Kay Hooper - Enfriar El Miedo

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Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?

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Era Nate, con Stephanie a su lado; ambos iban armados y parecían preocupados, y Quentin cobró conciencia con un vago sobresalto de que se habían acercado sin que se diera cuenta.

¿Dónde estaba su sentido de arácnido? ¿Por qué no sentía a Diana?

– Diana ha desaparecido -dijo, ofreciéndoles una versión abreviada y razonable de lo sucedido.

– Mierda -dijo Nate, y retrocedió para salir mientras echaba mano de su radio.

– ¿Habrá salido? -preguntó Stephanie-. ¿Tan tarde?

Otra pregunta que Quentin no se entretuvo en responder con la verdad. Asaltado por un recuerdo, dijo rápidamente:

– Stephanie, ¿hay alguna puerta verde en El Refugio?

– ¿Una puerta verde? No… Espera. -Arrugó el entrecejo-. Sí, hay una. Recuerdo una anotación sobre ella en mi archivo, algo acerca de que esa puerta se había dejado con su color original porque era prácticamente la única estructura de madera que había sobrevivido al incendio.

– ¿El incendio del ala norte?

– Sí. Al parecer, uno de los dueños era supersticioso al respecto.

El la miró fijamente.

– Mi habitación está en esa ala. No recuerdo haber visto nunca una puerta verde.

– Bueno, no tienes por qué haberla visto. Está al final de un pasillo que hace una esquina un poco rara, y ahora son todo zonas de servicio. Lo son desde que se reconstruyó el ala. Almacenes de ropa blanca, un cuarto de herramientas, un armario de suministros… No hay ventana al final de ese pasillo, y está al otro lado de las escaleras, así que no hay nada que le atraiga a uno en esa dirección.

– ¿Y es la única puerta verde del edificio?

– Que yo sepa, sí. -Ella lo miraba con el ceño fruncido.

Quentin no se sorprendió. Pensó que probablemente parecía un poco desquiciado. O muy desquiciado.

– ¿Dónde está? -preguntó-. ¿Cómo llego hasta allí?

– Está… en el ala norte, en la tercera planta. Gira a la izquierda al llegar a lo alto de la escalera central y luego sigue recto hasta el final.

Dios, estaba más cerca de la puerta cuando se había dado cuenta de que Diana había desaparecido. No esperó a ver si los demás le acompañaban. Echó a correr. Le pareció oír que Nate le gritaba algo, algo acerca de que uno de sus hombres había informado de que Cullen Ruppe había sido agredido, pero todas sus energías estaban concentradas en encontrar a Diana.

Y fue cuando estaba en medio de las escaleras tenuemente iluminadas que la primera visión auténtica que había tenido en su vida casi le hizo caer de rodillas.

Por primera vez, vio el futuro.

Diana pensó que aquello iba a requerir más fuerzas de las que tenía, pero de algún modo logró seguir las indicaciones de Missy. Girar. Tomar las escaleras. Subir otra planta. Girar otra vez.

Tenía cada vez más frío, tanto que se preguntaba por qué su hálito no nublaba el aire delante de ella. Pero eso era otra cosa que nunca sucedía en el tiempo gris.

Ta-tan.

Ta-tan.

Intento moverse más deprisa, pero le dolían las piernas y le costaba poner un pie delante del otro. Y luego estaba aquel cosquilleo extraño y hueco que parecía haber dentro de ella. No estaba segura de si era su propio corazón, palpitando, o aquel otro sonido más primitivo.

«Escúchame, Diana. La puerta verde está justo delante. Al otro lado de esa esquina. Quiero que la abras. Pero no la cruces.»

– ¿Qué?

«Quentin viene hacia aquí. Él será tu salvavidas.»

– Yo nunca he necesitado un salvavidas.

«Esta vez lo necesitarás. Y puedes confiar en él. No te dejará ir, lo sabes, ¿verdad, Diana?»

– Porque tú le importabas mucho -dijo Diana.

«No. Yo soy su pasado. Tú eres su futuro. Por eso no te dejará ir.»

Diana no sabía si creer aquello, pero no lo puso en duda porque por fin había alcanzado el final del largo corredor y veía el extraño recodo del fondo. El corto pasillo que acababa en una puerta verde.

Ta-tan.

Ta-tan.

Recorrió más aprisa los últimos metros y asió el pomo anticuado de la puerta.

– Si abro esto…

«Abres dos puertas. En ambos mundos. No sueltes el pomo, Diana. No lo sueltes hasta que haya acabado.»

– Pero…

«Tiéndele la mano a Quentin. Y abre la puerta.»

Diana giró el pomo y al mismo tiempo alargó hacia atrás la mano libre. Y extendió el brazo con algo más que su carne, con algo más que su voluntad.

Casi inmediatamente hubo un destello brillante y por un instante el tiempo gris se desvaneció. La puerta fue de un verde más vivo y el papel con estampados en relieve de las paredes del corto pasillo mostró sus ricos colores Victorianos.

Luego hubo otro destello y esta vez Diana sintió el calor y la fuerza de la mano de Quentin agarrando la suya. Otro destello y ella volvió la cabeza, vio a Quentin allí.

Y…

Había vuelto. Con una mano sujetaba el pomo de una puerta verde entreabierta. Con la otra sujetaba la mano de Quentin.

– Diana…

¡Ta-tan!

¡Ta-tan!

Ella sintió una ráfaga de aquel hedor enervantemente familiar y, antes de que pudiera advertir a Quentin, ambos oyeron los pesados pasos de unos pies sorprendentemente veloces que se precipitaban hacia ellos.

«No toques el recipiente, Diana.»

Ella le susurró a Quentin:

– No…

– Lo sé -murmuró él, a su vez. Le apretó los dedos y, al igual que Diana, pegó la espalda a la pared, dejando el pasillo lo más despejado posible mientras ambos miraban la esquina.

Ella ya había empezado a hablar cuando la dobló.

– Ahí estás. Te he buscado por todas partes. A estas horas deberías estar en la cama. Ahí es donde esperaba encontrarte.

No era necesaria la rara luz de sus ojos ni su sonrisa extrañamente afable para comprender que aquella criatura con la apariencia de la señora Kincaid no estaba en su sano juicio.

Bastaba con ver el cuchillo de carnicero ensangrentado que llevaba en la mano.

– Se lo dije a Cullen -prosiguió, parada en el corto pasillo, junto a ellos-. Le dije que no permitiría que me detuviera. Que no dejaría que nadie me detuviera. Él lo intentó, claro, como intentó advertir a Ellie. No debió hacerlo. Me puso furioso.

– Tú mataste a Ellie -dijo Quentin.

– Oh, eso fue sólo por hacerle un favor a la señora Kincaid. -Se echó a reír-. Estaba enfadada porque creía que la chica había permitido que un cliente la dejara preñada. Y eso no se puede consentir, ¿no es verdad? Iba a causar problemas. Así que me encargué de ello.

– ¿Cómo has intentado encargarte de Cullen? -preguntó Diana.

– Le dije que debería haberse mantenido al margen. Que no tenía por qué volver aquí. Tiene suerte de que no me ocupara de él hace años, cuando descubrió lo que estaba pasando. Pero ¿quién iba a creerle? ¿La policía? Claro que no. Eso hizo que sospecharan de él. Así que se largó.

– ¿Por qué volvió? -preguntó Quentin.

– Dice que se lo dijo una vocecilla en su cabeza. Que le dijo que habría alguien aquí que podía detenerme. Y que él podía echar una mano. Tiene gracia, ¿eh? Os está ayudando desangrándose.

Quentin dijo:

– Eres… La señora Kincaid es una médium. Por eso has podido servirte de ella más de una vez.

Sujetando todavía el cuchillo con una lasitud que no era tal, ella (o ello) miró a Quentin y sonrió.

– Pues sí. Siempre lo ha sido. Pero sin adiestrar, y no muy poderosa. Sin embargo, era fácil meterse dentro de ella. Era fácil usarla. Nunca podía quedarme mucho tiempo, claro. Pero sí el suficiente. Siempre el suficiente. Y tú nunca te diste cuenta, ¿verdad? En todas tus visitas, todo estos años. Ni siquiera entonces, cuando eras un mocoso. No querías ver el futuro, así que la mayoría del tiempo ni siquiera veías lo que tenías delante de las narices. En cierto modo estabas ciego.

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