fórmulas de cortesía, los dos hombres se despidieron.
– Violencia con las mujeres -repitió Brunetti todavía con el teléfono en la mano. Luego colgó.
Sólo le quedaban los Fornari. Comprendía que lo más prudente era dejar que Patta decidiera si era conveniente volver a hablar con ellos, o quizá fuera preferible dejarlo al criterio del juez instructor, pero Brunetti optó por considerar la visita no como un acto de investigación sino como el intento de clarificar la probabilidad de que la niña hubiera muerto al caer desde su tejado. El signor Fornari ya debía de haber regresado de Rusia y Brunetti se preguntaba si se mostraría tan exento de curiosidad como su esposa por la niña gitana hallada muerta cerca de su casa.
Mientras caminaba por Riva degli Schiavoni, obligado a sortear tanto a los transeúntes que iban en su misma dirección como a los que venían de cara, Brunetti tenía la sensación de que alguien lo observaba. De vez en cuando, se paraba a mirar la mercancía de los tenderetes del muelle, que eran cada vez más numerosos: banderines de clubes de fútbol, gondolieri , sombreros de bufón de terciopelo acolchado, ceniceros -uno de Capri- y las inevitables góndolas de plástico. Parado frente a aquellos horrores dirigía la atención hacia uno y otro lado disimuladamente. Dejó en el mostrador la góndola que tenía en la mano y dio media vuelta rápida, pero no observó ningún movimiento furtivo entre la gente que tenía a su espalda. Pensó en tomar un vaporetto : esto obligaría a su perseguidor a abandonar el intento, pero pudo más la curiosidad, y siguió andando e incluso aflojó el paso, para facilitar la persecución.
Cruzó la Piazza y bajó por la Via XXII Marzo, torció a la derecha, pasó por Antico Martini y por delante de La Fenice. Persistía la sensación de que alguien lo observaba, pero la única vez que se detuvo y se volvió para contemplar la fachada del teatro, no vio a nadie que hubiera visto antes tras de sí. Pasó delante del Ateneo y bajó hacia la casa de los Fornari.
Llamó al timbre, dio su nombre y fue invitado a subir. Cuando llegó al último piso, Brunetti vio a Orsola Vivarini en la puerta y, al acercarse, pensó durante un momento que la mujer había enviado a recibirle a una versión de sí misma con diez años más.
– Buenos días, signora . Vengo a hacerle varias preguntas más. Es decir, si no tiene inconveniente.
– Desde luego que no -dijo ella en un tono de voz demasiado alto.
Brunetti sonrió afablemente, sin denotar que hubiera observado el cambio de aspecto. Siguió a la mujer al interior del apartamento. Las flores que estaban en la mesa situada a la derecha de la puerta de entrada seguían allí, pero el agua se había evaporado y el comisario notó el primer olorcillo a podrido.
– ¿Su esposo ha regresado? -preguntó Brunetti al entrar en la habitación en la que ella lo había recibido la primera vez.
– Sí; regresó ayer -dijo ella y, volviéndose hacia su visitante, preguntó-: ¿Desea beber algo, comisario?
– No, signora , muy amable, acabo de tomar café. Muchas gracias.
Ella le señaló un sillón y Brunetti fue hacia él, pero, al ver que ella no se sentaba, permaneció de pie.
– Siéntese, por favor, comisario -dijo ella-. Avisaré a mi marido.
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