Kay Hooper - Enfriar El Miedo

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Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?

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Como no sabía qué otra cosa hacer, respiró acompasadamente, con calma, y se concentró en intentar relajar el cuerpo. En quedar inerme. Un músculo cada vez, miembro a miembro. Luego, cuando se sintió tan relajada como probablemente podía estar, intentó visualizar una puerta. Para su sorpresa, le fue muy fácil hacerlo, y enseguida la puerta se materializó ante el ojo de su mente como si estuviera justo frente a ella.

Y vio con creciente inquietud que era verde.

Vaciló, pero al final su necesidad de encontrar la respuesta a la pregunta que la torturaba fue más fuerte, incluso, que su instinto de conservación. Alargó el brazo y asió el pomo de la puerta. Le sorprendió el hecho de sentirlo como si fuera real, y lo hizo girar.

Abrió la puerta y penetró a través de ella en el tiempo gris. Un largo corredor se extendía ante ella, frío y gris y prácticamente desprovisto de rasgos distintivos.

Diana dudó de nuevo. Sujetando todavía la puerta abierta, se volvió a medias para mirar a través de ella. Vio, envuelta en un halo fantasmal, la habitación de Quentin, la lámpara sobre la mesilla de noche, que refulgía cálidamente, las mantas apartadas y las almohadas apiladas sobre la cama.

La cama vacía.

– Estoy aquí -se oyó murmurar con voz hueca, como le sucedía siempre en el tiempo gris-. Estoy aquí físicamente.

No había contado con eso.

– Esto no es buena idea.

Sobresaltada, se volvió rápidamente hacia el corredor y el pomo de la puerta se deslizó de su mano. De pronto se halló frente a Becca, la niña que la había conducido a los establos.

– Se supone que no debes estar aquí, todavía no -le dijo Becca.

Diana miró hacia atrás y vio que la puerta verde se cerraba tras ella.

– Mientras recuerde dónde está esta puerta, puedo volver -dijo.

Becca meneó la cabeza.

– Aquí las cosas no funcionan así. La puerta no estará en el mismo sitio. El sitio no estará en el mismo lugar.

– No estoy de humor para acertijos, Becca.

La niña exhaló un suspiro.

– No es un acertijo, es como son las cosas. Lo recordarás, si piensas en ello. Tú hiciste la puerta, así que llévala contigo. Algo así.

– Entonces, podré encontrarla si necesito irme deprisa, ¿no?

– Eso espero.

Diana intentó fingir ante sí misma que el leve temblor que sentía se debía únicamente al frío que hacía siempre en el tiempo gris y no a la evidente vacilación de la chiquilla.

– ¿Dónde está Missy? -le preguntó a Becca.

La niña ladeó la cabeza como si escuchara un sonido distante.

– No deberías estar aquí, de veras, Diana. Matar a Ellie fue sólo el principio. Ahora ya sabe lo tuyo. Y te quiere.

– ¿Por qué? -preguntó Diana con toda la firmeza de que fue capaz.

– Porque estás descubriendo los secretos. Encontraste el esqueleto de Jeremy. Encontraste la trampilla y las cuevas. Descubriste la foto en la que salíais Missy y tú juntas.

– Pero eso sólo son… piezas del rompecabezas.

– Y ahora ya las tienes casi todas. Esta vez podrás ayudarnos a detenerlo. -Su certeza se tambaleó-. Creo.

Aquello no tranquilizó mucho a Diana.

– Mira, Becca, tengo que hablar con Missy.

– Missy ya no está aquí.

Capítulo diecisiete

Diana sintió un frío aún más profundo.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que no está aquí. Cuando abriste la puerta la última vez, cuando te cogió de la mano, Missy dejó el tiempo gris y regresó contigo.

– ¿Por qué?

– Porque tiene que hacer algo, supongo.

Diana dijo lentamente:

– No la vi. Cuando volví con Quentin, no la vi.

– A veces no queremos que nos vean, ni siquiera los médiums. Además, supongo que estabas alterada. Como habías recordado lo de tu madre y esas cosas…

– ¿Sabes eso?

Becca asintió.

– Aja. Missy me lo contó.

– ¿Sabes…? -Diana aquietó el temblor de su voz-. ¿Sabes por qué nuestra madre quedó atrapada a este lado de la puerta?

– Por eso has cruzado, ¿verdad? Y por eso has cruzado del todo, en carne y hueso. Porque significa mucho para ti. Porque tienes que saber qué le pasó a tu madre.

– Contéstame, Becca. ¿Sabes qué le ocurrió? ¿Sabes dónde está?

Becca dio media vuelta y echó a andar por el largo corredor.

Diana la siguió de inmediato.

– Becca…

– No te alejes mucho de la puerta, Diana.

Diana vaciló, miró hacia atrás. Pero la puerta verde todavía estaba allí. Siguió caminando tras la pequeña.

– Llevo casi toda mi vida siguiéndoos -dijo, no sin un toque de amargura-. Siempre siguiéndoos, siempre haciendo lo que queréis que haga. Maldita sea, esta vez soy yo la que necesita algo. ¿Por qué no me ayudáis, para variar?

– Te hemos estado ayudando desde el principio, Diana.

– Sí, claro. Dejándome metida hasta la cintura en un lago, o haciéndome conducir el coche de mi padre por la autopista…

– No fuimos nosotros.

– ¿Qué quieres decir con que no fuisteis vosotros? Yo perdía la conciencia y…

– Los fármacos eran demasiado fuertes. Te llevaban de vuelta antes de tiempo.

Diana encontró aquello poco tranquilizador.

– Entonces, supongo que el hecho de que cuando volvía de la mayoría de esos trances estuviera a salvo en casa no significa que estuviera allí todo el tiempo.

– Bueno, ha sido muy útil para nosotros tener a alguien que pudiera cruzar en carne y hueso -contestó Becca-. La mayoría de los médiums apenas pueden vernos o hablar con nosotros, y mucho menos caminar a nuestro lado.

– ¿Adónde vamos, por cierto? -dijo Diana. Pero apenas habían salido esas palabras de su boca cuando se detuvo, momentáneamente desorientada porque Becca y ella ya no estaban en el largo corredor. Se hallaban en el jardín, frente al invernadero.

Seguían aún en el tiempo gris, lo cual significaba que el jardín estaba tan inmóvil como una fotografía y que, pese al alumbrado paisajístico, se veía borroso, incoloro y unidimensional.

Becca, que también se había detenido, se volvió para mirarla.

– Ya que estás aquí, tenemos que arriesgarnos. Hay algo que debes ver.

– Oh, dios, otra vez no. -Diana la miró con el ceño fruncido-. Ya te he dicho que esta vez soy yo quien tiene una pregunta.

– Entonces quizás él pueda contestarla.

– ¿Él? ¿Quién?

Becca señaló con la cabeza hacia el invernadero.

– Ahí dentro.

Diana habría protestado de nuevo, pero en un abrir y cerrar de ojos su pequeña guía desapareció, y se halló sola.

– Maldita sea. -No le quedaba más remedio que entrar en el invernadero.

Por alguna razón, no le extrañó comprobar que el taller de pintura había dejado pruebas de su existencia a aquel lado de la puerta.

Allí estaban los cuadros, apoyados en sus caballetes. Pero parecía haber un sinfín de ellos, un bosque entero. Diana deambuló despacio entre los caballetes, mirándolos uno a uno, y sintió que su cuero cabelludo se erizaba y cosquilleaba desagradablemente.

Aquellos no eran los cuadros que recordaba del taller. En los cuadros del taller había violencia, imágenes surgidas de mentes atormentadas, pero… no así.

Uno tras otro, aquellos cuadros representaban un terror abyecto. Rostros contraídos en muecas horripilantes. Cuerpos retorcidos en poses violentas. Explosiones devastadoras. Armas que desgarraban la carne. Enfermedad, hambre, tortura.

Y también representaciones simbólicas y literales del miedo. La oscuridad hendida por el estallido de los relámpagos. Arañas. Serpientes. Callejones horrendos. Carreteras rurales solitarias y abandonadas. Una ventana rota. Una mosca atrapada en una telaraña.

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