Annelise no había imaginado en ningún momento que Shiloh llegaría a atraparla. Cuando se lo encontró aquella tarde a la puerta de su estudio, en la iglesia, pensó al principio que venía con más preguntas fútiles, para sondearla. Sólo empezó a comprender lo que estaba pasando cuando Shiloh comenzó a leerle sus derechos.
La expresión de sus ojos, pensó él, debía de ser la misma que vio Marnie Hahn antes de morir: una rabia nacida de la frustración y la decepción. Annelise Eliot lo miró de aquel modo unos instantes. Después, se lanzó a por el abrecartas. Shiloh apenas tuvo tiempo de alzar la mano para desviar el golpe.
– ¿De verdad pensaba que podría salir del apuro matándolo? -preguntó Ligieia. Sinclair no había movido las manos. A Ligieia le había interesado realmente el relato y la pregunta era producto de su sincera curiosidad.
– No estoy segura de que quisiera matarlo -respondí-. No era más que la rabia. Estaba convencida de que Shiloh no lograría conseguir ninguna prueba que pudiera utilizar. Y me parece -añadí tras una pausa, volviéndome hacia Sinclair- que creía sinceramente haber pagado su deuda con la sociedad con todo el bien que estaba haciendo en Minnesota. Tal vez incluso consideraba que había honrado la memoria de Marnie Hahn.
Sinclair habló en signos:
– Y cuando vio que Mike no cejaría en el asunto - tradujo Ligieia -, cuando supo que iba a hacerle pagar, volvió a dejarse llevar por la rabia, como había hecho años antes con Hahn, la chica que estaba arruinando su vida.
– Sí -dije. Sinclair tenía la intuición amplia y contextual de Shiloh. Además, pensé, entendía bien a su hermano. Veía que el asesinato a sangre fría de Marnie Hahn lo había enfurecido como a un adolescente y que Shiloh había alimentado y mantenido esa furia, largo tiempo guardada, durante una investigación prolongada y aparentemente infructuosa que finalmente había dado resultado.
Y entonces conté a Sinclair y a Ligieia el resto de la historia, la parte que concebí como conclusión del relato.
Marnie Hahn era el cordero del pobre, me había dicho Shiloh la noche de la detención.
– Qué bíblico suena eso -apunté. La referencia exacta no me sonaba, pero conocía la manera de hacer alusiones de Shiloh.
– Es del Antiguo Testamento -apuntó él-. El rey David desea a una mujer casada, Betsabé, y yace con ella. Betsabé queda embarazada y cuando David comprende que no hay modo de ocultar su pecado, envía al marido al frente, en plena guerra. Lleva al marido a una muerte cierta y, en efecto, el hombre muere. El profeta Natán, para hacer comprender al rey que sus actos son censurables, le cuenta una parábola de un hombre rico que tiene un rebaño de ovejas (el rey David, metafóricamente) y que decide matar el único cordero de su vecino pobre antes que sacrificar uno propio.
– ¿Marnie era hija única? -le pregunté.
– Sí -respondió Shiloh-, pero no se trata de eso. Annelise también lo es. -Guardó silencio unos instantes y luego explicó-: Annelise y Owen lo tenían prácticamente todo. Marnie, casi nada. Y lo poco que poseía, se lo arrebataron.
Aquella noche escuché en su voz el resuelto credo del bien y el mal de su infancia y me pregunté si, después de todo, existía mucha distancia ideológica entre el reverendo Shiloh y su hijo.
Cuando concluí el relato, Sinclair me dio las gracias. Por la historia, supuse. Yo quise agradecerle que me hubiese permitido narrarla. Con ella había recuperado el equilibrio perdido.
Sinclair se puso en pie y avanzó hasta mí mientras contemplaba el rostro sonrojado y dormido de su hija. Se inclinó para tomar a Hope en brazos y al incorporarse otra vez, señaló el salón con la cabeza en un gesto de invitación. Era hora de dormir. Ligieia nos había precedido por el pasillo.
Sin preámbulos, antes de que Sinclair apartara la mirada, hablé directamente delante de ella para que pudiera leer mis labios.
– ¿Sabías si Mike consumía drogas?
Era la pregunta que no le había formulado antes. Sinclair frunció el ceño en un gesto que parecía de auténtico desconcierto y dijo que no con la cabeza.
Cuando ya estaba medio dormida, me pareció oír el anticuado matraqueo de una máquina de escribir, pero no pude animarme a saltar de la cama y salir de dudas, y pronto el sonido se difuminó como el de un tren que se aleja hasta 268 perderse en la distancia.
– ¿Que la vuelva a interrogar? -le dije a Sorenson, el comandante de guardia de la comisaría del Distrito Tercero de Minneapolis. Descalza sobre el linóleo de la cocina de casa, tenía los pies helados. Mientras yo disfrutaba del calor en el Oeste, Minnesota parecía haberse sumergido en un frío casi invernal.
– Un tipo de Antivicio ha detenido a una prostituta que estaba ofreciendo sus servicios. Quiere negociar cierta información, pero dice que sólo hablará con la detective Pribek.
– ¿Información sobre qué?
– Sobre un delito mayor. Es lo único que ha soltado. -Sorenson carraspeó-: Ya sé que me ha pedido permiso para ocuparse de unos asuntos personales, por la situación de su marido, pero esa mujer quiere verla a usted.
– Está bien -asentí-. Hablaré con ella.
Esperaba encontrar a una drogadicta escuálida, poco más que adolescente, con escaso atractivo y dispuesta a delatar a su chulo por algo que éste había hecho. Sin embargo, en la sala de interrogatorios me esperaba algo muy diferente. Tenía una edad indefinida; poseía el cutis perfecto y el cabello lustroso de una jovencita, pero su mirada y su aplomo eran los de una mujer madura.
Llevaba una chaqueta forrada de piel y, debajo, un vestido de cuero blanco que dejaba los brazos al descubierto. En el edificio, la calefacción era generosa, aunque yo seguía con los pies fríos.
– He oído que tenías algo que contarme -dije para empezar.
– ¿Tiene un cigarrillo?
Estuve a punto de decir que no, para dejar claro mi control sobre la situación, pero cuando la observé, tuve la sensación de que no estaba nerviosa en absoluto. Probablemente se negaría a continuar hasta que tuviese su pitillo.
Salí al pasillo e hice una señal al detective de la tercera guardia, un cristiano renacido con el que había cruzado algunas palabras esporádicamente.
– Necesito un cigarrillo -le dije, y asintió-. Y cerillas.
Cuando volví con el tabaco, la prostituta no dijo nada. Tomó el cigarrillo y las cerillas y lo encendió, formando una nube de humo prodigiosa. Después inhaló una calada, sacó el humo y aplastó el cigarrillo.
– Gracias -dijo con voz ronca.
Un juego de poder. «A la mierda sus informaciones», me dije.
– Ha sido un placer. Que disfrutes de tus noventa días.
Ya estaba en la puerta cuando la oí:
– ¿No quiere que le hable de su marido?
Me detuve y di media vuelta.
Su dura mirada me taladró como la mía a ella, y me recorrió desde el gorro de lana y la camiseta gris hasta las botas de invierno manchadas de sal. No me había molestado en ponerme la ropa de trabajo porque era plena noche y si la mujer había pedido por mí, concretamente, era evidente que me conocía.
– Yo lo he matado -declaró, y cruzó las piernas, que llevaba enfundadas en unas botas altas que le cubrían hasta los muslos.
Me senté delante de ella, con la mesa por medio. Permanecer en pie confería una posición de mayor autoridad, pero prefería ocultar las manos por si empezaban a temblarme.
– Lo dudo -respondí sin alzar la voz-. ¿Puede demostrarlo?
– Pongo anuncios en semanarios gratuitos. Él me llamó. Buscaba sexo. Cuando me han traído aquí esta noche, lo he reconocido por la fotografía que cuelga en el tablón.
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