La policía actuó con celeridad, pero los Eliot fueron aún más rápidos. Cuando por fin hubo suficientes indicios para llevar a cabo su detención, Annelise se había esfumado.
Los padres insistieron en que no tenían nada que ver con su desaparición. Contrataron abogados y comparecieron públicamente para instar a la policía a que investigara la desaparición de su hija como un posible secuestro. Si le hacían llegar dinero a Annelise -y todas las autoridades creían que así era- no hubo forma de seguir el rastro.
Así había quedado el asunto durante años, a pesar de los esfuerzos del FBI y de la policía de dos estados. Miles de pistas no habían llevado a nada. El aspecto más frustrante del caso era tal vez que no existían huellas dactilares de Annelise. No la habían detenido nunca y era una de esas personas que siempre tienen alrededor un grupo de amigos que utiliza sus cosas. Ninguna de las huellas latentes recogidas de sus objetos personales podía atribuirse con rotundidad a la desaparecida.
Su caso había sido noticia en todo el país, pero sobre todo en Montana, donde un Shiloh de dieciocho años siguió sus vicisitudes en los periódicos. Por aquel entonces era empleado de una de las empresas madereras del viejo Eliot, un detalle que encantó a los redactores de revistas que publicaron más tarde artículos sobre el suceso.
Sin embargo, cuando Shiloh creyó haber encontrado a Annelise Eliot en las Ciudades Gemelas, doce años después del crimen, su teoría no impresionó a nadie. Al principio, ni siquiera inquietó a la propia Annelise.
Como la mayoría de los investigadores, Shiloh había dado vueltas en torno al caso, en círculos cada vez más estrechos, tanteando los márgenes de la falsa identidad de Aileen Lennox y descubriendo lo finos e improbables que resultaban. Conforme proseguía su comedida pero implacable investigación, ella fue poniéndose cada vez más nerviosa. Su primera estrategia consistió en mostrarse altanera y le escribió una carta exigiéndole que cesara en sus actuaciones. Después, junto con varios de sus feligreses, se quejó a los superiores de Shiloh de que éste la acosaba, y sus protestas fueron atendidas. Aquella mujer, le señalaron sus jefes, era estricta observante de la ley. Más, incluso; era una filántropa, una religiosa.
Imposible que fuese Annelise Eliot, le dijeron. Todo el mundo sabía dónde se encontraba Annelise. Vivía en Suiza con otros expatriados norteamericanos, o tal vez en Cozumel, donde los dólares de sus padres darían para mucho. Donde no estaba, sin la menor duda, era en Minnesota, un frío estado del Medio Oeste donde no conocía a nadie, ejerciendo de ministra de una iglesia New Age sin denominación y ocupada en dar de comer al hambriento y en atender al agonizante. Y añadieron que el de Annelise Eliot tal vez fuese un caso por resolver, pero no en Minnesota. La desaparecida había vivido en Montana y había matado en California. Da marcha atrás, le advirtieron. Hazte tu propia cartera de casos.
Y Shiloh había dado marcha atrás, pero sólo para tomar impulso, y se dedicó a buscar en la vida de Annelise, no en la de Aileen. Habló con detectives de Montana, se entrevistó con el agente del FBI que había dirigido la investigación sobre los Eliot, que estuvo cortés pero no se mostró muy interesado, y por último se dedicó a hablar con gente que había conocido a Annelise. No con sus amigos íntimos, sino con personas que la habían tratado en algún momento, o sólo de forma superficial.
La investigación, que metía con calzador en el inicio y el final de las jornadas laborales, le llevó mucho tiempo. Sin embargo, llegó el día en que, en el transcurso de una larga y amistosa conversación telefónica con una compañera de clase de Annelise, ésta recordó que habían sido compañeras en la asignatura de biología en primer curso de universidad y que, durante una de las clases, ella y la desaparecida se habían analizado el grupo sanguíneo la una a la otra. Y, sí, también se habían tomado las huellas dactilares. En todos aquellos años no había vuelto a acordarse.
Con voz serena y el corazón desbocado, Shiloh le preguntó si guardaba sus cosas de estudiante. Era posible, respondió la mujer. Sus padres eran como ardillas que todo lo guardaban.
Esa tarde de primavera, Shiloh volvió del trabajo un poco tarde. Cuando salí a recibirlo a la puerta de atrás, me ciñó por la cintura y me levantó del suelo como haría un joven padre efusivo con un hijo pequeño.
Unos días más tarde, casi un año después de su encuentro con Aileen Lennox, Shiloh abrió un paquete de Federal Express que contenía las huellas dactilares registradas de Annelise Eliot. Coincidían en diecinueve puntos con la que había hecho tomar de la carta cortés, pero tajante, que Lennox le había escrito.
Esta vez, el agente especial del FBI, Jay Thompson, se mostró interesado y voló a Minnesota. Nunca olvidaré cuando lo vi en la puerta de nuestra casa. Era un hombre delgado y fibroso, iba camino de los cincuenta y tenía un aire cansado, sagaz y feliz, tres rasgos que no había visto nunca en el semblante de un agente federal.
– Vamos a por ella, Mike -fue su conclusión.
No resultó fácil, ni siquiera entonces. Thompson voló a Montana, donde la madre de Annelise, viuda ya, vivía en una bonita casa antigua con cuatro hectáreas de terreno. Thompson y el detective que había llevado la investigación cuando se había producido el suceso consiguieron una orden de registro de la casa; varios agentes acudieron a colaborar en la inspección.
La viuda Eliot era tan alta como su hija y entre sus cabellos rubios empezaban a asomar las canas. Había tenido mucho tiempo para acostumbrarse a las visitas periódicas de los detectives y, en especial, del investigador de Montana, Oldham. Si en algo la alarmó que en esta ocasión acudieran con la orden de registro, la primera en doce años, no lo demostró en absoluto, según declaró Thompson más adelante. La mujer les ofreció unas galletas de jengibre que ella misma había preparado.
La suya fue una hábil interpretación, pero debería haber sabido que era en vano. Aunque había poco en la casa que revelara que se mantenía en contacto con su hija (los recibos del teléfono, por ejemplo, no registraban llamadas a Minnesota) había una carta cerrada y franqueada sin remitente, en el antiguo escritorio de persiana del estudio. Estaba separada del resto de correo saliente, como si la señora Eliot se propusiera echarla al buzón aparte de lo demás. Encima de la dirección no constaba ningún nombre, pero su destino era Edén Prairie, Minnesota.
Desde el momento en que descubrió la carta, Thompson comprendió que debía actuar con cuidado. El sobre estaba a la vista y dudaba mucho de que la señora Eliot pudiese suponer que no se habían fijado en él, aunque lo dejara donde estaba, sin abrirlo. Con toda certeza, en cuanto la policía abandonara la casa, la viuda Eliot se apresuraría a llamar a Minnesota.
No había alternativa. Thompson abrió el sobre. El encabezamiento decía: «Querida Anni.»Thompson se guardó la carta en el bolsillo de la chaqueta, fue a buscar a Oldham y le dijo que se sentara con la madre de Annelise para volver a interrogarla.
– Distráigala un rato -le pidió.
Mientras Oldham aceptaba las galletas y una taza de té en el salón de la planta baja, Thompson volvió al estudio del piso de arriba y realizó dos llamadas rápidas, discretas y urgentes a Minneapolis. La primera, a un juez federal; la segunda, al teléfono móvil de Shiloh.
– Hoy es el día -le anunció-. Estamos en la casa. La tenemos y la madre lo sabe. Estoy gestionando una autorización para usted. La tendré dentro de veinte minutos. -Echó una ojeada por el gran ventanal al terreno de la casa, que se extendía blanco y en calma bajo la nieve de marzo-. Vaya a por ella ahora, Mike.
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