Diana se detuvo al fin frente a un cuadro cuya imagen le resultaba aterradoramente familiar. Un espacio oscurísimo, pequeño, sin aire, un armario quizá.
Y, al fondo, abrazándose con fuerza las piernas flexionadas, una niña pequeña con el pelo largo y oscuro y la cara manchada de lágrimas.
– Es asombroso lo fácil que es identificarla, ¿verdad? Una figura diminuta en ese rincón pequeño y oscuro. Podría ser cualquiera. Pero sólo puede ser Missy.
Diana se hizo rápidamente a un lado para ver más allá del cuadro.
– ¿Tú? ¿Qué demonios haces tú aquí?
– Te estaba esperando -respondió Beau.
Nate sabía que debía irse a casa, meterse en la cama y empezar desde cero al día siguiente, no muy temprano, pero sabía también que estaba tan inquieto que no podría pegar ojo. Había papeleo esperándole en comisaría, pero aquello le atraía aún menos, y apenas se sorprendió cuando se halló pasando como si tal cosa frente a la puerta entornada del despacho de Stephanie.
Stephanie estaba sentada a su mesa, mirando con el ceño fruncido un montón de papeles esparcidos sobre el cartapacio y cuyo desorden le extrañó en ella.
– Trabajas hasta tarde -dijo él desde la puerta.
Ella alzó los ojos, sobresaltada, pero enseguida sonrió.
– No es trabajo, exactamente. O, por lo menos, no es trabajo por el que me paguen. Quería seguir revisando esos archivos viejos, por si encontraba algo útil.
– Podía haber entrado cualquiera, ¿sabes? -le dijo él, abriendo del todo la puerta-. Sorprenderte de improviso… -Se interrumpió, casi avergonzado, porque la puerta chirrió con estridencia al abrirse.
Stephanie sonrió y, apartando un fajo de papeles, dejó al descubierto una reluciente pistola automática del calibre 45.
– Soy rápida, sobre todo si me sube la adrenalina. Si no hubiera reconocido enseguida tu voz, te habrías topado con el cañón de la pistola antes de poder acercarte a la mesa.
Nate se sentó en la silla que había al otro lado de la mesa.
– Da igual que seas rápida. ¿Tienes buena puntería?
– Sí. Y también tengo licencia. Licencia para llevar armas, más concretamente. -Añadió, muy seria-: Nuestra seguridad nocturna es muy buena, creo, sobre todo ahora que tus hombres también están patrullando, pero habiendo un asesino suelto no pienso arriesgarme. Soy hija de militar, ¿recuerdas?
– Sí, lo recuerdo. Y eso hace que me preocupe un poco menos porque estés trabajando aquí tan tarde. Pero sólo un poco. -Hizo una pausa-. ¿Te das cuenta de que ese asesino es posiblemente alguien a quien conoces? ¿O que, al menos, te sonará su cara?
– Se me ha pasado por la cabeza, sí. En un sitio como El Refugio, todo revestido de grandeza victoriana, sería fácil imaginar que sólo un maníaco que pasara por aquí podía manchar nuestro buen nombre con algo de tan mal gusto como el asesinato.
Él la miró levantando una ceja.
Descendiendo a la normalidad, Stephanie agregó:
– Sí no fuera porque este sitio nunca ha sido impecable, ¿no?
– No, según Quentin.
– Y según los archivos que he consultado hasta ahora. ¿Sabías que la primera muerte registrada en estos terrenos tuvo lugar mientras se estaba construyendo el hotel?
– Sí, uno de mis hombres encontró una mención en un archivo histórico. Pero no es tan raro en una obra, sobre todo hace más de cien años.
– Sí. Pero ese tipo no se cayó de un andamio, ni murió aplastado por una piedra que se desplomara, ni nada parecido. El médico del pueblo de aquel entonces afirmó por escrito que la víctima había muerto de miedo.
– ¿De miedo? ¿A qué?
– Nadie pudo decirlo. Llegaron al trabajo una mañana temprano y allí estaba, tumbado junto a la caseta del capataz. Sin cortes, ni hematomas. La construcción del hotel estaba tan poco avanzada que ni siquiera había guarda, aunque en aquellos tiempos no hacía mucha falta. El caso es que nadie vio nada.
– Muerto de miedo. ¿De un ataque al corazón? -sugirió Nate.
– El médico afirmó que se le paró el corazón… pero que su corazón no estaba enfermo, no estaba dilatado, ni ninguna de las cosas que en aquellos tiempos se consideraban síntomas de enfermedad. Y, al parecer, el hombre parecía aterrado. Su cara estaba paralizada en una mueca de terror absoluto.
Nate se quedó callado, con el ceño fruncido.
– Eso no es todo -prosiguió Stephanie-. Media docena de hombres más murieron durante la construcción de El Refugio y sus establos. Y todas las muertes fueron… un poco extrañas. Hombres con un equilibrio perfecto que se caían. Hombres muy hábiles que sufrían accidentes manejando alguna herramienta. Hombres sanos que de pronto enfermaban gravemente.
– ¿Y después de que acabaran las obras?
– Bueno, después los archivos se vuelven un poco oscuros. -Se encogió de hombros y también ella arrugó un poco el ceño-. Sé lo suficiente sobre cómo llevar un archivo para estar segura de que las anotaciones que he encontrado hasta ahora respecto a enfermedades, desapariciones y muertes sucedidas aquí se hicieron con el mínimo detalle, casi con descuido.
– ¿Qué estás diciendo?
– Digo que desde el principio se restó importancia a cualquier mala noticia que tuviera que ver con El Refugio, especialmente si se trataba de una muerte sucedida en sus terrenos.
– ¿Y no es lo que cabe esperar, tratándose de un hotel?
– Hasta cierto punto, sí. Pero un hotel normal, si se enfrentara a la desaparición, muerte o incluso asesinato de alguno de sus huéspedes, tendría papeles a montones. Atestados policiales, informes de seguridad, declaraciones médicas… Cualquier tipo de documento que hiciera falta para eximir al hotel y a sus empleados de toda responsabilidad.
– Y El Refugio no los tiene.
– Eso te decía. Si quieres saber mi opinión, alguien, desde muy pronto, decidió cómo había que encarar las malas noticias. Y ya fuera porque se convirtió en costumbre o en una norma férrea, así es cómo se hizo desde entonces.
– Sin papeleo.
– Sin papeleo y mencionando únicamente el hecho desnudo. Nombre, fecha, no mucho más. Normalmente, sepultado entre las anotaciones del funcionamiento cotidiano del hotel.
Nate apoyó el antebrazo sobre la mesa y comenzó a tamborilear distraídamente con los dedos.
– Sé de cuántas muertes y desapariciones estamos hablando en los últimos veinticinco años gracias a la obsesión de Quentin. Pero ¿y antes? ¿Cuántas hubo?
– Bueno, pasarán semanas antes de que pueda decírtelo. Apenas he llegado a 1925.
– Está bien. ¿Cuántas hubo hasta 1925?
Stephanie respiró hondo.
– Incluyendo las que hubo durante las obras, he contado más de una docena de muertes en los terrenos de El Refugio hasta 1925.
Transcurrió un minuto, pero Nate dijo por fin:
– De ésas, ¿cuántas fueron sospechosas?
– ¿En mi opinión? Todas, Nate. Todas.
– ¿Estás muerto? -preguntó Diana con incredulidad.
Beau sonrió.
– No.
Ella dio un paso hacia delante, insegura.
– ¿Eres un médium?
– No.
Diana miró los caballetes grises que había a su alrededor, con sus lienzos grises embadurnados y pintados a pincel con diversos tonos de gris. Miró las plantas grises que había aquí y allá en el invernadero, bajó la mirada hacia su propia persona, teñida de gris, y la alzó luego hacia él. También era gris. Todo era gris.
– Entonces, repito, ¿qué diablos haces aquí?
– Ya te lo he dicho. Te estaba esperando.
– Beau, ¿sabes dónde estamos?
– Creo que tú lo llamas el tiempo gris.
– ¿Cómo lo llamas tú?
El miró a su alrededor, como con tibia curiosidad, y contestó:
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