Jodi Compton - 37 horas

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La regla básica en la investigación de casos de desaparecidos es recopilar toda la información y los indicios posibles en las primeras 36 horas tras el suceso, cuando la memoria de los testigos no está contaminada y las pistas todavía pueden ser fiables.
Sarah Pribek, una detective de la policía de Minneapolis especializada en este tipo de casos, conoce bien esta circunstancia. Cuando descubre que su marido, Shiloh, lleva desaparecido 48 horas y se pone a investigar, salen a la luz mu chas cosas que no sabía de él.

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Sin embargo, bebí de todos modos. Me sentía agotada. La ginebra mejoraba el sabor del té.

– Si quieres hacerme preguntas -dije-, adelante.

Sinclair alzó las manos y gesticuló. Fue directa al grano.

– ¿Se ha metido Mike en algún lío?

Negué con la cabeza rotundamente. Era todo lo que podía hacer para comunicarme con ella en su lenguaje.

– No -repetí-. Al menos que yo sepa. Le ha ocurrido algo y estoy tratando de averiguar qué.

– ¿Cómo os conocisteis ? -preguntó Sinclair a través de Ligieia.

– En el trabajo; los dos somos policías. -Mientras decía aquella evasiva verdad a medias sentí una punzada de dolor en el pecho. Cómo me hubiera gustado poder contarle la verdad. Enseguida me sobrepuse a esa sensación-. Fue en una redada de traficantes -añadí. Aunque en la habitación hubiéramos estado Sinclair y yo solas, la verdadera historia era demasiado larga y me habría tomado mucho tiempo contársela. Además, nunca se la había confiado a nadie.

– Y Michael, ¿cómo es ahora?

Bebí otra vez y el gesto me dio tiempo para racionalizar.

– Es difícil describirlo en pocas palabras -respondí-. Brutalmente sincero.

Noté una sensación de calidez en el estómago. En la época en que bebía, habría necesitado mucha más ginebra para empezar a notar sus efectos. Tomé otro sorbo y empecé a balancearme en la silla, meciendo conmigo a Hope.

– ¿Cuánto tiempo lleváis casados?

Mientras traducía, Ligieia se puso en pie para llenarme de nuevo la taza. No se lo impedí.

– Solamente dos meses -contesté-. No es demasiado tiempo.

– Pero, ¿cuánto hace que os conocéis?

– Casi cinco años -respondí-. Pero no estuvimos siempre juntos, nos separamos durante un tiempo.

Tal vez era por efecto de la ginebra, pero la distancia que creía que me separaba de Sinclair parecía haberse disuelto. Y si posaba los ojos en Hope, que se había dormido, las palabras de Ligieia se convertían en la voz de Sinclair.

– ¿Por qué?

– Shiloh y yo chocamos contra un muro -dije despacio, pensando mientras hablaba-. En cierto modo, fue por una cuestión profesional. En el trabajo no éramos iguales y eso me inquietaba. Yo, de joven, me enfadaba con frecuencia.

Me enfadaba con él muchas veces y ni siquiera sabía por qué. «Ya estoy borracha», pensé, «tendría que dejarlo aquí.» Pero no lo hice-. Y además, él a veces se mostraba muy distante y cuando yo era joven, me aferraba a las cosas que creía que necesitaba y me entraba miedo cuando sentía que había una parte de él que yo nunca iba a tener.

Fue como si me metiera descalza en un charco de dolor que no hubiese visto ante mí. Hundí la cabeza entre las manos todo lo que pude sin despertar a Hope.

Sinclair se acercó, se detuvo ante mí e hizo algo tierno y curioso: me puso la mano en la frente como si me tomara la fiebre y luego la pasó por el cabello.

– Lo echo de menos -dije en voz baja. Sinclair asintió.

Y cuando me habló, sus labios se movieron con sus manos y juro que la comprendí antes de que Ligieia tradujera.

– Cuéntame algo de Mike. Lo que sea.

Así que me serví algo más de ginebra y le conté cómo Shiloh había descubierto a Annelise Eliot.

Capítulo 18

Durante los primeros tiempos de Shiloh en Casos sin Resolver, había acudido para una gestión bastante rutinaria a Edén Prairie, un barrio de Minneapolis donde varias confesiones religiosas gestionaban conjuntamente un hospicio. Allí debía entrevistar nuevamente a un hombre de mediana edad, que estaba agonizando de SIDA, antes de que sus recuerdos de un antiguo crimen se apagaran como la llama vacilante de su vida. Shiloh tomó asiento junto a su lecho, escuchó y tomó notas. Y cuando el moribundo se durmió, la reverenda Aileen Lennox, que colaboraba en el hospicio, se ofreció a guiarlo en lo que dio en llamar, humildemente, «la visita turística».

Acompañó a la mujer, alta y vestida con sencillez, y prestó atención mientras ella le enseñaba la institución, que había sido remodelada el año anterior para convertirla en una estación de tránsito para los moribundos, le señalaba los detalles reconfortantes e íntimos, y le hablaba de las empresas y personas privadas que donaban tiempo y dinero al hospicio. Shiloh, al oírla, sintió que se le erizara el vello de la nuca.

A su guía se le notaban los doce años transcurridos desde que había desaparecido. Los músculos de sus altos pómulos se habían relajado un poco, sus glaciales ojos azules tenían unas marcadas ojeras y llevaba los cabellos rubios, antes a mechas, teñidos de un color pardo deslustrado, pero Shiloh la descubrió en aquellos ojos, en su estructura ósea, en su porte. Aileen Lennox era Annelise Eliot.

– Su acento delataba que era de Montana -me dijo Shiloh aquella noche- pero cuando se lo he comentado, me ha dicho que no ha estado nunca allí.

– Bobadas. No sabes reconocer el acento de Montana -repliqué.

– Sí que sé -insistió él.

Annelise Eliot, heredera de empresas madereras, había crecido allí, hija de un terrateniente con intereses en maderas e industrias papeleras y propietario de grandes latifundios. Su apellido, de raíces europeas, evocaba a unos aristócratas tal vez un punto neurasténicos, con una visible urdimbre de venas azules bajo la piel de narciso, blanca como la cera. Nada más lejos de la verdad. Anni, como se la conocía hasta que la fama la presentó ante la opinión pública con el nombre de Annelise, fue una chiquilla alta, robusta y fuerte. Y si sus rubios cabellos mostraban mechas de tonos más claros logradas en costosos salones de belleza, en demasiadas ocasiones llevaba las uñas demasiado sucias de tanto ocuparse personalmente de sus caballos.

Desde muy joven había montado veloces caballos appaloosa y había actuado en números de rodeo. A los dieciséis años le compraron un Mustang y cuando el cupé rojo del 66 aceleraba por la carretera, un extraño defecto de funcionamiento parecía atacar los radares de los agentes locales. Asimismo, los rumores acerca de la casa de verano de Eliot en Flathead Lake -sobre el excesivo consumo de alcohol entre menores, las partidas de strip póquer y las gamberradas- no dejaban de ser eso, rumores sobre Anni y sus amigos que contaba, casi con envidia y nostalgia, gente que se había vuelto demasiado mayor y sensata como para seguir semejantes conductas. Anni era una chica lanzada con una vida regalada.

Los problemas le llegaron finalmente al cumplir los diecinueve. Por entonces llevaba tres años con un novio, Owen Greene, y su relación iba muy en serio; incluso había sobrevivido a la decisión del chico de marcharse a estudiar a California. Greene había terminado el primer curso en la Universidad de California en San Diego con notas excelentes, apreciado por compañeros y profesores. Y entonces, Marnie Hahn, una belleza de la ciudad que acababa de terminar el instituto, lo acusó de haberla violado a la salida de una fiesta en la adinerada zona de La Jolla.

Hahn, estudiante del montón y empleada de una pizzería de las cercanías del campus, había acudido a la fiesta por propia iniciativa. Allí había bebido bastante, a pesar de ser menor de edad. No era usual que una chica así acusara de violación a un estudiante rico; sin embargo, mantuvo la denuncia.

No llegó a saberse qué le dijo Greene poco después, en una conferencia, pero Annelise voló a California de inmediato en una demostración pública de apoyo. Durante la visita, Marnie Hahn apareció muerta a consecuencia de diversos golpes con un instrumento contundente que no llegó a encontrarse o tan siquiera determinarse.

Greene tenía una coartada firme. Annelise, en cambio, no. Circunstanciales, pero inevitables como una nevada, empezaron a acumularse pruebas contra ella. Varios testigos habían visto el coche de alquiler de Annelise aparcado delante de la casa de Marnie, y de la alfombrilla del lado del conductor del mismo coche se había recuperado un poco, sólo unas trazas, de sangre de la difunta.

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