Kay Hooper - Enfriar El Miedo

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Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?

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– Tu nombre le va bien. Es un lugar interesante. O… un tiempo interesante.

– Sólo los muertos andan por aquí.

– Tú estás aquí.

– Yo soy una médium. -Se interrumpió, sorprendida, y Beau sonrió de nuevo.

– ¿Es la primera vez que lo dices?

– Creo que sí. La primera vez que lo digo en serio, por lo menos.

– Cada vez te será más fácil -le dijo él-. No es tan extraño. Incluso es muy normal, pasado un tiempo.

Diana meneó la cabeza.

– Eso da igual. No entiendo cómo es que estás aquí.

– Es un don que tengo. Mi hermana dice que estoy… muy conectado con el universo.

– ¿Se supone que eso es una explicación?

– Seguramente no. No importa cómo estoy aquí, Diana. Lo que importa es que veas lo que tengo que enseñarte y escuches lo que tengo que decirte.

– Hablas como un guía -masculló ella.

– Perdona. -Beau se volvió, le hizo señas de que le siguiera y la condujo hasta el rincón del fondo, donde estaba montado su caballete.

El caballete de Diana. Su cuaderno de dibujo. Su dibujo de Missy, allí expuesto, a pesar de que ella sabía que seguía en su bolso, en la cabaña. Pero lo que resultaba más sorprendente aún era que había sobre el dibujo una mancha de brillante color escarlata, una mancha que refulgía, húmeda, y que, de hecho, goteaba todavía sobre los trapos que había bajo el caballete.

Una mancha escarlata. No gris.

Como el verde de la puerta, aquél era un color que ella podía ver.

– ¿Por qué? -preguntó, segura por alguna razón de que no tenía que explicar su pregunta.

– Un indicador -respondió él-. En el tiempo gris también los hay. Cosas a las que hay que prestar atención. Cosas que recordar para encontrar el camino. Sólo que aquí destacan un poco más.

Diana pensó en aquello.

– Lo de la puerta verde lo entiendo. Es el camino de vuelta. La salida. Pero ¿y esto?

Beau dio un paso atrás y le indicó que se acercara más al caballete.

Diana obedeció y miró el dibujo, que parecía, ciertamente, el mismo que había hecho. Observó la mancha escarlata que cruzaba la delicada figura de Missy. La mancha escarlata que parecía… sangrar por el borde del papel. Casi como si…

Dio otro paso y se inclinó ligeramente hacia delante para mirar más de cerca el color que emborronaba el dibujo. No era fácil de ver, porque la mancha (¿pintura? ¿sangre?) se había corrido, distorsionando la forma de las… ¿letras?

– No estaba claro al principio -dijo Beau a su espalda-. Parecía simplemente una mancha de color. Luego, poco a poco, empezaron a aparecer las letras. Fue entonces cuando comprendí que tenías que ver esto.

Ella dijo distraídamente:

– ¿Por qué no me lo has enseñado al otro lado de la puerta, fuera del tiempo gris? Allí también está, ¿no?

– Sí, está allí. Pero es sólo una mancha de color, sin letras. Alguien me sugirió que echara un vistazo aquí, en el tiempo gris, para ver qué había en realidad.

– ¿Alguien?

– Bishop.

Diana no se sorprendió.

– Debí imaginar que formabas parte del equipo. Bishop esperaba que vieras alguna advertencia, ¿verdad?

– Creo que sí. Y dijo que tú tenías que verlo. También dijo que sería esta noche, lo cual me sorprendió. Después del día que has pasado, no creía que lo intentaras tan pronto.

Diana se incorporó con un suspiro.

– Supongo que no te dio instrucciones para mí.

– No. No suele hacerlo en casos como éste.

– Lo que es realmente asombroso es que haya casos como éste. Todo este tiempo he pensado que estaba sola.

– No lo estás.

– Sí. Ya lo veo. Sólo espero que no sea demasiado tarde.

– Si te sirve de algo -contestó Beau-, mi ventana hacia el universo me dice que Quentin es tu as en la manga.

– Eso también lo voy entendiendo. -Ella respiró hondo-. Pero no va a gustarle lo que tengo que hacer ahora.

– ¿Sabes qué tienes que hacer?

Diana asintió con una inclinación de cabeza.

– Ahora sí. Viendo esto… recuerdo todas las pesadillas. Todos los mensajes que Missy ha intentado mandarme desde que llegué aquí. Incluso antes de que llegara aquí. Se ha estado preparando para esto todo este tiempo. Sabía que yo vendría. Sabía que Quentin también estaría aquí. Ha sido… muy paciente.

– Algunas cosas tienen que suceder como suceden. A su debido tiempo.

– Tiene gracia que eso lo aprenda en un lugar sin tiempo.

– Con tal de que lo aprendas.

Con un suspiro, Diana dijo:

– ¿Te ha dicho alguien alguna vez que hablas como una galleta de la suerte?

– Me suena de algo.

– No me sorprende. Y supongo que no podrás contestar a la única pregunta cuya respuesta he venido aquí a buscar.

– Lo siento.

– ¿Eso también llegará a su debido tiempo?

– Sí. Hasta entonces, tienes otras cosas de qué preocuparte, Diana. Ya llevas aquí demasiado tiempo.

– Lo sé. -El frío se le había metido en los huesos y se sentía yerta, casi inerme. Incluso sus pensamientos empezaban a zozobrar.

– Vuelve. Ahora mismo.

Diana miró a su alrededor, frunció el ceño y dijo:

– Estoy muy lejos de la puerta.

– Diana…

– Muy lejos. Y creo…

Ta-tan.

Ta-tan.

– Creo que eso me está buscando.

Beau despertó con la brusquedad de quien emerge de una pesadilla, lo cual estaba muy cerca de ser cierto. Tenía que actuar rápidamente, y sin embargo sentía el cuerpo rígido y frío y, al levantarse de la cama y echar a andar hacia la puerta, cobró de pronto conciencia de que apreciaba más intensamente el mundo colorido y tridimensional que le rodeaba.

Era absurdo que un artista necesitara un recordatorio como aquél, pero, ciertamente, una visita al tiempo gris le había curado de cualquier tendencia a dar por descontado aquel mundo cálido y vivo.

Incluso su habitación, la habitación Jacinto, que al llegar a El Refugio le había parecido un poco demasiado recargada para su gusto, le pareció grata y confortable mientras la atravesaba, más o menos renqueando, hacia la puerta.

Dios, se sentía como si hubiera escalado una montaña. Con un Volvo cargado a la espalda. El corazón le latía a toda prisa, las piernas le temblaban, estaba débil como un gatito. En treinta y tantos años de experiencias extrasensoriales, algunas de ellas verdaderamente horrendas, nunca había emergido de una tan extenuado.

Se preguntaba si Quentin tenía idea de lo fuerte que era Diana en realidad.

Tenía que atravesar un largo pasillo y subir un tramo de escaleras para llegar a la habitación de Quentin, y cuando alcanzó la puerta tenía la impresión de empezar apenas a moverse normalmente. Pero seguía teniendo frío. Estaba helado hasta los huesos.

Se apoyó con una mano en la jamba de la puerta y pensó que «normalmente» era quizás una exageración. Antes de que pudiera llamar a la puerta, ésta se abrió de golpe y Quentin apareció frente a él. Estaba completamente vestido, despierto y tenso, y le habló como si la conversación entre ellos hubiera empezado ya.

– Está en el tiempo gris.

– Sí. Y no estoy seguro de que pueda encontrar la salida sola.

– Dios mío. ¿Por qué demonios no…?

– No pude hacer nada. Yo estaba como sonámbulo, no estaba allí en carne y hueso. Y, definitivamente, ésos son sus dominios, no los míos.

Quentin ni siquiera cuestionó aquello.

– ¿Dónde estaba? Respecto a nuestro lado, quiero decir.

– En el invernadero. Pero no sé si seguirá allí. Si sus instintos son buenos, estará buscando un sitio donde esconderse. Eso que está matando aquí, sea lo que sea… creo que va tras ella.

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